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La primavera

25.04.2020 | 10:34
La primavera

La música de Stravinski escapa suave de las ventanas y balcones. Todos somos la bailarina que danzará hasta el último aliento, conscientes de nuestra ventura. Nos inmolamos al cambio de ciclo. Es primavera

eL Tiempo era insaciable. Nos devoraba. Como el Saturno de Goya a sus hijos. Cronos, el de las fauces terribles. Nos impedía vivir con detenimiento. Marcaba el ritmo de nuestras carreras febriles con las detonaciones de su tictac. Tanto correr. Tanta ambición por llegar a todas partes. Tuvimos agendado hasta el ocio. Las vacaciones sujetas a una parrilla horaria de acciones y destinos. La locura.

Hoy, el cadáver del Tiempo se descompone, amorfo, sobre el asfalto de la ciudad desierta. Yace inanimado encima de las carreteras huérfanas, sin ser capaz de estorbar siquiera al tráfico inexistente. Sus fluidos alimentan la hierba que verdea por entre las grietas del pavimento. Resulta admirable cómo esas guedejas de la naturaleza se yerguen en cada poro del hormigón con el mismo ciego entusiasmo que si se encontrarán a las orillas de un remoto afluente del Amazonas. La vida ignora el desaliento. Es pertinaz, terca. Tan obstinada como la Eternidad, que está compuesta por millones de tiempos difuntos y otros tantos tiempos nonatos. La Eternidad es un monstruo de Frankenstein formado con los cuerpos fríos de tiempos que fueron y tiempos que nunca serán.

Pero es primavera. Los nubarrones galopan cada vez por cielos más lejanos. El sol todo lo incuba. Los restos del Tiempo fecundan las calles. Las setas de abril doran sus pequeños sombreros en los parterres. Algunas profanan la tierra al pie de los árboles de las alamedas que atraviesan la ciudad. Retoñan despeinados los setos que antes fueron ordenados y severos. Los musgos y líquenes se apoderan del rostro de los tapiales, como barbas verdes de un pope ortodoxo. La hiedra silvestre busca amores escalando balcones y violentando alféizares. El viejo parque crece; rebosa por los cuatro costados; en sus límites las yemas quiebran las primeras losas y obran el milagro de convertirlas en tierra.

Los cernícalos, tan celosos de la intimidad y el silencio, revolotean por la Gran Vía, espantando con su sombra a los ratones que esconden camadas que duermen a cubierto, entre fina pelusa. Al ratón le basta un registro del alcantarillado para zafarse. El cernícalo se suspende en el aire que cruza entre la calle de Prim y la de Cánovas. Eso dicen las placas que nadie lee. La pareja de cormoranes chicos ventila sus alas negras en la escalinata del Ayuntamiento. Llegan más con su vuelo raso, silencioso, casi fantasmal. Saltan peces en el río. Es como si los mújoles quisieran comprobar con sus propios ojos lo que sucede al otro lado de la lámina de agua. Y siguen brincando, porque no se lo creen.

El corzo, joven e inexperto, se ha perdido. Corretea desorientado de una plaza a otra. Se detiene. Mueve las orejas. Pestañea con los ojos muy abiertos. Compone cabriolas por las escalinatas, gira en torno a la peana del monumento a los fundadores y cocea las motocicletas estacionadas. Se aleja con su trote curioso.

Pasa frente al auditorio. Dentro aún brillan los decorados que creó Nikolái Konstantínovich Roerich para La consagración de la primavera. En su vientre, las bailarinas volaron una vez tal y como imaginó Diáguilev. La orquesta escondida interpretaba la partitura de Stravinski. Los violines sonaban como un escalofrío sobre la piel y los metales transmitían el calor del sol. Una energía invisible lo invadía todo. Los naranjas latían más intensos; los verdes olían a hierba; los amarillos vibraban como luciérnagas en un anochecer templado. La solista se separaba del grupo conocedora de su destino. Levitaba sobre las puntas de sus pies como una diosa de tul. Como el corzo. Casi inmaterial. Bailaba hasta el fin. Las melodías serpenteaban unas sobre otras y se trenzaban sobre sí mismas como la orfebrería de los escandinavos que hicieron suyo el curso del Moskova. Las flautas saltaban de rama en rama. Los tambores parecía que se acercaran desde Estambul. Eso fue antes.

Ahora, asombrados por sus propios reflejos en las bases de los edificios de acero y cristal, la jabalina y sus cuatro rayones caminan por el barrio financiero. Se detienen a observarse con desconfianza. Eso era lo habitual desde siempre en el distrito de los grandes negocios. Observarse con desconfianza. Hozan felices entre las raíces de los vetustos plataneros que cobijan el jardín de acceso al Banco Nacional. Los rayones juegan a embestirse y huir entre agudos chillidos. La jabalina gruñe satisfecha y se revuelca entre las hojas caídas que nadie ha recogido. Descubre caracoles ocultos y algún bulbo remolón. Llama a los rayones.

La naturaleza, constreñida durante décadas, se va desvistiendo de su corsé de ballenas de cemento. Se deshace de la bruma de humo pesado. Quiere abandonar el corpiño de hierro. Sueña fervientemente encarnarse en el cuadro de Sandro Botticelli. Esa tabla en la que Céfiro, ceñudo y azul, sopla sobre el cuerpo fértil de la diosa Cloris, que dará a luz Carpo, guardiana de las frutas. Poseída por el viento que anuncia el fin del invierno, Cloris, antes casi desnuda, se transforma en Flora que, tocada con una diadema de pétalos, lanza las rosas blancas y rojas que guarda en el delantal. Crecen a sus pies crisantemos, jacintos y violetas. También el iris y el aciano. A su izquierda juguetean las diosas de la alegría, del hechizo y de la belleza. Vestidas de transparencia, Castitas, Pulchritudo y Voluptas giran al ritmo de la más primitiva de las músicas; entrelazan sus manos ante Venus, vigiladas por el cegado Cupido que carga una flecha en su arco. Lo cubre todo un dosel de manzanas que esperan la madurez. En el rincón derecho, Mercurio varea unas nubes con su caduceo, aparentemente distraído, mientras simula que permanece ajeno a lo que sucede a su espalda.

El sueño de la naturaleza se cumple poco a poco. Aunque, en lugar de sobre ese fondo de un bosque de hojas negras y exactas que definió Botticelli y hubiera podido plasmar Henry Rousseau El Aduanero, lo hace recuperando para sí un espacio de edificios de distintas alturas: puentes metálicos, tejados rojizos, fachadas solitarias y enlosados grises. Un fondo más propio de Edward Hopper que del ingenuo Rousseau.

El corzo, la jabalina y sus jabatos se cruzan ante un escaparate apagado. El sol parece más grande que nunca.

La música de Stravinski escapa suave de las ventanas y balcones. Todos somos la bailarina que danzará hasta el último aliento, conscientes de nuestra ventura. Nos inmolamos al cambio de ciclo.

El Tiempo ¿A quién le importa ya el Tiempo? Es primavera.

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