Porque el corazón es el único órgano que, aun destrozado, sigue funcionando. Por eso y por una primera parte intensa, caraperrada y con ráfagas de buen juego que hicieron soñar. Por eso San Mamés perdonó y olvidó una segunda mitad oscura de los leones, que se mecieron de un lado al otro tras el balón, buscándolo sin saber qué hacer con él cuando lo alcanzaban. Por eso y porque se han visto muchas tardes como esta última; el Real Madrid lanzándose a la yugular, acorralándote. Fue la última en el viejo campo y eso duele, claro, porque la esperanza, que no marca goles, siempre te empuja un paso más allá. Así, entre las imprecaciones a Cristiano Ronaldo, tan letal como arrogante, y el cachondeo con un Fernando Llorente (pidieron para él la bota de oro y una convocatoria en la selección de Del Bosque...) que acabó como le canta el bolero, "perdido, sin rumbo y en el lodo..."

Pero volvamos al hombre del día. No en vano, su despedida de San Mamés fue aquella mancha negra que temían los piratas de La isla del tesoro, una infamia para quien la recibe. Irse con dos goles en el costal y riéndose de La Catedral en su última tarde es una falta de respeto a la tradición, a lo que este campo ha supuesto en la historia del fútbol. Ya para entonces, incluso Marcelo Bielsa le había afeado una pisadita de recochineo. Claro que quizás él piense que la historia del fútbol comienza con su presencia...

No pudo ser porque hacen falta algo más que un par de esos de dos yemas para enfrentarse a un Real Madrid que vino a San Mamés como va a todos los campos: con alma de apisonadora. Mientras el Athletic pudo hubo partido, pero estos hombres de blanco parecen haber bebido la pócima del druida Panoramix: corren y presionan sin desmayo y a una velocidad extrema. Cumplida la hora, y con el lastre del gol de madrugada del propio Cristiano -minuto uno de partido-, el equipo entregó la cuchara. Nada que reprochar hasta entonces y nada que hacer después.

Ningún lugar en la vida es más triste que una cama vacía, dejó dicho Gabriel García Márquez antes de que la imaginación le recluyese en ese país de sombras en el que hoy vive. ¿Tristeza...? No lo sé; tal vez sí. pero un cuarto de hora después de que Teixeira Vitienes (por cierto, todo un crack en el desquicie...) pitase el final, San Mamés recordaba esa metáfora: una cama a medio hacer. La misma en la que tantas batallas de amor se han librado y tantas lágrimas de frustración se han derramado.

Está siendo tan largo y tan triste este adiós (nos falta un partido de recuerdo para la despedida, leones...) que ni siquiera hubo escenas de desconsuelo mayúsculo; fue un ¡hasta luego! de desdén, como si no se hubiesen librado más de cien batallas como la de ayer en este mismo escenario. Hubo, eso sí, más que gente fotografiándose con el campo de fondo. Dentro de veinte o treinta años los inmortalizados mirarán esas fotos y se preguntarán: ¿qué partido era este? No dejó huella alguna en la afición, ni buena ni mala.

En el arranque todo parecía distinto. No se recuerda un partido en San Mamés contra el Real Madrid que no comenzase como una caldera. Se entremezclaban las voces de aliento, con los reproches a cada decisión arbitral -es otro clásico dentro del clásico...- y el recuedo constante y sentido a Iñigo Cabacas, una víctima de la sinrazón. Hubo un vacío en el fondo norte para recordarlo y diversos cantos fúnebres en su memoria. Era, entonces el partido, el fútbol a flor de piel. Ni siquiera el gol de Cristiano logró apaciguar esa sensación de que estos partidos se ganan con los cuarenta mil a la espalda.

Y qué decir tiene, ¿se acuerdan...?, de aquellos hermosos minutos de la primera mitad en los que el Athletic mordía y trenzaba juego alrededor del área de Diego López. Entonces sí, entonces parecía que este podía ser el partido con el que abrochar el álbum de los recuerdos de La Catedral. En aquel remate cruzado de Ander Herrera pudo estar el cambio de viento. La mano de Diego López sacó astillas a aquel balón. El pobre Teixeira, trencilla de vista corta, le robó gloria a los dos, al portero por su parada y al jugador por su remate, señalando saque de puerta. También se la quitó a Llorente en un gol mal anulado. ¿Qué decir entonces...? Un partido sin pena ni gloria.