“Estamos viviendo el fin del mundo en muchos sentidos; la sociedad ha colapsado”
En su ensayo Imaginar el fin, el filósofo catalán cuestiona los discursos apocalípticos y propone convertir la angustia colectiva y el miedo al futuro en acción transformadora
Vivimos rodeados de discursos catastrofistas —crisis climática, pandemias, apagones, guerra, amenazas tecnológicas — que alimentan la angustia de una sociedad acostumbrada al flujo constante de noticias negativas. Pero ¿y si el apocalipsis no fuera el final, sino el principio de otra cosa? Esa es la premisa de Imaginar el fin. Pensamiento apocalíptico para un futuro postcapitalista, el nuevo libro de Eudald Espluga, que explora las narrativas del colapso contemporáneo y plantea el apocalipsis como una posibilidad de transformación colectiva.
Relacionadas
¿Estamos tan mal como parece?
Los datos están ahí, no se pueden negar. Lo que se ha impuesto es una forma de metabolizar la realidad que yo llamo “fantasía colapsista”: la idea de que todo va a estallar de un día para otro y que un gran colapso lo destruirá todo. Esa sensación puede conducir a la parálisis, al nihilismo o a la obsesión por escapar del desastre, ya sea construyendo búkeres o yendo a vivir a otros planetas. Y ahí es donde está el peligro.
¿Por qué están calando los discuros apocalípticos?
Los riesgos que nos preocupan no son solo los de hace quince años. Antes hablábamos de precariedad, vivienda o derechos sociales, problemas graves pero que podían abordarse con herramientas políticas conocidas. Ahora nos enfrentamos a amenazas que percibimos como existenciales: el cambio climático, la inteligencia artificial o la escasez de recursos. Hemos pasado de lo que Mark Fisher llamó el realismo capitalista a una especie de realismo cósmico. Las categorías políticas tradicionales parecen quedarse pequeñas ante problemas que afectan a la propia posibilidad de vida en Tierra.
¿Qué tiene ‘el fin del mundo’ que nos fascina tanto?
Es un arquetipo muy antiguo. Todas las culturas han fantaseado con ello. Como explica Frank Kermode, construimos nuestras biografías y nuestras identidades colectivas a partir de un principio y un final. Lo que ocurre hoy es que concentramos muchas ansiedades distintas en una imagen única de colapso. Los cambios climáticos o ecológicos son procesos lentos y difíciles de narrar. En cambio, una gran catástrofe espectacular permite condensar todos esos miedos en una sola historia.
“Hemos visto tantas películas donde una crisis desemboca en una guerra de todos contra todos que ese escenario nos parece normal”
Frente a quienes anuncian el “fin del mundo” están también quienes niegan los problemas o los atribuyen a conspiraciones. ¿Son fenómenos opuestos?
No tanto. Muchas veces el negacionismo no consiste en negar los hechos, sino en darles otra interpretación política. El problema no es únicamente la desinformación. Es que esos datos se integran dentro de relatos que atribuyen las causas a élites ocultas o a planes de control social. Por eso, la batalla contra las conspiraciones no es solo informativa; es una batalla entre relatos políticos.
¿Entiende que muchos jóvenes no crean ya en el futuro?
Es comprensible. Durante años se habló de una lenta cancelación del futuro, la idea de que viviríamos peor que nuestros padres. Ahora se añade algo más inquietante, como el miedo a que ni siquiera exista un futuro habitable. El problema es que, cuando esa amenaza se codifica culturalmente como un colapso inevitable, puede desembocar en impotencia o en survivalismo. O piensas que nada merece la pena porque todo está perdido, o te preparas para sobrevivir individualmente cuando llegue el desastre.
Sin embargo, usted reivindica una visión distinta del apocalipsis.
Sí. Históricamente, el Apocalipsis no era una historia de destrucción total. Era una historia de transformación. En el texto bíblico no desaparece el mundo sin más; se destruye a quienes destruyen la Tierra y después emerge una nueva ciudad. Por eso, creo que debemos afrontar los problemas desde una visión que no conduzca a la resignación, sino a la transformación social.
Las instituciones públicas nos han recomendado que contemos con un kit de supervivencia en casa y que estemos o preparados para cualquier emergencia. ¿Qué le sugieren esos mensajes?
Me parece llamativo que sean las propias instituciones quienes lancen esos mensajes. Eso revela hasta qué punto el imaginario colapsista está integrado en nuestra cultura. Hemos visto tantas películas, series y relatos donde una crisis desemboca en una guerra de todos contra todos que nos parece normal prepararnos para ese escenario. Eso transmite una visión muy concreta de la sociedad basada en la desconfianza y la supervivencia individual.
“Si pensamos que el colapso es inevitable, acabaremos como en una película de zombis, desconfiando y luchando por sobrevivir”
¿Las teorías apocalípticas son exclusivas de la extrema derecha?
No. Atraviesa prácticamente todo el espectro ideológico. Lo encontramos en sectores de extrema derecha, pero también en algunas corrientes ecologistas que presentan el desastre como condición necesaria para construir algo mejor. El problema es que, cuando el debate se reduce a la supervivencia, la extrema derecha suele tener ventaja porque es más fácil señalar culpables que proponer transformaciones colectivas.
La inteligencia artificial se ha convertido en una nueva fuente de temores apocalípticos.
Lo llamativo es que quienes más impulsan estas tecnologías muchas veces creen sinceramente en esos escenarios. Buena parte de los grandes empresarios tecnológicos actúan movidos por la convicción de que una inteligencia artificial general podría provocar una catástrofe. Paradójicamente, es esa creencia apocalíptica la que acelera el desarrollo de la propia tecnología. La profecía contribuye a crear las condiciones para cumplirse.
“Debemos afrontar los problemas desde una visión que no conduzca a la resignación, sino a la transformación social”
¿Cómo imagina el fin del mundo?
Mi tesis es que ya vivimos en una sociedad que ha colapsado y está atravesando un fin del mundo. No es una exageración. La pérdida de biodiversidad, las olas de calor, la desertificación o fenómenos como la dana de Valencia son transformaciones profundas de las condiciones que hicieron posible la vida humana tal y como la conocíamos. El fin del mundo no es necesariamente un acontecimiento repentino que llegará algún día. En muchos sentidos ya está ocurriendo.
Entonces, ¿no veremos ese final apocalíptico que nos muestra el cine?
No. No imagino autopistas vacías cubiertas de vegetación ni ciudades abandonadas. Precisamente por eso es importante pensar el apocalipsis como transformación. El tipo de acción política que emprendemos depende de cómo imaginamos el futuro. Si creemos que todo terminará en una lucha por la supervivencia, construiremos ciudades-búnker y sociedades defensivas. Si entendemos que estamos ante una transformación de largo recorrido, podremos actuar para mejorar nuestras condiciones de vida.
¿Hay motivos para la esperanza?
Sí. El riesgo del catastrofismo es que funciona como una profecía autocumplida. Si nos convencemos de que el colapso es inevitable, acabaremos comportándonos como en una película de zombis: desconfiando de los demás y preparándonos para sobrevivir. Pero si luchamos por otros modelos de sociedad, cuando las condiciones empeoren tendremos espacio político e imaginativo para construir algo distinto.
Temas
Más en Sociedad
-
"2025 fue un año difícil en la lucha contra los incendios y todo apunta a que este verano también lo será"
-
TELEKO GAUA 2026 reconoce a quienes están construyendo el futuro digital de Euskadi
-
Martínez descarta que la huelga de médicos vaya a impactar en los ambulatorios este verano
-
"La violencia machista no es solo un problema de la noche, es estructural"