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La fiesta

Me ha pasado a mí. No os lo vais a creer. Iba a una fiesta. Y hace tres semanas que me han aislado en una clínica provisional. Saldré vestida de largo con unos tacones plateados. ¿Os lo podéis imaginar?

18.04.2020 | 08:45
La fiesta

RECUERDO que, cuando mi abuela, campesina y mujer de acción, contaba historias, dividía su vida en tres tramos: el Tiempo Normal, el Tiempo de la Guerra y Lo de Ahora. No llegó a bautizar la era posterior a 1980. Conocí a tu abuelo en el Tiempo Normal, Tu madre nació en Tiempo de la Guerra, Para entonces ya había empezado Lo de Ahora. Así funcionaba aquella cronografía consolidada y perfecta. A la altura del famoso flitch.

Como buena nieta, haré lo mismo. En mi trayectoria vital, imagino que como en la vuestra, existen el Tiempo Normal, La Pandemia y Lo de Ahora. Recuerdo con nostalgia el Tiempo Normal.

Durante los narcóticos meses de la La Pandemia nos dedicamos a moler las horas a mano. El confinamiento resultó estupefaciente. A menudo, nos levantábamos de la cama, cuando lo lográbamos, con una fuerte resaca. Y sin beber. Con la voluntad apelmazada y el ánimo enfocado a tonterías. Realicé una especie de encuesta telefónica entre mis amistades. Las características se repetían. Cocinamos bizcochos, nos teñimos el pelo cuando no nos lo cortamos, ellos se dejaban barba, tratamos de volvernos populares publicando vídeos y emisiones en directo a través de redes sociales, nos sometimos a extrañas rutinas de ejercicio físico. Lo único real era la resaca sobria. Una resaca voraz a la que jamás precedieron el achispamiento y la euforia.

Contagiadas de lentitud y perplejidad, fuimos recuperando la calle. Al ritmo que nos indicaban. Supongo que lo vuestro fue igual. Un proceso parecido a una desintoxicación. Os aseguro, y sé que no soy la única, que, al principio, el sol, el viento y los espacios abiertos, me generaban angustia a veces. Inquietud, siempre. La simple idea de cruzar un paso de peatones con semáforo en una avenida me producía un pánico que tardé en controlar. Un paso de peatones: una masa de vehículos detenidos, con sus luces y bocinas, y gente; gente de frente, gente a mi lado, rozando los hombros y hasta chocando cara a cara. La perspectiva de compartir un espacio cerrado con personas desconocidas me enervaba, pero la de sufrir contactos accidentales por la acera, o en un mercado, me situaba al borde de la histeria. A ese punto había llegado. Y vosotras, también. Pocos escenarios me producían más terror que un restaurante lleno.

Retornamos al trabajo. Con ritmo bajo y grandes distancias entre teclado y teclado. Aunque lo que me ha sucedido no lo esperaba. Jamás lo hubiera sospechado. Eso no. Enseguida os lo cuento. Instalaron un arco desinfectante en la entrada del periódico. Yo era de las que pensaba que una redacción, lo mismo que un concierto de jazz o un combate de boxeo, debe oler a nicotina. En lo que yo creía el inicio de Lo de Ahora, apestaba a productos antipatógenos. Con los ojos cerrados, podría tratarse de un quirófano.

Me contaba entre las freelance. Así que nos habilitaron un reducto cerrado, junto a la puerta, en el que los ordenadores, el tablero y los asientos se usaban protegidos por un finísimo plástico transparente, como el de envolver bocadillos, que cada cual debía retirar tras el uso. Me hizo gracia que el denostado plástico, a eliminar en el Tiempo Normal, se hubiera constituido en permanente escudo para nuestras batallas cotidianas.

Entre mis tareas ocasionales en el Tiempo Normal se contaba la cobertura de actos sociales cuando la firma de cabecera no podía acudir. Me refiero a esas crónicas de un estreno, una presentación o un evento, que salpicamos de nombres resaltados en negrita. Ya me entendéis. Me generó ilusión y miedo que me llamaran para informar de la primera fiesta de copetín tras el confinamiento. El tarjetón de invitación vino adjunto a un protocolario correo electrónico: un PDF trabajado, con su brillante ilustración, ribete, formulismos y consabido se ruega confirmación. El nivel lo marcaba la postdata: señoras, vestido largo; caballeros, traje y corbata. La temporada se abría por todo lo alto. Confirmé asistencia y pensé en mi vestido negro, echarpe a juego y sandalias plateadas de tacón.

Con la moleskine, dos bolígrafos, los tissues, el DNI, el lápiz de labios y las llaves en el clutch de pedrería -sois conscientes de que no cabe más- tomé mi lugar en la cola de acceso a la fiesta. Unos chicos de uniforme, con sus máscaras transparentes y sus guantes, se ocupaban de que los invitados mantuviéramos la distancia mínima de protección a la vez que repartían continuamente gel para manos. Dos amables chicas gestionaban el control de entrada, respaldadas por un par de fornidos técnicos en seguridad. Todos con sus máscaras transparentes y guantes. Ellas cotejaban la identidad y verificaban la invitación. Si alguien la presentaba impresa en lugar de en el teléfono, pedían que se mostrará y que, posteriormente, se depositara en una eficacísima incineradora eléctrica. La segunda joven solicitaba cortesmente el tránsito sobre una alfombrilla neutralizante que calentaba las suelas del calzado una fracción de segundo, lo suficiente; después, empleaba el detector manual de fiebre, apuntándolo a los ojos de los invitados. Ahí empezaron mis problemas.

"Disculpe, señora, pero su lectura de temperatura no se sitúa dentro de los parámetros permitidos para pasar al acto", me dijo la joven con una sonrisa y sin moverse. Ante mi mueca de alarma, añadió otra frase. "Pero no se preocupe. La fiabilidad de estos aparatos es inferior al 80%. Es muy probable que se trate de un error. Acompáñeme a esta sala si es tan amable", indicó subrayando sus palabras con un gesto elegante.

Ella no entró a la sala iluminada con leds blancos y demediada por una gruesa barrera de hule transparente. Olía a pura química. Al otro lado distinguí a alguien envuelto en uno de esos buzos blancos, con casco y guantes. Su voz sonó metálica en el altavoz. "Mantengamos la calma. Es el protocolo. Casi seguro que dentro de un rato se relajará en la fiesta con un canapé en una mano y un cóctel en la otra. Verificaremos si la lectura de temperatura ha resultado errónea. Apoyamos el mentón en ese saliente a su izquierda y mantenemos los ojos abiertos, sin parpadear, fijos en la luz roja del fondo. Bien, bien, un poco más".

Me revientan los funcionarios que hablan en primera persona del plural para referirse a lo que tiene que hacer otra persona. "Indica una temperatura de 37,7 grados. Este aparato es infalible. ¿Nos encontramos bien estos días?". Juré que mejor que nunca.

"De acuerdo. Procederemos al test rápido para covid-19. Introducimos la mano derecha en esa ranura, sentiremos un pinchacito en el dedo corazón, no pasa naaada, retiramos la mano. Esperamos un par de minutos. ¿Hemos estado expuestos a situaciones de riesgo?".

Inicie una conversación absurda que el del otro lado del hule interrumpió con un "¡Vaya! Lo lamento, positivo con un 98% de certeza. Es usted una portadora asintomática. Puede tomar las dos píldoras que acaban de bajar hasta la ranura señalada con una C junto con el botellín de agua. Son ansiolíticos. Salimos por la puerta de su derecha. No se resista. Esta sala está insonorizada".

Iba a una fiesta. Y hace tres semanas que me han aislado en una clínica provisional. Saldré vestida de largo con unos tacones plateados. ¿Os lo podéis imaginar? Creía que habíamos pasado a Lo de Ahora. Pero, en realidad, permanecemos en La Pandemia.