“Los móviles no son el demonio de la salud mental”A.F.O.
El neuropsicólogo Aarón Fernández del Olmo analiza en El cerebro hackeado nuestra forma de relacionarnos con los smartphones para explicar cómo los móviles modifican el cerebro. “La mente ha sufrido alteraciones durante toda nuestra historia como especie, pero nunca se había visto obligada a incorporarlas a la velocidad que ahora le imponemos”, explica.
QUIÉN ES
Aarón Fernández del Olmo (Madrid, 1981) es doctor en Psicología experimental y neuropsicólogo clínico en población adulta e infantil. Es autor de varios manuales sobre neuropsicología clínica y profesor en la Universidad Internacional de la Rioja y en la Loyola Andalucía. Además es miembro de la división de neuropsicología del Consejo General de la Psicología de España. Actualmente está finalizando el grado de Filosofía y se dedica a la divulgación científica en redes sociales y en Neuro Psico Cosas, en Youtube.
Tablet, smartphone, información sin límite en horario de sesión continua... ¿Ya no son pantallas ajenas sino nuestra vida en una pantalla?
Es lo que está ocurriendo. En los últimos 15 años en nuestros bolsillos llevamos dispositivos que no solo sirven para llamar y comunicarnos con otras personas, sino que nos ofrecen toda la información del mundo a todas horas; es tal sobrecarga que nos cuesta manejarla. Con frecuencia nos quedamos absortos ante el móvil, haciendo scroll más tiempo del que somos conscientes, y observamos a otros en la misma situación, incluso a niños. En nuestro entorno ha surgido un enemigo que hace pocos años era inimaginable: las pantallas.
Escribir sin faltas ortográficas, usar el léxico apropiado… era sinónimo de prestigio. ¿Terminaremos perdiendo la capacidad de escribir con corrección?
Nos estamos adaptando a nuevas formas de comunicación que implican hacerlo a más velocidad. Procesos como la escritura tienen una forma muy concreta de ser aprendidos y el uso de pantallas para aprender a leer y escribir puede interferir provocando retrasos en su adquisición. También es verdad que ciertos elementos de las pantallas pueden favorecer otros procesos de aprendizaje; la cuestión es no perder la esencia misma de cómo se aprenden los métodos de escritura para mantener esa corrección y saber en qué momentos se puede ser más o menos correcto.
"Los móviles nos están ‘hackeando’ el cerebro y hay que evitar por todos los medios que lo colonicen”
Antes sabíamos de memoria los teléfonos de contactos habituales, ahora la memoria está en el móvil y yo los he olvidado. ¿Mi cerebro es perezoso, está hackeado?
Decimos cerebro para referirnos a su neuroplasticidad, porque el cerebro es plástico y se modifica con la experiencia para mejorar. Pero no nos damos cuenta de que pierde capacidad si no ejercitas una función como la memoria; por eso hay que activarla con técnicas para mejorarla. Si delegas en un dispositivo, la plasticidad cerebral se empobrecerá; el proceso no es irreversible, pero se puede cronificar si se deja de entrenar. Los móviles son una buena herramienta para tener información, pero sin caer en el error de no hacer ejercicios de memoria o de cálculo mental. Hay que realizar estimulación cognitiva del cerebro, porque si no tiende a ser perezoso y costará más arrancarlo.
Hace pocos años era noticia que te despidieran por e-mail, ¿diría que hoy es rutinario? ¿El uso de pantallas puede ir erosionando las relaciones personales?
Es el problema actual porque la forma de interaccionar ha cambiado. Los móviles son beneficiosos para comunicarnos mejor y más rápido, pero no podemos consentir que nos empujen hacia la despersonalización. En redes sociales observamos cosas de gente desconocida que nos afectan como si les conociéramos; como si los nuevos medios de comunicación hubieran creado una barrera de incomunicación entre nosotros. Hay que saber utilizarlos bien para que no levanten un muro de manera infranqueable.
La imprenta hizo los libros asequibles y el cerebro sufriría cambios. ¿Proporcionales a los que hoy provocan las pantallas o la velocidad de los cambios es lo peocupante?
Ahí está la clave. La imprenta también generó miedos al acercar los libros a todos, como hoy el miedo a la proliferancion tan en boga de fake news. Pero la imprenta llegó casi 2.500 años después de la primera escritura, la gente ya había aprendido a leer y se habían construido elementos para la lectura que aceleraron el proceso de aprendizaje con cambios a nivel cognitivo. Se necesitaron muchos años para que el cerebro se adaptara a un invento humano. El problema con las nuevas tecnologías es que está sucediendo en solo dos décadas. No ha habido margen temporal para adaptarnos. Además, hemos aceptado que los móviles y las tecnologías han de funcionar así, que nos tenemos que adaptar nosotros a su funcionamiento; es el hackeo, una interferencia en la atención, en la memoria y dificultades para llevar el ritmo que imponen estos dispositivos
¿Prohibiría el uso de pantallas en las aulas hasta cierta edad, en ciertas condiciones, marcaría un horario?
Para prohibir un nuevo elemento hay que apoyarse en la evidencia científica y todavía no hay suficientes estudios sobre lo bueno o malo de utilizar esas pantallas, por eso hay posturas totalmente contrapuestas, desde la prohibición absoluta hasta su proliferación sin límites. Hace una década el Gobierno sueco decidió digitalizar todo y prescindir en las escuelas de los libros en papel; ahora están volviendo a ellos porque observan problemas en la lectura y dificultades en el aprendizaje. No puede pasarse de todo a nada porque hay elementos de las pantallas que han de ser enseñados y educados; busquemos puntos intermedios.
"Hay que estimular al cerebro, porque tiende a ser perezoso”
En la dedicatoria hace referencia a su madre, quien le regaló el primer móvil, pero también la educación para utilizarlo. ¿Debería ser lo habitual este doble regalo?
Hoy día no solemos tener tiempo para las cosas esenciales; nuestro funcionamiento es multitarea. Si fijas la atención en hacer dos cosas complejas al mismo tiempo, no harás ninguna de ellas bien. ¿Cómo educamos y cuidamos a niños y adolescentes? Queremos trabajar 14 horas diarias y ver a nuestros hijos; probablemente hagamos mal las dos cosas. Falta conciencia sobre el impacto de móviles/redes en la infancia y en la educación de las emociones; la interacción social ha quedado delegada en un dispositivo que se da al niño para que esté controlado. Perdemos el papel de crianza al olvidarnos de que dar un móvil debe ir acompañado de la enseñanza para su uso.
¿Es posible vigilar en adolescentes y jóvenes ese uso, o solo educando se puede lograr?¿Cómo controlarlo si ven enganchados a los mayores?
Los adultos pretendemos que los adolescentes hagan justo lo que no hacemos los adultos enganchados y dependientes del móvil para el trabajo, el ocio... Consideramos que nuestro coeficiene cognitivo ya desarrollado es superior al suyo y les miramos con cierta condescendencia... ¡No saben, no van a entender! Pero justamente harán lo que nos vean hacer. La prohibición no suele ser tan útil como la educación y solo demora la aparición de los problemas, porque la educación emocional hay que adaptarla a lo que encontrarán en las redes. Hay que educar al adolescente siendo conscientes de lo nosotros hacemos mal.
Que un órgano como el cerebro sea hackeado/colonizado no suena bien. ¿Cuándo es más grave, en nativos digitales o en adultos exanalógicos adaptados a lo digital?
El cerebro funciona a un tempo que nos hemos saltado a todas las edades y en cada edad hay riesgos y beneficios. Si miramos a la tercera edad, les hemos metido de golpe en un mundo digital sin darle preparación. Ahí está su brecha digital en temas administrativos y bancarios, algo difícil de solventar. Pero el uso de dispositivos adaptados puede ayudarles en tareas novedosas y generarles reserva cognitiva; según el planteamiento puede ser problema o beneficio. De igual forma, en la edad adulta es una maravilla para algunos trabajos pero un problemón si estamos 24 horas conectados, provocando que nuestra memoria empiece a tener lagunas. Algo similar sucede en el neurodesarrollo adolescente, hay que trabajar lo positivo evitando las trampas del hackeo.
Si las pantallas parasitan las conexiones neurocerebrales, ¿hay posibilidad de escape? ¿O es más probable que el sistema cerebral se adapte a lo que venga?
Ahora mismo vamos a contrapié, porque hemos instalado los móviles en nuestra vida de manera acrítica y esto nos la condiciona. Hay que parar y reflexionar sobre lo que hacemos y preocuparnos en el horizonte de la Inteligencia Artificial (IA), un reto que llega con el de los móviles aún sin resolver. Seamos conscientes de que ante un invento o un avance como la IA, hay que analizar el impacto que puede suponer, poniendo límites y controles para que no nos provoque alteraciones emocionales o en la salud mental.
¿Este hackeo/colonización neurocerebral puede llegar a manifestarse en patologías concretas, mentales y/o somáticas?
Existe una importante tendencia a culpabilizar del aumento de problemas de salud mental, ansiedad, depresión, adicciones, únicamente a los móviles. Es un error, porque son una forma de funcionar a nivel social y cultural. Ahí tenemos la sociedad de hiperproductividad manifiestada en problemas mentales; los jóvenes difícilmente pueden desarrollar su proyecto vital y les afecta a su salud mental. El uso del móvil debe adecuarse a la educación emocional y a otras variables que predisponen a ciertos patrones de salud mental. Casi todos tenemos redes sociales, pero no todos experimentamos alteraciones de ánimo, adicciones, problemas comportamentales o acoso. Depende de comportamientos individuales que debemos detectar para prevenir, porque no todo es blanco o negro. Los móviles no son el demonio, tienen su incidencia, pero no son los únicos culpables.
Se tenga o no el cerebro hackeado, nadie quiere sufrir sus consecuencias. ¿A quién dirigiría con especial dedicación sus recomendaciones?
A cualquier persona preocupada por lo que suponen de bueno y de no tan bueno las nuevas tecnologías en nuestros cerebros. En El cerebro hackeado indico esos efectos según la investigación rigurosa; los mensajes catastrofistas son más opinión que propia ciencia. Así que cualquiera que tenga interés en entender lo que dice la ciencia, y lo qué no sabe aún decirnos, puede consultar en el libro las fuentes adecuadas.