La ficha
- Título: A prueba de hervor
- Autora: Alma Sampedro
- Género: Novela
- Editorial: Plataforma
- Páginas: 168
Ingredientes:
• Una pizca de sueños postergados.
• Tres cucharadas de paciencia tibia.
• Un vaso entero de excusas.
• Una lágrima (de las que no se ven).
Preparación:
Mézclalo todo con una sonrisa de manual, procurando que no se note el cansancio. Hornéalo a ciento ochenta grados de rutina, durante los años justos para que el aroma de la alegría se evapore sin hacer ruido. Cuando al fin enfríe, pruébalo: sabrá a costumbre, con un leve regusto a rendición.
Hay mañanas en que la vida se eleva con promesas de altura y, al menor temblor, se desinfla sin hacer ruido. No es fragilidad: es memoria del aire. Lo difícil no es evitar la caída, sino seguir creyendo en lo que un día quiso subir.
Dicen que el soufflé es traicionero. Yo digo que simplemente tiene carácter. Si no lo tratas con cuidado, se desinfla. Si lo miras con desconfianza, se hunde. Como yo, básicamente.
Eran las siete y media de la mañana y mi soufflé acababa de suicidarse en el horno. No exagero: un cráter en el centro, los bordes chamuscados y ese olor a derrota recién hecha que ni el mejor ambientador podría disimular.
Mientras lo miraba hundirse, pensé que aquello era una metáfora demasiado obvia de mi vida. Pero una, a los cuarenta y cuatro, aprende a aceptar que las metáforas ya no avisan: simplemente se te carbonizan delante.
—Brillante, Clara — me dije en voz alta—. Has conseguido que hasta el desayuno te pierda el respeto.
Afuera llovía porque, por supuesto, el universo había decidido sumarse a la coreografía del dramatismo.
En ese preciso instante apareció Héctor, mi marido, con esa cara de recién levantado que siempre parece estar juzgando mis decisiones vitales.
—¿Otra vez intentando hacer eso? — preguntó, mirando el horno como si dentro hubiera una bomba.
—Es un soufflé, Héctor. No eso.
—Ajá — dijo, sirviéndose café—. ¿Y no te da pereza complicarte tanto para desayunar?
No le respondí. Había aprendido que el silencio es el único condimento que no discute. A veces pensaba que nuestra relación se parecía a una receta mal traducida: teníamos los ingredientes, pero nadie recordaba en qué orden se añadían. Él seguía el manual. Yo improvisaba. Y el resultado, casi siempre, acababa sabiendo a esfuerzo inútil.
Mientras Héctor repasaba su móvil — su verdadera pareja, la de las notificaciones constantes—, yo pensaba en la lista del día: el informe trimestral para la empresa, la reunión con mi jefe (ese hombre que apestaba a chicle de menta y desprecio), la comida con «las chicas» (a quienes adoraba tanto como a una muela picada) y el taller de cocina online al que llevaba un mes sin entrar.
Todo en orden. Todo perfectamente miserable.
La ficha
Me miré en el reflejo metálico de la campana extractora: contorno de ojos patrocinado por el insomnio, delantal con manchas de distintas décadas y una expresión que decía «yo antes tenía un sueño».
No siempre fui así. Hubo un tiempo en que mis manos olían a mantequilla y esperanza; cuando la cocina era mi refugio y no mi penitencia. Soñaba con abrir un restaurante en París, con menús degustación, velas sobre mesas diminutas y clientes que salieran felices y con la boca brillante de ilusión. Hasta que la vida — ese chef cruel de sonrisa profesional— decidió servirme su especialidad del día: responsabilidad a la plancha con guarnición de rutina.
Supongo que fue entonces, sin darme cuenta, cuando dejé de cocinar por placer. Y de pronto, cocinar se volvió otra forma de sostenerme. Como si el fuego sirviera solo para calentar la resignación.
El soufflé, mientras tanto, seguía ahí: hundido, deformado, mirándome con la condescendencia de un plato que sabe perfectamente que ya no tiene arreglo. «Ni tú ni yo, querido — pensé—, pero aquí seguimos: subiendo y bajando a destiempo».
A las nueve ya estaba en la oficina, con mi sonrisa corporativa bien planchada y el alma al baño maría. El ascensor desprendía su habitual aroma a café recalentado y desesperación.
En el reflejo de las puertas cromadas me di los últimos retoques de dignidad, mientras el señor del tercer piso rumiaba un «buenos días» que sonaba a amenaza.
Trabajaba en Catering Global S. A., ironías del destino: rodeada de comida que no podía tocar. No cocinaba, no probaba, no olía. Solo revisaba facturas, presupuestos y balances de gente que sí se dedicaba a lo que yo alguna vez quise ser.
Mi trabajo consistía en comprobar cuántos kilos de salmón se compran al mes para banquetes de gente que pronuncia «ceviche» como si invocara a un demonio. Si eso no es una tortura para el alma, no sé qué lo es.
Mi escritorio estaba estratégicamente ubicado entre la fotocopiadora que escupía papeles con tos crónica y el ficus que agonizaba con una elegancia que ya quisieran muchos directivos. Cada mañana, después de un breve ritual de autoengaño — encender el ordenador, comprobar el correo, suspirar con decoro—, abría una hoja de Excel y sentía que la vida me pasaba por encima, en formato tabla dinámica.
A mi lado, Marta — mi compañera de mesa— masticaba chicle con la misma cadencia con la que se me desmoronaba el optimismo. Llevaba quince años en la empresa y, pese a ello, cada jornada parecía sorprenderla con una nueva dosis de tedio administrativo, como si fuera la protagonista de un bucle corporativo sin final feliz.
A las nueve y doce apareció Vicente. Mi jefe. Un espécimen de oficina que combinaba la seguridad de un líder nato con el carisma de una servilleta usada. Tenía esa habilidad de hablar siempre como si me hiciera un favor por existir. Su perfume — mezcla de menta y ego— llegaba cinco segundos antes que él, como los villanos de las películas.
—Clara — dijo, asomando la cabeza—, necesito que revises el informe de costes antes de las doce. — Sin darme tiempo a asentir, añadió—: Ah, y prepara también el balance de proveedores. Lo pedí hace dos semanas.
«Lo pedí hace dos semanas», repitió mi cabeza con el tono de un violín desafinado. Yo lo había entregado hace una. Pero discutir con Vicente es como intentar explicar la poesía a un impresor de códigos de barras.
—Por supuesto — respondí, con mi mejor tono zen de esclava emocional certificada.
Él sonrió con esa condescendencia con la que se felicita a un perro por no morder el sofá.
—Eres un sol.
Y se marchó, y me dejó tras de sí un rastro de colonia ejecutiva y ese leve aroma a superioridad moral que dejan los jefes convencidos de estar haciendo del mundo un lugar mejor... a costa de tu cordura.
Mientras lo veía alejarse, apunté mentalmente en mi lista de deseos: «Vida nueva. Sin Vicente. Sin balances. Con aire acondicionado moral y posibilidad de fuga». Después, abrí el Excel.
Celdas, números, fórmulas... todo se mezclaba en la pantalla como una sopa espesa de rutina. Cada clic del ratón caía con el sonido exacto de una gota en un cubo de resignación, y a veces me preguntaba — no del todo en broma— si las hojas de cálculo también suspiraban cuando nadie las miraba, agotadas de tanto intentar cuadrar lo incuadrable.
De fondo, Marta me lanzó su frase ritual de las mañanas, sin despegar la vista del monitor:
—¿Tú crees que la felicidad se puede pedir por Amazon Prime?
—Sí — contesté—, pero seguro que Vicente tiene la contraseña del pedido.
Reímos. Una risa pequeña, de supervivencia. De esas que se cuelan por debajo de la rendija del cansancio.
Y mientras los números seguían multiplicándose, pensé que, si alguna vez decidiera huir, no me llevaría ninguna pertenencia de la oficina. Solo el ficus: el único ser vivo de aquel lugar que entendía de verdad lo que era trabajar a media luz sin esperanza de floración.
A la hora de comer, me encontré con mis amigas, o, mejor dicho, con las tres protagonistas de mi comedia de errores semanal. Nos veíamos casi todos los jueves, en el mismo restaurante de siempre: ese donde las ensaladas cuestan más que una terapia y los camareros hablan con voz de pódcast motivacional.
Estaba Nuria, influencer del bienestar emocional, que creía firmemente que un mantra podía curar desde la ansiedad hasta la hipoteca. Su frase estrella era «el universo te devuelve lo que proyectas»; aunque, viendo cómo se bebía su segundo gin-tonic, sospechaba que su universo debía de estar ya bastante confundido.
Luego venía Patri, divorciada profesional, experta en detectar hombres defectuosos con la precisión de un perro trufa. Decía siempre: «Los hombres son como los yogures: todos caducan», mientras compartía un postre con su nueva pareja no oficial desde hace ocho meses.
Y, por supuesto, Laura, la que nunca escuchaba nada que no incluyera su nombre en la frase. Si el tema no giraba alrededor de sus hijos, su crossfit o su última compra online, simplemente desconectaba, como un router con criterio selectivo.
Yo llegué con mi mejor sonrisa posoficina, esa que se sostenía sola por inercia. Nos sentamos junto a la ventana, bajo una planta artificial que fingía frescura mejor que cualquiera de nosotras.
—¿Y tú, Clara? — preguntó Nuria, sin apartar la vista del móvil—. ¿Cómo vas con Héctor?
—Igual — respondí—. En modo microondas: tibios, sin sabor y listos en dos minutos.
Nuria asintió con gravedad de gurú televisiva.
—Tienes que proyectar otra energía, cariño. Si cambias tu vibración, cambias tu realidad.
—Yo cambié la vibración — intervino Patri—, pero fue gracias al nuevo cepillo de dientes eléctrico. No sé si alineó mis chacras, pero me dejó una sonrisa nueva.
Todas rieron. Todas menos yo, que me limité a practicar mi sonrisa de catálogo.
—Ay, mujer — dijo Patri palmeándome la mano—, deberías animarte, rehacer tu vida.
—Sí — añadió Laura, revisando su reflejo en la cuchara—, o, al menos, rehacerte las mechas.
Rieron otra vez, con esa carcajada coral que suena igual que un brindis al vacío. Esta vez yo también reí, por educación, aunque por dentro estaba contando los segundos para que el postre llegara y me salvara.
El camarero apareció con los cafés y un surtido de minitartas dispuestas en la bandeja como un catálogo de consuelos. Pedí una de limón. Me pareció apropiada: ácida, discreta, fácil de tragar y, sobre todo, incapaz de fingir dulzura.
Mientras ellas seguían hablando de dietas détox, de exmaridos reciclables y de retiros espirituales que costaban más que una hipoteca, yo pensaba en mi soufflé de esa mañana.
Hundido, sí. Pero al menos era mío.
Y mientras sorbía mi café con la inercia exacta de quien ya no espera milagros, pensé que mi vida se parecía demasiado a ese postre: una capa dorada por fuera, pero aún temblorosa por dentro, sin acabar de cuajar.
Alma Sampedro es una escritora y economista española afincada en Tarragona que ha destacado en el panorama literario contemporáneo en múltiples géneros, incluyendo novela, relato, poesía y ensayo. Ha publicado varias obras y su escritura se caracteriza por una exploración profunda de lo social y lo humano, con un estilo crítico y narrativo sólido. Su trayectoria refleja un compromiso con la narrativa contemporánea y una presencia activa en certámenes literarios nacionales, consolidándose como una voz creativa relevante dentro de la literatura
española actual. Es autora de varias novelas, entre ellas Nunca es tarde para aprender a bailar, La purga de Kassandra Kapra, El acertijo que me resuelve, El peón del rey y Quien nace con alas, siempre encuentra el cielo.