Capítulo uno
Shuta Kagawa levantó la vista para contemplar el edificio de oficinas al fondo del oscuro callejón. Por fin, después de vagabundear un buen rato por las intrincadas calles del centro de Kioto, había llegado a su destino. La construcción parecía hecha solo para rellenar el estrecho hueco entre los dos inmuebles que lo emparedaban.
—¿Seguro que es aquí? — murmuró inquieto.
Shuta volvió a comprobar la dirección y asintió aún dubitativo.
Le pareció increíble que a estas alturas todavía hubiera lugares que no apareciesen en internet; pero los había, acababa de confirmarlo, y debían de ser todos como este.
La luz del día apenas alcanzaba a iluminar aquel rincón y el cielo se veía lejano y neblinoso desde allí. El suelo del callejón estaba medio mojado a causa de la humedad y el edificio parecía viejo y cochambroso.
«Desde luego, menuda forma de indicar una dirección.»
Al este de la calle Takoyakushi, al sur de la calle Tominokoji, al oeste de la calle Rokkaku, al norte de Fuyacho, barrio de Nakagyo, Kioto.
Le habían indicado la dirección en el formato típico de Kioto para las localizaciones en el área urbana. A pesar de que en la ciudad las direcciones se basaban en nombres de barrios y números, en el formato tradicional se utilizaban los nombres de las calles que atravesaban la ciudad como puntos de referencia para determinar una ubicación.
Esta forma de orientarse resultaba críptica y bastante vaga, y hasta los propios habitantes de Kioto llegaban a encontrarla confusa. De hecho, Shuta había estado dando vueltas por las calles colindantes a la del edificio que estaba buscando sin llegar a localizarlo. Solo había visto el minúsculo callejón que lo conducía a su destino en el último momento, cuando estaba ya a punto de tirar la toalla.
«¿Por qué indican las direcciones de una manera tan desconcertante en esta ciudad?», se preguntó. Para Shuta, que provenía de otra prefectura, los nombres de las calles de Kioto eran un verdadero criptograma, y en cuanto a esa dirección, parecía estar hecha a propósito, para ahuyentar a los extraños.
Lanzó un suspiro, ya en la sombría callejuela, y se recompuso pensando en que aún era demasiado pronto para desanimarse. Los inquilinos no tenían por qué ser desagradables solo porque lo fuera la ubicación del inmueble. Quizá las construcciones contiguas se habían levantado después; sin duda, el lugar parecía estar aislado a propósito.
La puerta de entrada del edificio estaba abierta. No había ascensor y se veían unas escaleras al fondo del pasillo.
La iluminación del interior era pobre y no había nadie. Era un ambiente un poco inquietante. Avanzó por el pasillo y, en las puertas que se sucedían a ambos lados del corredor, vio las placas con los nombres de las empresas que ocupaban las oficinas. No vio ninguna vivienda. No le sonaba ninguna empresa y no le hubiera extrañado que todas se dedicaran a actividades algo turbias.
«¿Y si terminara dedicándome a hacer llamadas telefónicas a ancianos incautos desde una oficina mugrienta en un edificio como este?»
Shuta se imaginó un futuro sombrío y sacudió la cabeza a ambos lados como queriendo desechar esos pensamientos.
Había venido aquí justo para evitar que eso sucediera.
Subió por la escalera hasta la quinta planta y vio en una de las puertas un cartel que decía: Clínica Kokoro Chukyo.*
La ficha
- Título: ‘Te receto un gato’
- Autora: Syou Ishida
- Género: Novela contemporánea
- Editorial: Planeta
- Páginas: 320
La puerta de entrada de la clínica se veía vieja, gruesa y pesada; sin embargo, al abrirla la notó sorprendentemente ligera. Asomó la cabeza con timidez por el resquicio y se encontró con un espacio mucho más luminoso de lo que había imaginado. Vio la ventanilla del mostrador al lado de la entrada, pero no había nadie atendiendo.
—Hola — dijo hacia el fondo.
Silencio absoluto.
¿Estarían en la hora de descanso? Se cruzó de brazos.
No había podido pedir cita porque no tenía el teléfono ni el correo electrónico de este centro.
—¡¿Oiga?! — dijo ahora levantando la voz.
Entonces, apareció una enfermera haciendo un suave plaf, plaf, plaf, con sus chanclas. Era una mujer de algo menos de treinta años y con la piel tan blanca que resultaba casi traslúcida.
—¿En qué le puedo ayudar?
—Disculpe. No tengo cita, pero me gustaría que me viera el médico.
—Un paciente, ¿eh? De acuerdo, pase.
La mujer tenía acento de Kansai e inflexiones claras del habla de Kioto. Era joven, pero parecía bastante resabiada.
Tras acompañar a Shuta a la sala de espera, al fondo de la clínica, en la que solo había un pequeño sofá, la enfermera, en vez de ofrecerle asiento, lo hizo pasar directamente a la consulta del médico. Se trataba de un cubículo minúsculo, más pequeño que la sala para fumadores de su empresa, y no había en este más que un escritorio, un ordenador y dos sillas plegables.
¿De verdad era esta la clínica de la que tan bien hablaban?
Temió haberse equivocado de lugar.
Todas las clínicas psicológicas a las que Shuta había acudido anteriormente eran espaciosas y elegantes. Ninguna estaba en edificios tan viejos y poco acogedores, la cita previa era siempre obligada y solo en rellenar el cuestionario antes de la consulta se tardaba casi una hora. Que el médico lo viera sin cita era de agradecer, pero le extrañó que ni siquiera le hubiesen pedido la tarjeta del seguro médico.
Poco después, se descorrió la cortina dispuesta al fondo de la consulta y apareció el médico en bata blanca. Era un hombre de unos treinta años, de maneras suaves y expresión amable.
—Hola. Es la primera vez que vienes, ¿verdad? — le preguntó sonriendo fugazmente. Hablaba con una voz bastante aguda y nasal, acompañada de una cadencia típica de Kioto, cercana pero sin dejar de ser formal.
»Por cierto, ¿dónde nos conociste?
—Pues... — musitó Shuta, y se quedó callado. Por un momento dudó si mentir, pero decidió contarle la verdad—: Lo he conocido indirectamente, a través de un antiguo superior mío en una empresa en la que estuve trabajando.
Resulta que el primo de la mujer de su hermano tiene un cliente que había venido a esta clínica y..., bueno, me habló muy bien de este sitio.
Lo que sabía de la clínica era poco menos que un rumor.
Le habían dicho el nombre, la dirección poco precisa, que le había parecido tan críptica, y que estaba en la quinta planta del edificio, nada más.
No era la primera vez que Shuta visitaba una clínica psicológica.
A la primera consulta había acudido hacía seis meses. En aquella ocasión tampoco tenía muchas esperanzas de que pudieran ayudarle a solucionar sus problemas.
Tan solo pensó que tenía que hacer algún tipo de esfuerzo y poner de su parte, si quería mejorar. Ese primer impulso lo llevó a visitar todas las clínicas con buenas opiniones en internet que había encontrado cerca del trabajo y de su casa.
En el que ahora estaba, era el primer centro al que acudía fuera del área que había explorado al inicio, y había llegado dejándose guiar por un rumor. Pero nunca imaginó que estuviera escondido en un lugar tan deprimente.
—Vaya..., eso es un problema. Es que no estamos atendiendo a pacientes nuevos. Ten en cuenta que aquí solo trabajamos una enfermera y yo — dijo el médico suspirando lenta y delicadamente.
Shuta se sintió desanimado. «Aquí tampoco me van a ayudar», pensó. Todas las clínicas como esa se anunciaban con grandes reclamos de atención y con los brazos abiertos para con los «enfermos del corazón», pero la verdad era que pocos médicos se mostraban sinceramente empáticos y dispuestos a ayudar cuando Shuta les contaba su problema. Estaba a punto de decir: «En ese caso, me voy...», cuando el médico esbozó una sonrisa maliciosa. Su mirada era de pronto la de un niño travieso.
—Pero, bueno, no te preocupes. Ya que has venido recomendado, haré una excepción contigo.
Shuta tuvo la sensación de que la minúscula estancia, ya de por sí tan estrecha que casi se rozaban las rodillas, se hacía aún más angosta. El médico se volvió hacia la mesa y comenzó a teclear en el ordenador.
SOBRE LA AUTORA
Syou Ishida (Kioto, 1975) comenzó a escribir mientras trabajaba en el sector de telecomunicaciones. Su primera novela, Tomato Sensei, le valió el prestigioso Japan Grand Prix. Con Te receto un gato, un bestseller en Japón y ganador del Premio Kyoto a la Mejor Novela, ha conquistado reconocimiento internacional, con ediciones en 26 idiomas.
La consulta empezó sin más preámbulos:
—A ver, ¿cómo te llamas y cuántos años tienes?
—Me llamo Shuta Kagawa y tengo veinticinco años.
—Cuéntame, entonces. ¿Qué te ocurre? — le preguntó el médico con calma.
Shuta se puso nervioso.
Era una situación que había vivido muchas veces y cuyo desenlace conocía bien: los médicos, tras escucharlo con atención durante el tiempo estipulado, le daban las mismas respuestas de siempre. «Debe de ser difícil. No deberías trabajar tanto. No tienes que seguir sufriendo, si no quieres.» «Has hecho bien viniendo. Muchas gracias por habernos elegido.» Inexplicablemente, algunos médicos le daban las gracias. Pero después, todos le recetaban el mismo tipo de medicamentos. Al final, lo único que le aliviaba el dolor eran los somníferos, y no los médicos.
—Yo...
Insomnio, pitidos en los oídos, pérdida de apetito...
Cuando pensaba en el trabajo sentía una fuerte opresión en el pecho, le costaba respirar y no podía dormir durante la noche. Pero, dicho así, sus síntomas eran los típicos de un caso de ansiedad laboral que no causaba ninguna gran impresión en los médicos. Esta vez tenía que ser diferente, y para eso debía explicar su situación mejor de lo que lo había hecho hasta entonces.
Aun así, lo primero que dijo, casi de forma inconsciente, fue lo que realmente anhelaba:
—Quiero dejar el trabajo.
—Entiendo.
El médico reaccionó de inmediato a su débil lamento.
Shuta se sorprendió.
— Oh, no, bueno... No quiero dejar mi trabajo. En realidad, lo que me gustaría es saber cómo puedo seguir trabajando en la misma empresa. Es una sociedad bastante grande que se dedica a la intermediación y compraventa de valores, como las que se anuncian por televisión, pero que explota y trata muy mal a sus empleados. Una empresa con un trasfondo algo turbio, vaya.
—Entiendo — volvió a decir el médico con calma, antes de esbozar una gran sonrisa y añadir—: Te voy a recetar un gato, y veremos cómo va, ¿de acuerdo? — Se giró en la silla dándole la espalda a Shuta y habló hacia la cortina—: Señorita Chitose, tráigame al gato, por favor.
—De acuerdo — respondió una voz detrás de la cortina, y de inmediato apareció la enfermera de tez blanca que lo había recibido.
No se había fijado al entrar, pero era una mujer con una presencia peculiar y con un extraño brillo en la mirada.
No llamaba la atención por su belleza, aunque era guapa.
La enfermera miró a Shuta con desconfianza, y le dijo al médico secamente:
—¿Está seguro, doctor Nike?
—Claro que sí, irá perfecto.
* En japonés, kokoro significa «corazón», por lo que el nombre se podría traducir a «Clínica del corazón». No obstante, en función de cómo esté escrito, kokoro también puede leerse como apellido. (N. del t.)