Kontakizuna | El caso del patio

08.05.2021 | 00:58
Kontakizuna | El caso del patio

En el triángulo de luz que el día dibujaba en la entrada de Lamiak se plantó Agustín Totorika, con su cabeza rapada de poli, sus Arnette verdes de poli, su chaqueta de poli, sus vaqueros de poli, sus gruesas zapatillas de poli...

uN cortado. En taza muy pequeña. Con esa capa de magma color canela flotando sobre el café. Sin azúcar. Y una porción de tarta de zanahoria. Los modernos la llaman carrot-cake. Keirrotkeik. Todo seguido. La llamen como la llamen es la tarta de zanahoria de toda la vida. Un chupito de ron añejo. En una especie de dedal de vidrio, helado, cubierto de escarcha hasta en el grueso fondo. Txetxu Ariza siempre había pensado que esos vasos son los de txikito, pero pasados por la era del fitness.

El lugar perfecto para la ceremonia es Lamiak. Al detective privado le quedaba el histórico bar decorado con máquinas de coser al otro lado del puente de la Merced según bajaba desde su casa del 2 de Mayo. En Pelota. Se trata de una buena calle para comprobar a media mañana el tránsito del sol a lo largo de la ría. Siempre aparecen intelectuales de retirada y meritorios en busca de cuerdas de nudos atornilladas a cualquier techo. Las exposiciones que cuelgan de las paredes son buenas. Y la música, soberbia. Ariza recuerda cada vez que fue allí donde descubrió la voz de Billie Hollyday. Strange fruit. Fue un amor a primer oído.

En caso de que se encuentre habilitada, el expolicía municipal sube a la primera planta con sus dos platos en la mano: el cortado y el del keirrotkeik en el que acopla el chupito. Desde la sombra al otro lado de la barandilla se controla perfectamente la puerta. Y la vieja escalera de madera cruje cuando alguien asciende. Así se puede leer tranquilo un par de periódicos. Patti Smith acompaña perfectamente. Se le ha blanqueado la melena a la veterana Patti, pero esa manera de frasear mejora cada día.

—¡Txetxu! Jodido Txetxu. ¿Estás ahí? Te estaba buscando. ¿Es que nunca coges el teléfono?

Agustín Totorika, Toto para amigos y enemigos, miraba hacia lo alto desde el triángulo de luz que el día dibujaba en el suelo de la entrada de Lamiak. Allí justo se había plantado Toto, con su cabeza rapada de poli, sus Arnette verdes de poli, su chaqueta de poli, sus vaqueros de poli, sus gruesas zapatillas de poli y su mochila negra de poli motorizado.

—Sube. Pídete un agua con gas. ¿Estarás de servicio, no? Aunque vayas de calle, digo, largó Ariza casi gritando.

La camarera miró a Toto con ojos de Terminator escaneando y archivando datos. Le sonaba aquella cara de poli.

—Cada vez me haces más gracia, Ariza, protestó el inspector.

Un 43 con cola. ¿Quién coño bebe 43 con cola en el siglo XXI? Es más, ¿en qué almacén perdido mantienen un remanente de 43? Caramelo destilado. Madre mía. Toto olía a Axe y a rubio bajo en nicotina. Había empezado a cuidarse. Ariza, desganado, saludó al excompañero y se miró el móvil: seis llamadas perdidas de Boborika –así lo guardaba en la agenda–, un wassap y dos notificaciones de sms avisando de mensajes de voz.

—Me alegro de que sufras diabetes, chaval –Ariza bromeó señalando el vaso del policía.

—Yo solo bebo cerveza y verdejo, capullo. Eso, cuando libro. Pido 43 en los sitios para testar su stock de licores. Cuando no pueden servir una copa de 43 o de algún otro mejunje poco usual es probable que, en realidad, su negocio no esté orientado al trago, sino a un sector alternativo –explicó Toto apartando su fusca para extraer una flamante tablet de la mochila con gesto de mira-estamos-a-la-última-membrillo.

—Esto es el Lamiak, gil. ¿O no has caído nunca por aquí? Conociéndote, me extrañaría, apuntilló el detective guiñando un ojo.

—Me ha comentado el Guti que, si no abrías en tu domicilio, pararías por aquí. Déjate de paridas y mira estas fotos

Ariza pensó que solo los agentes de la ley y los corredores de seguros emplean ya el término domicilio. Toto empezó a acariciar la pantalla de la tablet con su neurótico dedo de poli.

Se trataba de instantáneas nocturnas obtenidas con flash. El patio interior de un edificio antiguo. Al fondo, brillaba un grifo húmedo bajo el alféizar de la ventana del retrete del primero. Solado de terrazo pardo, como turrón del duro. Gastado. Macetas en los cuatro rincones con los tallos raquíticos y desnudos de lo que debieron de ser orgullosos geranios. Un gato de esos sin pelo. Estrellado contra el suelo. Parece que no siempre caen de pie. Tampoco tienen siete vidas. Aquél conservaba un collar fosforito con la palabra Yoda. Restos de vidrio por todas partes. Un boyero de Berna. Hembra. Obesa. Despanzurrada. La lengua fuera como una carretera rosa a ninguna parte. Un collar de cuero con remaches rosas. La perraza se llamaba Linda. Más trozos de cristal. Una mujer. Muy mayor. Menuda. Con la redecilla de dormir sujetándole el pelo. Y el cráneo. Decúbito prono. Una bata de raso azul con florecillas rojas. Una zapatilla, pantufla con un poco de tacón de cuña, a dos metros. La otra, en el lado opuesto. Los pies, cuidados, talones concienzudamente exfoliados, uñas pintadas de rojo, pikis. Se había dejado piel de los dedos de las manos en un saliente bajo la ventana del salón del quinto piso, el suyo. Allí en lo alto asomaba el respaldo de una mecedora vestido con un tapete de ganchillo crema. Abajo, a un metro del cuerpo, un cubo con una fregona apoyada junto a la bajante de PVC que daba al sumidero del patio.

—El crimen debió de suceder sobre las tres de la madrugada de hoy. Los vecinos oyeron bronca a través del patio. Cristales rotos. Gritos agudos. Y, después, el sonido de los cuerpos. "Como si hubieran lanzado un sillón mojado", describió el ruso del primero. La puñeta es que la puerta de la casa de la víctima permanecía cerrada, sin señales de violencia. Perfecta. La salita apareció revuelta, muebles caídos, alfombras desplazadas. El resto, ordenado hasta lo patológico. Todos atestiguan que la vieja era un encanto. Con sus rarezas, pero buena mujer. Y la perra, muy juguetona. Nadie recuerda al gato. ¿Pero quién se fija en esos jodidos bichos? Manejamos la hipótesis de que un conocido o familiar fue a pedirle pasta. Comentan en el barrio que su hijo más joven tuvo líos. Ya sabes. ¿Cómo lo ves tú? A lo mejor me puedes ahorrar la caca de la prensa. Y el peñazo de la jueza.

Toto suspiró con gesto de cordero degollado y abrió una latita de juanolas que guardaba en la mochila. Ofreció juanolas con una mueca. Ariza negó. Repasó las fotos de la tablet. Caviló. Las miró de nuevo.

—Ninguna mujer de esa edad se enamora de un gato sin pelo. Y menos le bautiza como Yoda. Podría ponerle Shere Khan por El Libro de la Selva. Pero Yoda. A esta pobre señora se la traía al pairo La Guerra de las Galaxias. Pega un telefonazo a la gente que mantengas de plantón en el inmueble. Que toquen la puerta del piso de encima de la difunta. Que les pregunten qué han hecho con el gato.

El agente agarró su móvil de poli y procedió. Colgó. Charlaron sobre los viejos tiempos. Los delincuentes de los noventa. Aquellos sí que eran tipos duros. Al Tuerto le gustaba lanzar a sus rivales desde el paseo de los Caños a las vías del tren. Que pareciera un accidente. Sonó el móvil. Tras unos ya-ya-ya-ajá, Toto colgó de nuevo.

—Eres un cabrito, Ariza. En el sexto vive una pareja de cuarentones. Dicen que beben "de vez en cuando". Y se pelean. Ayer, o hace un rato, porque no lo recuerdan con claridad, ella lanzó el gato de él por la ventana del patio. En plena furia, ya sabes. Rompió el cristal. Dicen que el bicho no ha vuelto a subir. Y que a ver qué pasa.

—Pues caso resuelto, Toto. Está claro que la mujer de abajo tomaba el fresco cerca de la ventana del patio. La perra vio, oyó y olió al gato volador y fue a por él. Se arrancó con una carrerilla, se apoyó en la mecedora en la que descansaba su dueña y saltó. Apostaría que la perra pesa más que la mujer. La mecedora hizo de catapulta y zas. Pide que busquen pruebas que demuestren esta hipótesis.

—La madre que te parió, Ariza.

—No me jodas, Totorika, juanolas y 43 con cola. Tienes que ver No habrá paz para los malvados y coger apuntes. Me debes una, acuérdate.

—Rock&Roll –respondió.

No hay poli que no haya lagrimeado con esa película menos de una docena de veces. Ariza se encaminó al mercado de La Ribera. Acababa de empezar la costera de la anchoa. Le apetecían albardadas.

Un 43 con cola. ¿Quién coño bebe 43 con cola en el siglo XXI? Es más, ¿en qué almacén perdido mantienen un remanente de 43?

Ariza, desganado, saludó al excompañero y miró el móvil: seis llamadas perdidas de ?Boborika?, un wassap y dos notificaciones de sms

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