Las fiestas de San Prudencio y Nuestra Señora de Estíbaliz son una de esas citas que, en Álava y en su capital, se esperan casi con la misma ilusión cada año como los festejos de comienzos de agosto en honor a la Virgen Blanca.

No hace falta que te lo recuerden: cuando se acerca finales de abril, el ambiente empieza a cambiar, el tiempo suele acompañar un poco más (aunque se le conozca como el “Santo meón”) y la gente tiene ganas de calle. Es la forma en la que el territorio celebra a su patrón, pero también es, en realidad, una gran excusa para juntarse, compartir y disfrutar en unos días de disfrute.

En 2026, como cada año, las fiestas giran en torno al 28 de abril, el día grande de San Prudencio. Sin embargo, el programa se extiende varios días antes y después, con propuestas para todos los gustos. Lo interesante es que no son unas fiestas concentradas en un solo punto, sino que se viven en distintos espacios de la ciudad y, sobre todo, en las campas de Armentia el día grande a finales de mes.

La romería lleva la fiesta a las campas de Armentia. Josu Chavarri Erralde

El inicio oficial llega con el pregón, que tuvo lugar ayer día 24 con Antonio Altarriba como absoluto protagonista, y que marcó ese momento simbólico en el que todo arranca.

A partir de ahí, sobre todo Vitoria-Gasteiz empezará a llenarse de música, actividades y ambiente festivo. Hay conciertos, fanfarres recorriendo las calles y propuestas culturales que invitan a salir, incluso entre semana. Es ese tipo de fiesta que no necesitas planificar demasiado: basta con acercarte al centro y dejarte llevar.

Uno de los momentos más especiales llega en la víspera el 27 de abril por la tarde-noche, con la tradicional retreta y la tamborrada. Es difícil explicarlo si no lo has vivido: los tambores empiezan a sonar y, poco a poco, crean una atmósfera muy particular. La gente se reúne, mira, participa, y durante un rato todo gira en torno a ese ritmo que ya forma parte de la identidad de la ciudad.

Pero, si hay un día que concentra gran parte de la esencia de estas fiestas, ese es el 28 de abril. Desde primera hora de la mañana, la actividad se reparte entre el centro de Vitoria-Gasteiz y las campas de Armentia, que se convierten en el verdadero corazón de la celebración. Allí tiene lugar la romería, uno de los actos más emblemáticos y multitudinarios.

Un día para el disfrute

En las campas de Armentia, miles de personas pasan el día al aire libre. Cuadrillas, familias y grupos de amigos se instalan con mantas o simplemente en cualquier hueco que encuentren. La comida es una parte fundamental: tortillas, caracoles, perretxikos… cada grupo tiene su tradición. Pero más allá de lo que se come, lo importante es el ambiente. Música, risas, encuentros inesperados y esa sensación de que todo el territorio, para eso San Prudencio es su patrón, está reunido en un mismo lugar.

Durante la jornada también hay espacio para distintas actividades: conciertos en directo, exhibiciones de herri kirolak, danzas tradicionales y animación constante. Es una mezcla muy natural entre lo tradicional y lo festivo, sin grandes artificios, pero con una fuerza especial. Las fiestas de San Prudencio y Nuestra Señora de Estíbaliz también han ido incorporando en los últimos años nuevas propuestas. 

Este año, el programa vuelve a incluir actividades pensadas para públicos distintos: desde espacios infantiles hasta conciertos dirigidos a gente joven, pasando por iniciativas en euskera o propuestas más alternativas. Esa combinación ayuda a que la fiesta siga viva y conecte con diferentes generaciones. 

Y aunque el 28 es el día clave, la celebración no termina ahí. El 1 de mayo llega la romería al Santuario de Estíbaliz, que pone el broche final a las fiestas de cada año. Es un ambiente algo más tranquilo, pero igual de especial. El entorno invita a disfrutar de otra manera: más relajada, pero con ese mismo espíritu de encuentro.

Un reconocimiento con nombres propios: Antonio Altarriba y Mikel Sánchez

Este año, además de todo lo que ya caracteriza a estas fiestas, hay dos nombres propios que marcan el inicio y el reconocimiento institucional de estos días: el del pregonero y el de las personas que reciben la Medalla de Álava.

En el primer caso, el encargado de dar el pistoletazo de salida fue ayer mismo Antonio Altarriba, una figura muy reconocida en el ámbito cultural. Su elección como pregonero no es casual. Altarriba es conocido por su trayectoria como escritor, especialmente en el mundo del cómic y la narrativa, y por su capacidad para contar historias que conectan con la gente. Que sea él quien inaugure las fiestas aporta un toque cultural y cercano, muy en línea con el espíritu de San Prudencio. 

El pregón no fue solo de un discurso, sino de un acto que marca el arranque emocional de las fiestas. A partir de ahí, la ciudad ya no vuelve a ser la misma durante unos días; una ciudad en la que Antonio Altarriba se siente muy querido y que ha querido poner en valor en sus palabras de ayer noche. 

Junto al pregón, otro de los momentos importantes es la entrega de la Medalla de Álava, un reconocimiento que pone en valor la trayectoria y la aportación de personas que han dejado huella en la provincia. Este 2026, uno de los nombres destacados es el de Mikel Sánchez, conocido por su trabajo en el ámbito de la medicina y la investigación. Su labor ha tenido un impacto importante, no solo a nivel local, sino también desde un plano estatal e internacional. La Medalla de Álava reconoce precisamente eso: una trayectoria basada en el esfuerzo, la innovación y el compromiso. Es una forma de poner en valor el talento que existe en la propia tierra y que muchas veces trasciende fronteras.

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Pero este año, además, el reconocimiento tiene un componente especialmente emotivo. La Medalla se concede también a título póstumo a Juan Manuel Lavín Santamaría, fallecido hace unas semanas, compartiendo así el honor con Mikel Sánchez. En su caso, se destaca una trayectoria muy vinculada al desarrollo, la innovación y el impulso del enoturismo en la Rioja Alavesa. 

Este tipo de reconocimientos encajan muy bien en el contexto de San Prudencio. Porque, más allá de la fiesta, también hay un componente de identidad, de mirar a lo que se es como territorio y de reconocer a quienes han contribuido a construirlo.