BILBAO. Para Dani Ruiz-Bazán (Sopuerta, 1951) esos logros son motivo de satisfacción, pero en su escala de valores pone por delante el cariño y el reconocimiento de la gente. Fue el capitán de la última época gloriosa del club y a su retirada siguió vinculado en diferentes cargos durante años.

¿Dónde y cómo empieza su historia?

Empecé en el Sodupe Juvenil, con Botella de técnico. Una mañana solo tenía nueve jugadores, salió de la caseta y allí estábamos mi amigo Luis Mari y yo y nos puso a jugar. Nos había visto jugar en el frontón con los mayores. Éramos unos mierdas y nos daban cada patada… Solíamos llegar a casa a las tantas con la ropa sudada y llenos de golpes. Luego me pasaron al equipo de los mayores y pude jugar en Regional Preferente con carnet falso. Desde pequeño empezaba con las trampas.

Así que era tramposo.

Bueno, ya sabes, a veces hay que andar listo, si no… Esta que te voy a contar ahora no la hice yo: un directivo dijo en el diario Hierro que el Zaragoza estaba interesado en un jugador del Sodupe. La cosa es que vino Venancio, el que fuera jugador del Athletic, que entonces era directivo a negociar con mi padre y con Javi Petróleo, directivo del Sodupe. Fue en el restaurante Uriarte, que estaba en Alameda Rekalde. En un momento de la conversación, Venancio dijo que la operación se hacía por el interés del Zaragoza porque yo no iba a llegar a jugar en el Athletic. Ya ves. El último año en el Sodupe estuve como cedido del Athletic.

Y de allí le mandaron al Getxo.

Allí me encontré con Villar, Salsidua, Mané… Ascendimos a Tercera. Pero al año siguiente seguí en Regional porque fui al Villosa, que era un club muy potente económicamente, que hacía buenos fichajes. Recuerdo que al delegado, José Mari Patazas, le contábamos mil historias para sacarle 50 pesetas para bocadillos. Estando en el Villosa conocí a la que es mi mujer, así que solo puedo hablar bien de mi paso por allí.

Le costó bastante llegar al primer equipo, debutó con 23 años.

Quizá esto ya se ha perdido, pero entonces el Athletic prefería que la gente se fuese haciendo en el fútbol de bronce. En el Bilbao Athletic estuve con Gonzalo Beitia, para mí un gran profesor. Todavía me acuerdo de las frases que decía. Por ejemplo, ensayábamos un libre indirecto y te decía: Usted hágase el tonto, como que no va a tirar. Y cómo se enfadaba cuando centrabas desde la banda y le dabas al lateral en el pecho: ¿No hay más que uno delante y le tiene que pegar?. Un día jugamos con el Barakaldo, le ganamos 4-2 y metí dos goles. Aquello fue el detonante para que el Barakaldo me pidiera en cesión.

Estuvo dos temporadas en Lasesarre.

El Barakaldo fue muy importante en mi carrera. Estoy muy agradecido a ese equipo. Para mí fue como pasar la selectividad en el fútbol. El nivel era parecido al de Primera, había equipos muy fuertes, como el Hércules, que tenía toda la defensa de gente que había sido del Barcelona, o el Racing, donde jugaba Sistiaga, que me soltó un codazo y me dieron 17 puntos en una ceja. Teníamos un equipo muy bueno, nos mantuvimos terceros casi hasta el final. Venía mucha gente de Bilbao a vernos porque un fin de semana jugaba el Athletic en San Mamés y al siguiente nosotros en casa. El secreto nuestro era el mismo que luego tuvimos en el Athletic campeón: el grupo estaba muy unido.

Pero ¿por qué se quedó un segundo año?

El primer año es del que estoy más satisfecho, hice muchos goles. Un día vino Ronnie Allen a vernos y metí un gol de chilena, el único que he metido en toda mi carrera. Pensaba que esa actuación era el broche para una temporada muy buena, que sería suficiente para llegar al Athletic. Como el resto de los cedidos fui a hacer la pretemporada, allí en la playa de Sopelana, y en el último momento me volvieron a ceder al Barakaldo. Aquello me bajó la moral, pero me propuse volver al Athletic. Volví a hacer goles, pero menos que el año anterior.

Se llevó un chasco, pero alguien estaría cerrándole el paso.

Creía que ya tenía todas las papeletas, que el golazo que vio Allen sería definitivo y nada. Sí, estaba Txema Lasa, al que habían fichado del Granada, con unas melenas de asustar. Corría la banda que se salía por la tribuna, no frenaba. Txema era un gran jugador y por ahí lo tuve difícil, tuve que esperar.

Una vez en el Athletic le costó hacerse con el puesto.

Casi siempre salía del banquillo, pero así todo metí nueve goles. Y gracias a esa facilidad que tenía para marcar, Rafa Iriondo decidió pasar a Lasa al lateral y me puso de extremo.

Y enseguida le correspondió al míster haciéndole cuatro goles a 'SuperPaco', el portero del Sevilla.

Hace unos años le hice una visita a Paco con motivo de una pretemporada del Athletic. Estaba que no cabía por la puerta. Tiene un restaurante precioso encima de unas rocas que dan al mar. Ese fue un partido que no se olvida. Ese día Txetxu Rojo me echó una bronca porque ya había metido tres y la jugada del cuarto fue una contra, yo iba conduciendo con un defensa delante y él estaba desmarcado. Lo lógico era cedérsela a él, pero por esa ansia de marcar, driblé al defensa y chuté yo.

Cuatro goles estando emparejado con Sanjosé, uno de los defensas más duros que ha tenido enfrente.

Esos duelos eran un espectáculo. La gente estaba muy pendiente de la bronca que teníamos. Él tenía mucho carácter y era muy fuerte en las entradas. Una vez en el Carranza, en el primer minuto de partido íbamos a sacar un córner, yo intentando desmarcarme y él ya me estaba dando codazos. Le digo: Oye, que todavía no ha empezado la temporada. Mira, no voy a rematar esta, me voy al centro del campo. Eso hice.

A usted también le iba la marcha.

Es que si te intimidaban no podías sacar tus cualidades. Si el defensa te gana esa batalla, estás muerto. Las que te daban sin querer, pues vale, pero si veía intención yo respondía con el mismo trato. Lo normal es que el defensa sea más duro que el delantero, pero yo por lo menos empataba en esa cuestión. Además, son armas que uno utiliza delante del árbitro, de la grada. La batalla física con tu marcador es un factor que puede alterar el partido y ponerlo a tu favor.

No solo tenía enganchadas con el lateral del Sevilla.

No, había otros, como Panadero Díaz, del Atlético de Madrid. Tú aprovecha aquí que ya pasarás por allí, les decías cuando ibas a su campo. Luego había otros defensas muy buenos que no eran tan agresivos, como Camacho o Cundi.

En su tercer año en el Athletic aspiró a títulos con las finales con la Juventus y el Betis.

Tuve esa fortuna, sí, porque ha habido compañeros que no han podido vivir cosas así. Entonces teníamos un equipazo. No sé si mejor o peor que otros que ha tenido el Athletic, pero era una buena mezcla de gente joven y varios fichajes que tenían experiencia. Había seis internacionales o más. No se pueden comparar épocas porque todo va cambiando, desde la comida, los entrenamientos, la táctica, los viajes y las concentraciones. ¿Calidad? Aquel equipo de finales de los setenta tenía muchísima.

Bueno, usted fue acumulando muchísimos partidos y hacía una media de veinte goles.

Sí, pero siempre con un mismo pensamiento dentro: cuando iban a dar la alineación, siempre estaba tenso, nervioso. Iban diciendo los números y cuando llegaba el siete, aunque era titular, estaba como expectante, inquieto. Y siempre he entrenado con mucha tensión, tratando de hacer muchos goles. La verdad es que se te cae la baba hablando de esta profesión porque te da la oportunidad de hacer muchos amigos, de solucionar tu vida económicamente, de conocer sitios, solo puedes estar agradecido.

Y pasó por las manos de muchos entrenadores.

Con todos tuve una buena sintonía, ni el más mínimo problema. Por ejemplo, a veces Koldo Agirre no me ponía y yo me centraba entonces en demostrarle que tenía que jugar, trabajando a diario en Lezama y sin hacer declaraciones o cosas fuera de tono. Quizás con el que mayor amistad hice y la mantengo es con Javi Clemente.

La decisión de nombrar a Clemente entrenador del primer equipo fue algo que sorprendió.

No se esperaba que le dieran la responsabilidad a alguien sin experiencia en Primera, pero se apostó por uno de la casa y yo soy partidario de esa medida, que jugadores nuestros cojan ese puesto. Es un poco como lo de ahora con Joseba Etxeberria, que empieza desde abajo.

Aquella apuesta salió perfecta.

Fue un acierto. Quizá por su juventud, Javi se integró fácil en el grupo y supo llevarnos estupendamente a los 25, a los que jugaban y a los que no. Un porcentaje elevado de los triunfos que se lograron le corresponde a él, aunque por desgracia la historia no terminase bien, ni para Javi ni para el club.

El primer año con Clemente fue bueno, pero de ahí a pensar en títulos…

De salida nadie nos daba como favoritos. El Madrid, el Barcelona, el Atlético, todos estaban reforzados con extranjeros. Trabajamos desde la unión y la humildad, y Javi nos transmitió que todos los partidos eran importantes, fueran contra el Barça o contra el Elche. Así llegamos casi al final con opciones. Era difícil, de hecho, las dos ligas las ganamos en la última jornada.

¿Qué recuerda del primer título de Liga?

No sé cómo calificar lo que vivimos, no tengo adjetivos para describirlo. Terminamos nuestro partido en Las Palmas y estábamos esperando a ver qué hacía el Madrid, pero no teníamos conciencia de lo que significaba. Chavales, no sabéis la que habéis armado, nos dijo entonces Piru Gainza. Piru era un sabio. Cuando llegamos a Bilbao fue impresionante: la invasión de la pista del aeropuerto, el recibimiento, pasar por los pueblos, la gabarra… Todo eso lo tengo grabado y tantas veces me han preguntado lo que se sentía, pero es que no se puede explicar. La gente te quería saludar, tocar, besar, abrazar,… En Begoña, íbamos en el camión y una señora muy mayor alargaba el brazo para saludarme, no se me olvidan esas escenas. Tiene un gran valor que la gente, como esa señora que digo, te demuestre tanto cariño. Para un deportista que juega en su equipo no puede haber nada superior a ver a un millón de personas de celebración.

Todo esto ocurrió casi al final de su carrera.

Reconozco que esos títulos para mí tuvieron un carácter especial desde la perspectiva personal. No es que estuviera todavía en el ocaso, pero era el capitán, tenía 31 años y lógicamente pensabas que no ibas a conseguir algo así.

En la temporada del doblete, solo jugó diez partidos.

Fue por la lesión que sufrí en el Teresa Herrera. Sufrí la triada en la rodilla derecha, me rompí yo solo, se lo achacaron a Camacho, pero no, ni me tocó, el terreno estaba seco y los tacos se me quedaron clavados. Intenté levantarme, pero la rodilla se me iba. Mucha gente creyó que esa lesión iba a marcar mi final.

¿No lo pensó usted?

Nada más ocurrir sí, porque había visto casos de otros compañeros. Pero no fue así y tengo que decir que fue gracias a las personas que tuve alrededor. Desde Vilarrubias que me operó, hasta Miguel Gutiérrez y Manolo Delgado, que estuvieron a mi lado todos los días de los seis meses que duró la rehabilitación. También yo fui muy tenaz porque la recuperación fue muy dura, muy dolorosa, sufrí muchísimo, pero tuve la recompensa de que llegué al final de la temporada para colaborar en la consecución de la Liga y la Copa. Marqué el segundo gol aquí al Madrid y la Liga se decidió por el goal-average. Fue un balón largo de Goiko hacia el punto de penalti, yo amagué que iba a rematar y Miguel Ángel y el central Bonet se tragaron el centro y pude marcar. Otra trampa, un truco.

Un año especial para usted.

Por el tema de a lesión, emocional y deportivamente fue más importante para mí que el título del año anterior, sin duda. Ya he dicho que algunos medios vaticinaron que la lesión me apartaría del fútbol, pero los profesionales que tuve conmigo fueron claves. Lloré muchas veces encima de la camilla, pero mereció la pena. Todo salió bien.

En la 84-85 jugó 28 partidos y anotó diez goles.

Un poco por todo, por la lesión y por la edad ya no tuve tantos partidos. Javi consideraba que por mi velocidad ya no era el adecuado para determinados partidos. Yo no compartía ese criterio porque siempre quería jugar y me cabreaba. Como cuando me dieron la baja. ¡Quería seguir y ya iba a cumplir 36 años! No quieres ver la realidad, con el tiempo te das cuenta. Físicamente no estás igual. En el 86 terminé.

Pero todavía jugó un partido en la siguiente temporada.

Bueno, sí el de mi homenaje. El 22 de agosto, un día muy bonito, con 40.000 personas en San Mamés. No era muy habitual esa respuesta de la afición para un partido de esta naturaleza. Además vino a jugar una selección de la Liga, dirigida por Kubala.

Ha quedado para la historia como el tercer máximo goleador del club, tras Zarra y Bata. ¿Es su mayor satisfacción?

Estoy muy satisfecho de figurar en esa lista, es muy bonito, pero no le doy tanta importancia como al orgullo que supone que por cualquier sitio que vaya la gente me reconozca, me salude y me exprese su cariño. Aunque a veces te toque alguno que te viene, como me pasó una vez en Cádiz con un camarero, y te dice: ¿Ya se acuerda del penalti que falló en la final de Copa con el Betis? Son anécdotas que pasan, pero sientes que la gente te recuerda y te estima, y eso no se cambia por nada. Como ya estamos acabando la entrevista, quisiera decir que lo único que me ha quedado de negativo y me produce una gran tristeza, es cómo salí por última vez del club. Después de haber colaborado con tantas personas de la institución en distintas épocas, fue muy dolorosa la forma en que me despidieron, utilizando mentiras.