Capítulo uno: La idea

Cualquiera que se acercara y viera a los cinco ancianos sentados en el banco a la sombra del ciruelo, quietos y sin hablar entre ellos, podría pensar que son como equipajes olvidados en una estación, pero las apariencias engañan, porque los cinco están atentos al lento fluir de los recuerdos y al lento fluir de los otros residentes, que en sus paseos se acercan hasta el banco y se demoran un instante, antes de alejarse como las aguas de un río que siempre fluyen y siempre permanecen.

Los cinco ancianos están recordando y haciendo planes con la tranquilidad del arroyo que corre en el valle después de haber perdido la impaciencia con que se precipitó por la montaña, cuando transitaban por la juventud. Ahora los recuerdos son mansos, sin la fuerza de entonces y sin arrepentirse de los errores cometidos, que ya no tienen remedio porque las aguas jamás volverán hacia atrás.

Cata, la única mujer de los cinco, acaba de decir: «¡Ojo!», y dentro de un momento, todos lo saben, Legio, que está a su lado, comenzará a contar aventuras de cuando hizo la mili en la Legión, historietas que conocen de memoria de tanto oírlas, pero Legio lo hace intentando rebajar la tensión del silencio cuando alguien se ha acercado para oír lo que están diciendo; porque los demás saben que ellos están conspirando, saben que los cinco han descubierto que la vida tiene futuro y se acercan intentando descubrir algo —que oigan o imaginen— para poder contárselo a los otros. Sin embargo, no imaginarán nada, nunca lo podrán imaginar hasta que no descubran, como los cinco ancianos del banco, que la vida es futuro.

David, con los ojos desenfocados tras las gafas, recuerda aquel sábado cuando solo eran cuatro. Los sábados en la residencia son diferentes porque hay misa a las seis, y tuvo que esperar a que Benigno volviera de la capilla. Benigno va todos los sábados a misa y es creyente y comulga y esas cosas, pero es buen tío.

Mientras esperaba en el salón de visitas, David estuvo observando la mesa de Juanita. Esta, pequeña y apocada, debe de tener casi noventa años y recibe pocas visitas, pero aquel sábado habían venido todos sus familiares con una tarta y estaban cantándole el cumpleaños feliz.

Por fin apareció Benigno, miró a Juanita, se acercó y le dijo:

«¡Felicidades!». Todos los familiares le miraron. Estaban indecisos como las espigas de trigo cuando sopla el viento y no encuentran la posición. Parecían preguntarse si deberían invitarle a tarta o esperar a que otro lo hiciera. A Benigno, a pesar de

su timidez, no le importó que le mirasen, ni las dudas. Rechazó la invitación: «No, gracias, ahora no puedo comer, solo quería decirte que tienes unos nietos guapísimos». «Bisnietos», aclaró ella, y Benigno se fue tranquilamente dejando en el aire la sonrisa orgullosa de Juanita. A David le gustó ese educado saber estar. Él se habría sentido abochornado y se habría quedado enredado con ellos, comiendo en un rinconcito algo apartado, sin saber cómo salir de allí y pensando que no le volvería a ocurrir.

La ficha 

  • Título: ‘Evasión’
  • Autor: Miguel Ángel Pérez
  • Género: Novela
  • Editorial: Plataforma
  • Páginas: 160

—Perdona, chico, lo de esta mañana —dijo David levantándose—. No encontraba los pañuelos y tuve que ir al mostrador, y la gorda me ha entretenido una eternidad. ¡No se

aclaran!, que te lo digo yo. Bueno, con decirte que hasta me han tomado la tensión.

—¿Cuánto tienes? —preguntó Benigno mientras salían.

—No sé, no me lo han dicho. O no lo he oído, vete tú a saber..., el enfermero estaba a mi izquierda y este chico siempre habla para el cuello de su camisa. Pero debo de estar bien porque no se ha puesto pesado.

—¿Damos la vuelta por fuera o nos sentamos donde el ciruelo?

—Mejor al ciruelo, que todavía sigo nervioso con lo de la gorda...

—¿Por qué no la llamas Matilde?

—¡Hoy no se lo merece!

Ambos se habían fijado en los nietos de Juanita. Dos estaban sentados pacíficamente jugando cada uno con una maquinita; habían cantado el cumpleaños feliz cuando hubo que cantar, pero el resto del tiempo eran adultos bajitos. Los otros dos, auténticos rabos de lagartija, venían, iban, se escondían, se apretaban a Juanita, volvían a correr. Él se escondía en cualquier agujero y ella le buscaba; luego intentaban asustarse. En una ocasión estuvieron a punto de chocar en plena carrera con un residente; su madre les regañó y volvieron a acercarse a Juanita con carantoñas. Cogieron otro trozo de tarta y vuelta a empezar para ser la algarabía de la reunión.

—Aquí todos somos viejos: por eso es una residencia de ancianos, pero da gusto ver corretear a los críos —confesó Benigno.

Comenzaron a caminar por la acera, David con su muleta, y Benigno con el bastón negro de empuñadura de plata. Iban filosofando sobre los tipos de residentes; aquel sábado se inclinaban en dividirlos entre los que reciben visitas y los que no; otras veces lo hacían entre los que vienen voluntariamente (como ellos) y a los que ingresaban las familias, o entre los que se valen y los que necesitan asistencia constante.

Al doblar la esquina vieron al nieto de Juanita encaramado al alféizar de una ventana; se llevó el índice a la boca y les guiñó pícaramente un ojo. Su hermana pasó por debajo de la ventana sin verle y él saltó gritando desde el metro y medio donde estaba. Luego, recuperada del susto, la chica, algo mayor que él, corrió persiguiéndole.

—¡Ya verás cuando te coja! ¡Pienso chivarme!

Ellos siguieron llenando la tarde con paso sosegado.

—Los niños son increíbles. ¿Cómo habrá podido subirse tan alto? —preguntó David.

—Porque son increíbles. Lo que menos me gusta de la residencia es no ver crecer a mi bisnietecillo; tendría que irme a Irlanda y ¿qué pinto yo en Irlanda?, además sería un incordio para ellos. Ahora les toca vivir...

Escucharon a su espalda un andador; a pesar de que ambos eran duros de oído, sabían, sin necesidad de darse la vuelta, que era el de Matías. La vida en la residencia se limita a una pequeña sucesión de cosas repetidas. Le esperaron.

Legio se reuniría con ellos más tarde, cuando acabara la partida de tute. Les contaría que había arrastrado tres veces o cinco o las que fueran. Legio era el cuarto del cuarteto, aunque ahora ya son cinco. El bastón de Legio tiene adherido un cartelito blanco en el que pone «Pelayo», pero nadie le llama por su nombre; le dicen Legio, Legi o Legionario porque siempre está hablando de cuando hizo la mili en la Legión. Al licenciarse, puso una fábrica de embutidos en el pueblo donde vivió hasta la muerte de su madre. Nunca se casó y ahora su sobrino administra la empresa: «Embutidos el Legionario». Él suele decir que se ha venido a la residencia a descansar y, cuando está enfadado con el mundo, asegura que ha venido para descansar de la arpía de su hermana. Por entonces, pensaban que Legio hacía tilín a una de las Julianas, que se quedó codos palmos de narices.

Aquel sábado, antes de que llegara Legio, tomaron la decisión. Los tres empezaron a hablar de los niños y de las travesuras que hicieron de pequeños, hasta acabar riéndose a carcajadas. En la residencia no está prohibido reírse, pero la alegría

raramente se convierte en risas. Es como los rayos de sol en los bosques tupidos, que iluminan las copas de los árboles, pero raramente llegan al suelo.

David contó que solían escaparse y se bañaban desnudos en el río. Matías recordó una vez que se bañaron en cueros por la noche en un arroyo de aguas heladas y estuvieron mirando la luna llena junto a unos chopos. «Fue maravilloso —dijo—.

Éramos solo chavales y nos prometimos que algún día lo haríamos con chavalas, pero nunca lo repetimos. Lo recuerdo como la vida que se fue».

Hablaron de la infancia, de la juventud, de la vejez por la que transitaban, porque no podían engañarse, no estaban en el eufemismo de la tercera edad, lo suyo era plena vejez.

—En las tribus respetan a los viejos y los escuchan porque representan la sabiduría —se quejó vehemente David.

—En un mundo ancestral —aclaró Benigno— en el que cada hoy sea exactamente igual a ayer, a mañana, a hace cien años, somos la sabiduría. Pero vivimos en una locura cambiante y cambiada. Yo, que he estudiado una carrera, me siento incapaz de entender la maquinita donde juega cualquier chaval para divertirse: internet, compras onlain, hablando dos idiomas como mi bisnieto de tres años... O nos apartamos o nos atropellan. Nos hemos convertido, y lo puedo asegurar con todas las letras, en analfabetos de la época en la que ellos se saben mover.

—No podrán quitarnos lo que hemos vivido... —susurró Matías con ambas manos aferradas al andador.

—¿Por qué habláis en pasado? ¿Es que no podemos escaparnos y darnos un chapuzón en pelota picada en cualquier río que esté limpio? —interrumpió quedamente David y miró las caras de sus compañeros. Las arrugas que caminaban por sus rostros las habían ganado con dolor, dudas, ilusiones rotas y satisfacciones.

—¿Y por qué no? —se sumó Benigno cuando ya veían venir a Legio marcando cada paso con el chocar del cayado contra el suelo. No necesita garrota, pero le gusta llevarla. Un cayado de los antiguos, sin goma en la punta para hacerse notar.

Venía alegre; seguro que había ganado la partida, pero no dejaron que se lo contara.

—Hemos decidido que nos vamos a escapar un par de días para bañarnos en un río por la noche en «pendinguis» —espetó David cuando estuvo cerca—. ¿Te apuntas?

—¿En pelotas?, ¡por supuesto! Pero estas cosas no se pueden decidir con el estómago vacío.

Sacó el teléfono móvil con el arrojo de legionario y la precisión de empresario. Marcó y habló con su sobrino. Todos esperaban.

—El del reparto vendrá el lunes y traerá una tortilla de patata con una frasca de tinto del «Teodorillo» y una buena hogaza de pan. Ya está arreglado: el lunes merendamos y discutimos los detalles. 

Miguel Ángel Pérez. Elkar

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Sobre el autor

Miguel Ángel Pérez González nació en Ávila en 1953 y reside en Madrid desde los 22 años. Lector incansable, ha publicado artículos en varias revistas, y es colaborador habitual de la Revista Aeroplano. La atracción por la escritura de ficción pudo plasmarse a partir de su jubilación en 2023. Fruto de ese interés, nació su primera antología: Cuarenta y un relatos enlazados, así como la colaboración en el libro colectivo Relatos al atardecer. Tras aquellas experiencias, publica la presente novela, Evasión, finalista del I Premio Literario «Vidas que inspiran» convocado por Plataforma editorial y la Fundación MAPRE.