Primera parte
9 de enero del año del Señor de 1571
Miles de hombres y mujeres avanzan por el camino helado, con tan solo los olivos y cipreses de los márgenes como testigos silentes de una procesión interminable. Tras muchas jornadas de marcha, las fuerzas están menguadas y los rostros muestran los signos del agotamiento.
Las ampollas de los pies de Fadila se han convertido en heridas abiertas, y cada paso le supone un suplicio que encubre tras la sonrisa con que obsequia a su pequeño. No surte efecto, porque Amir continúa con el semblante serio, mucho más de lo que debería estar un bebé. Al menos no llora como en los días previos, y eso que a sus pechos hace tiempo que se les agotó la leche para ofrecerle. Pero Fadila sabe que él es un valiente.
La mayoría de los niños se prodigan en quejas, mezcladas con el eco de las oraciones y los gemidos de los ancianos que se esfuerzan por seguir adelante.
Son cientos los que han caído ya. El implacable frío del invierno se recrudece a medida que avanzan hacia el norte, y las noches son especialmente gélidas. Como si no fuera suficiente con el cansancio, las bajas temperaturas y la falta de avituallamiento, el tifus ha comenzado a propagarse entre la multitud de cuerpos ya debilitados. Los enfermos caen al borde del camino, y, si alguien se entretiene en la despedida, enseguida tiene encima a uno de los doscientos soldados que acompañan la procesión.
Ella misma ha perdido ya a sus suegros, que apenas resistieron los primeros días. Cree que la tristeza los hizo dejarse ir.
El reino de Granada no solo ha sido su hogar, sino también el de las generaciones anteriores hasta donde les alcanzaba la memoria. Un reino que ha dejado de pertenecerles. Primero fue la guerra que vivieron sus antepasados, esa en la que los vencedores se anexionaron sus tierras. Luego llegó la conversión forzosa con los bautismos multitudinarios y la obligación de profesar una fe ajena. Más tarde, el veto a su propia lengua, a sus fiestas, a sus ropas, a todo lo que implicara cualquier rastro de identidad. Y ahora, la deportación. Los expulsan de la tierra que han cultivado durante siglos. Han creado maravillas arquitectónicas en ella, le han dado unos servicios excepcionales que abastecen a toda su población, desde las grandes infraestructuras hidráulicas hasta la seda de una calidad tan solo comparable a la fabricada en China. Es el único lugar que sienten como propio y se lo arrebatan. Desde que el primero de noviembre se puso en marcha el operativo para deportar a los moriscos, más de cincuenta mil han iniciado su peregrinaje hacia las tierras de Castilla, donde, dispersos y vulnerables, no se consideren una amenaza para la cristiandad.
LA FICHA
- Título: La Capitana
- Autora: Susana Martín Gijón
- Género: Novela negra histórica
- Editorial: Alfaguara
- Páginas: 440
—Fadila.
Ella ignora la voz y sigue adelante, porque es lo único que ahora sabe hacer.
—¡Fadila! ¡Fadila, para de una vez!
Tareq, su marido, la coge por los hombros y la obliga a detenerse.
—Tienes que soltarlo.
Ella lo mira como si no comprendiera.
—No puedes llevarlo contigo, mujer. Entiéndelo.
Fadila abraza a su hijo con más fuerza aún, se desembaraza de Tareq y agiliza el paso para recuperar su sitio en la comitiva.
Tareq la observa con los ojos vidriosos. Tendrá que esperar a que se detengan al caer la noche y el sueño la venza para quitárselo de los brazos, pero se promete que no pasará de hoy.
Jamás lo abandonará el odio hacia quienes lo han permitido y jamás dejará de luchar por regresar a su tierra. Con un par de zancadas rápidas, vuelve a colocarse al lado de su esposa y camina en silencio. De vez en cuando lanza una ojeada al bebé para confirmar que la piel comienza a adquirir un tono verdoso. Siente un pinchazo en el pecho cada vez que ve la
mueca adusta que se le quedó con el último aliento. El pinchazo se torna insoportable al tomar conciencia de que, pese al frío, el cuerpo inerte de su hijo pronto empezará a descomponerse.
Sobre la autora
Susana Martín Gijón (Sevilla, 1981) es autora de la exitosa saga de novela negra protagonizada por la inspectora Camino Vargas y compuesta por Progenie (Alfaguara, 2020), cuyos derechos han sido adquiridos para su producción audiovisual, Especie (2021) y Planeta (2022).
Ha sido galardonada por su trayectoria literaria con el Premio Avuelapluma de las Letras, así como con el Premio Cordoblack por su contribución a la renovación del género negro, el Premio Cubelles Noir a mejor novela publicada en castellano y el Premio Granada Noir. Algunas de sus obras más conocidas son Más que cuerpos (2013), Desde la eternidad (2014), Náufragos (2015), finalista del certamen de novela Felipe Trigo, y Vino y pólvora (2016). Licenciada en Derecho y especializada en Cooperación Internacional, fue directora del Instituto de la Juventud de Extremadura y presidenta del Comité contra el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia, así como presidenta de la Asociación de Escritores de Extremadura.
La Babilonia, 1580 (Alfaguara, 2023) fue su primera novela negra histórica. Ahora, con La Capitana, Susana Martín Gijón sigue explorando el género de la negra histórica gracias a dos personajes inolvidables.
Capítulo uno
3 de abril del año del Señor de 1585
No puede soportarlo más.
La sensación de ardor se le infiltra como fuego líquido.
Si no tuviera las manos atadas tras la espalda, se rascaría con saña hasta arrancarse la piel a tiras. Si no estuviese encerrado en esa estancia oscura, correría hasta que las piernas dejaran de responderle. Y si no le hubieran amordazado, gritaría hasta desgañitarse, hasta que las cuerdas vocales le estallaran, igual que siente cómo estalla su propia piel, reventándose de dentro hacia fuera.
Sin embargo, no puede hacer nada más allá de orar con el pensamiento y lamentarse por su mala fortuna. Y eso último ni siquiera del todo, pues sabe que no ha sido solo la fatalidad lo que lo ha traído aquí. También las decisiones erradas, las malas compañías y esa pulsión suya contra la que no ha sido capaz de luchar. Ese inconformismo que se ha cobrado su precio.
Ignora cuánto tiempo lleva así. Ya solo reza para perder el conocimiento y acabar con la tortura. Espera que Dios sea magnánimo y al otro lado le aguarde una vida más fácil que la que le ha tocado en suerte. Aun así, hubiera preferido estirar esta un poco más.
Unas lágrimas ruedan por sus mejillas, pero la hinchazón del rostro le impide sentirlas. Cierra los ojos e intenta concentrarse en los escasos buenos momentos que su memoria logra reunir. Así permanece, luchando contra la quemazón que no da tregua, hasta que una voz le interpela. Los párpados están ya tan abultados que apenas puede entreabrir una mínima rendija, lo justo para intuir una faz borrosa y la cadena de la que pende un crucifijo que oscila ante él. Ahí está, recordándole por qué no debió meterse donde nadie lo había llamado.