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Pogacar regala la gloria a Del Toro

El esloveno, sobradísimo, elige al mexicano como vencedor en Montjuïc para consumar el doblete por delante de Evenepoel y Vingegaard, que continúa de líder

Pogacar regala la gloria a Del ToroEfe

Huyendo del sol, categórico, plata o plomo, sin refugio climático más allá del agua en el gaznate, el viento en el rostro y los hielos enfriando la nuca, el Tour, despojado de los entresijos de las cronos, una modalidad siempre incómoda, echó a rodar en su segundo acto con las costumbres de siempre.

Una fuga escueta a ninguna parte, pero que concede solemnidad. Alex Molenaar, el neerlandés que es catalán desde los 10 años, se unió a Van der Broek y Engelhardt, para abrir el telón del segundo acto de la Grande Boucle en Catalunya.

A la escapada, representado el Caja Rural por Molenaar, le quitó la alegría el UAE, lacerado la víspera el orgullo de Tadej Pogacar que optó por vengarse con la victoria de Isaac del Toro.

El campeón del Mundo, el muchacho de las piernas de oro y el rapado decolorado, cercano el tono al amarillo, su color, espabiló a sus coraceros.

En el Coll de Begues, la afición concentrada para airear con el ventilador del ánimo el esfuerzo, apenas disponía el tercero de una veintena de segundos de renta camino de Barcelona, de nuevo altivo el final, en las rampas de Montjuïc.

En la Montaña Mágica, el Tour asistió a otro truco de magia de Pogacar y el UAE. El esloveno, todopoderoso, decidió que fuera su compañero Del Toro quien venciera en la parte alta de la Ciudad Condal.

Eso fortaleció aún más el mensaje de dominación, control y humillación de Pogacar. Un jerarca de punta a punta. Abusivo.

El dominio de Pogacar

El esloveno fue el cebo, el señuelo para el resto, que no tenía ojos para nadie más. Por ahí se adentró Del Toro para celebrar su primera victoria en el Tour el curso de su debut en la carrera francesa. Nada iguala a las primeras veces. Bautismo de oro, de burbujeante champán para el mexicano, el lugarteniente del esloveno.

Tour de Francia


Segunda etapa

1. Isaac del Toro (UAE) 3h40:01

2. Tadej Pogacar (UAE) m.t.

3. Remco Evenepoel (Red Bull) m.t.

4. Jonas Vingegaard (Visma) m.t.

5. Mattias Skjlemose (Lidl) a 3’’

6. Tobias Johannessen (Uno-X) m.t.

7. Romain Grégorie (Groupama) m.t.

24. Alex Aranburu (Cofidis) a 49’’

30. Ion Izagirre (Cofidis) a 1:11

124. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) a 13:33


General

1. Jonas Vingegaard (Visma) 4h01:48

2. Tadej Pogacar (UAE) a 6’’

3. Remco Evenepoel (Red Bull) a 15’’

4. Isaac del Toro (UAE) a 16’’

5. Juan Ayuso (Lidl) a 19’’

6. Paul Seixas (Decathlon) a 42’’

7. Romain Grégorie (Groupama a 44’’

24. Ion Izagirre (Cofidis) a 2:28

34. Alex Aranburu (Cofidis) a 4:43

132. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) a 17:03

El show del UAE, tan sobrado, retrató los excesos de un equipo imparable, que tiende al derroche, al espectáculo y a la hipérbole. Delirante. Nada le asusta. Intocable.

Todo tan exagerado como la llegada, con Pogacar avivando la llama de Del Toro, abrazados ambos antes de la euforia colectivo. Miraba el esloveno para atrás mientras el mexicano la agradecía la deferencia. Pogacar le llevó de la mano a la victoria. Se le dejó sobre la palma de la mano y le estrujó en el puño del mexicano.

Evenepoel, tercero, y Vingegaard, cuarto, debieron pensar que aquello era parte de una película extraña, de una escena sacada de un relato de ciencia-ficción.

El campeón del Mundo llegó frenando. Solo le faltó saludar al gentío y tomarse un café con los pies apoyados sobre la mesa aña espera del resto.

Podría haber superado a su compañero, pero decidió que el mexicano catara el sabor único de las primeras veces. Un triunfo inolvidable para Del Toro, que padeció una avería mecánica en el transcurso del día, pero una vez repuesto, anidó entre laureles.

Vingegaard, líder del Tour.

El gesto de Pogacar negó el esfuerzo de Vingegaard, al que recortó los seis segundos de la bonificación, y Evenepoel. El resto de favoritos acontecieron tres segundos después en una jornada con más pose y fogueo que munición real a pesar de un cierre alucinante.

Determinó Pogacar, napoleónico, autocoronado líder, como esa pintura que Jacques-Louis David, pintor oficial de Napoleón Bonaparte, realizó para mayor honor y gloria del amo de aquella Francia, que la fuga era una molestia para él. Autócrata esloveno.

Después se encargó de designar al vencedor. Ese es su poder. Juega con todos. En los toboganes que se deletreaban hacia Barcelona, los equipos de los favoritos se pusieron en guardia. Asomaron Vingegaard, Evenepoel, Ayuso, Lipowitz y Seixas.

A Del Toro, atrapado por el cepo de una avería, le costó más enderezarse. Se quedó sin percha en el tendal y tuvo que acelerar. Sus rivales no lo hicieron. Eso les penalizó. Horas después se arrepintieron de no condenarle.

Susto para Del Toro

Recuperó la pose entre los coches y los bocinazos del vehículo del UAE, apresurado para recomponer el tablero antes de abrir las puertas de la Ciudad Condal, que desplegó de nuevo la alfombra amarilla para abrazar la carrera.

La catedral de Notre Dame de París fue el marco del solemne acto que retrató a Napoleón. En Barcelona, donde respira la Sagrada Familia, marco incomparable, que concede un perfil único y alucinante a la ciudad, Pogacar quería lucir la corona. Mostrar el brillo que le hace único. El homenaje a su compañero evidenció más esa pose intimidante. Condescendiente.

La catedral, que acaricia el cielo, coloristas las vidrieras, magníficas, era una visión de ensueño antes de acometer el vuelo para anidar en Montjüic, colina que merecía tres capítulos. Un tríptico.

Un jardín de las delicias que completar a pedales donde se desplegaba la lengua de asfalto burlona, juguetona, de 1,6 kilómetros al 8,7% de desnivel. Un muro que invocaba a los generales y los puncheurs.

La cuesta carecía de misterio porque el bucle, la cima de la victoria aguardaba en la tercera pared, impedía el sobresalto. Para Seixas, el desajuste se lo generó un pinchazo antes de encaramarse en la Montaña Mágica.

La joven sensación francesa tomó la bici prestada de Paret-Peintre para después ensillar su montura y remontar a través de la hilera de coches por el callejero de Barcelona.

En la primera aproximación, McNulty, uno de los sherpas de Pogacar, fijó el paso, allegro ma non troppo, entre el emparedado de la afición, muros de brazos, gritos, ánimos y voces, un túnel de alegría y festejo.

Control en la subida

Vingegaard, el líder, se tachonó a Pogacar, de lunares rojos. Inequívoca la vestimenta del esloveno. Seixas se rehabilitó a tiempo en la ascensión inicial. El pentagrama era el mismo, pero el UAE eligió a otro alfil para imponer un paso marcial en el segundo rizo.

Pogacar quería observar Barcelona desde las alturas, desde el pináculo de Montjuïc, constreñido por el empuje del gentío, volcado en masa, que tensaba la ascensión.

Del Toro y Pogacar celebran el doblete.

Entre los favoritos, tatuados los unos sobre los otros, a modo de un amasijo, de un todo, las miradas de desconfianza recorrían cada palmo de la rampa. La segunda pasada no alteró la composición del mosaico.

Vingegaard, Pogacar, Evenepoel, Seixas, Ayuso y Lipowitz se cuadraban en el mismo plano. Sonó la campana, el aviso de la última vuelta. El repiqueteo a modo de una sirena que advertía el zafarrancho de combate. El redoble de tambor antes de la salva y el estruendo de la ascensión definitiva.

Se agitó la ascensión. Apareció Adam Yates, a modo de tiragomas. Todo se paralizó. Entró en estado de hibernación la subida, para entonces a cámara lenta hasta que en la bajada, el UAE se despachó con un movimiento kamikaze de Del Toro, que adelantó por el exterior, próximo al vallado, a modo de un piloto de MotoGP.

Le escudó Pogacar, protector del mexicano. Al esloveno le sobraba gas y no quiso ganar porque quería obsequiar a su lugarteniente con la victoria. Evenepoel y Vingegaard, cerca pero lejos, no pudieron limar ante el descaro del esloveno y el mexicano, que se regodearon en la llegada.

Después del doblete, unieron sus cuerpos Pogacar y Del Toro, abrazados. Más contento incluso Pogacar que cuando vence. Magnánimo. Alzó en brazos al Mexicano, en éxtasis. Abrumado por la alegría en su descorche en el Tour. Pogacar regala la gloria a Del Toro.