Rincones perdidos en la memoria

Palacete francés en un jardín inglés

15.03.2020 | 01:15
Imagen de frente de la finca Munoa, en Barakaldo, y las sombras del jardín que le rodea.

La Finca Munoa, tanto tiempo 'escondida' en Barakaldo, nació como residencia de verano de un viejo alcalde de Bilbao, Juan Echevarría La Llana, sufrió estragos en la Guerra Civil y fue la última vivienda de Horacio Echevarrieta

EL tiempo se congeló en sus alrededores. No por nada, la finca Munoa de Barakaldo es un majestuoso palacio burgués que permanece anclado por el tiempo. Se trata de un palacete ubicado en un espacio de 64.652 metros cuadrados en pleno barrio de Llano. Sus orígenes se remontan a finales del siglo XIX. La Finca Munoa es una villa construida en 1860 como residencia de verano por Juan Echevarria La Llana, quien fue por dos veces Alcalde de Bilbao y Diputado General de Bizkaia, lo mandó construir como residencia para su familia en un altozano que domina la vista sobre la ría del Ibaizabal-Nervión en la desembocadura del Kadagua y sobre un amplio espacio ajardinado en la confluencia de los barrios de Cruces, Burtzeña, Llano y Lutxana, en Barakaldo. El proyecto original del edificio, del que se desconoce su autor (aunque se cree que podría ser Julián de Salces), era un edificio ecléctico con ornamentación clasicista. Este edificio corresponde actualmente con el cuerpo central del palacio. Además de este edificio principal, en su entorno tenía una serie de cobertizos y edificios agrícolas y zonas de huertos. El palacio llegó más tarde a pertenecer al sobrino de Juan Echevarría, Rafael Echevarría Azcarate.

Su contemplación recuerda a una postal de tonos sepia. No por nada, el palacete se ubica en un espacio verde compuesto por un jardín inglés de más de 60.000 metros cuadrados y más de 600 árboles que se abren ante la fachada del palacio, como si fuesen un jardín de las delicias. Curiosamente, contrasta con ese aire british de la naturaleza que rodea el edificio que se encampana en la finca, una de las pocas construcciones de estilo afrancesado que perviven en el entorno del Gran Bilbao. Hablamos de un ejemplar destacable de la arquitectura unifamiliar burguesa.

A lo largo de su historia fue sede del Departamento de Sanidad del Gobierno vasco durante la Guerra Civil española y, posteriormente, hogar de Horacio Echevarrieta, diputado republicano y magnate y fundador, entre otras, de las compañías Iberia o Cementos Portland Iberia, y constructor de parte de la Gran Vía madrileña, donde levantó la archifamosa Casa de la Prensa.

Digamos que en 1916 se encargó la reforma del edificio al prestigioso arquitecto Ricardo Bastida. El proyecto consistió en convertir el caserón en algo más suntuoso, un palacio de estilo francés del Segundo Imperio, como les decía. Para ello se añadieron elementos característicos del Beaux-Arts, torres laterales, mansardas en los tejados, lujosas vidrieras, pilastras almohadilladas, así como una escalera imperial de acceso al palacio que añade también una terraza y capilla, en esta ocasión en un estilo medieval, neorrománico. Además se encargó del diseño interior, para el que también se inspiró en el estilo II Imperio, empaneló y cubrió las paredes con fastuosas telas, diseñó las molduras de los techos, manillas con elaborados diseños, lujosas chimeneas de mármol y madera y las maqueterías de los suelos. Tras la intervención, la vivienda pasó a tener 624 metros cuadrados más. Uno de los elementos más característicos es una galería que se encuentra bajo la escalera, de la que la familia disfrutaba para resguardarse del calor del verano.

Se cree que Ricardo Bastida también actuó sobre el jardín en su reforma del Palacio, pero no se ha podido documentar. Sí se sabe, sin embargo, que la finca primitiva tenía una superficie de 3.36 hectáreas, y con la ampliación de 1918 de la vivienda también se agrandó el jardín llegando a doblar su extensión. Con los años, la finca se ha visto modificada por proyectos como el colegio público Munoa o la variante de la carretera de Bilbao a Santurtzi que han reducido la superficie original del jardín. Actualmente tiene 652 árboles y 100 arbustos de distintas especies.

Hay tilos, robles americanos, catalpas, palmeras, acacias, chopos, plataneros y magnolias. Nada más entrar, se observan a la derecha cuatro bancos de cerámica policromada donde se relatan pasajes de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. Un estanque de casi 50 metros de largo y ocho de ancho maravillan la vista del visitante. En suma, es un parque de estilo inglés que emula la naturaleza, especialmente en su visión desde puntos lejanos al palacio.

Se hace preciso dar aviso para los más despistados. A ellos y ellas conviene recordar que la Finca Munoa, tanto el palacio como los jardines, siempre han estado ocultos a la ciudadanía hasta que, en 2014, se convirtieron en un terreno municipal y fue abierto al público como parque.

Para entonces ya llevaba a sus espaldas una larga vida. Es preciso aclarar que durante la guerra civil fue sede del Departamento de Sanidad del Gobierno vasco. Posteriormente, la finca Munoa de Barakaldo fue ocupada por las tropas franquistas, que ocasionaron graves destrozos en la finca al usarlo como parquing de vehículos militares. Desde 2014 pertenece al Ayuntamiento de Barakaldo. El Gobierno vasco declaró la Finca Munoa Conjunto Monumental en el año 2017.

A partir de 2018 la Finca Munoa y el palacete que le da relumbre pueden visitarse a través de la iniciativa Open House. Con apenas unas luces led como intervención realizada en el siglo XXI por parte del Ayuntamiento de Barakaldo, los visitantes podrán recrearse en algunos rincones singulares. Por ejemplo, el gran salón privado en el que se observan numerosos elementos que denotan riqueza, como una gran chimenea de madera de roble, un piano de 1860 y un gran órgano de principios del siglo XX.

También podrán recrear su vista en una estancia muy privada del dueño de la casa, el despacho de Horacio Etxebarrieta. En este espacio destaca el techo con un artesonado que no se observa en otras estancias y que está formado por 18 cajetones, además de la caja de seguridad y una vidriera en la ventana, algo que se repite en los espacios de esa misma ala de la casa. Todo esto tiene otro aquel. No en vano, la finca Munoa fue la última residencia de Horacio Echevarrieta, hasta el punto de que exhaló allí mismo su último aliento. Visto que es uno de los grandes empresarios vascos de la edad oro industrial, su figura redondea la historia.