Una mujer llega a usar de media entre 11.000 y 15.000 tampones o compresas a lo largo de su vida. Los usa en contacto directo con una de las zonas más delicadas de su cuerpo durante décadas, generalmente sin saber qué llevan dentro, porque los fabricantes no están obligados a declarar la composición completa en el etiquetado. La ciencia, mientras tanto, tampoco ha prestado muy poca atención al asunto.
El programa 'Directo al Grano' de RTVE decidió comprobarlo. Según recoge su reciente reportaje, "llevamos a un laboratorio 5 tipos diferentes de marcas de tampones de distintas procedencias, pero todas comercializadas en el Estado, para comprobar si albergan algún tipo de peligro para la salud".
La conclusión del análisis de RTVE demuestra que los tampones que se venden en el Estado contienen 10 veces más plomo que los máximos establecidos por la normativa europea. No es un exceso que podamos considerar marginal ni una cuestión técnica sin importancia. Es una diferencia grande que, con el tiempo puede acarrear problemas serios en varios ámbitos de la salud de quienes utilizan estos productos.
Más estudios
Otra serie de estudio en esta materia que han liderado investigadoras de varias universidades de Estados Unidos y publicados en la revista 'Environment International' revelan que había plomo, arsénico, cadmio y otros metales tóxicos presentes en el 100% de las muestras de tampones independientemente de la marca, el origen o de si el tampón era orgánico o convencional.
Los resultados variaron según el tipo de producto: los tampones no orgánicos tenían más plomo, mientras que los orgánicos de algodón mostraban niveles más altos de arsénico. Ninguna categoría resultó limpia en todos los metales a la vez. Según una de las líderes en el estudio, "la concentración promedio de plomo en los tampones era aproximadamente 10 veces mayor que los niveles máximos actualmente permitidos en el agua potable". Y añade: "No existe un nivel seguro de exposición al plomo, y se demostró que causa problemas en la salud reproductiva en las mujeres".
Una zona peligrosa
El problema no es solo que los metales estén presentes, sino dónde están. La mucosa vaginal absorbe sustancias con una velocidad y una eficacia muy superiores a las de la piel de cualquier otra zona del cuerpo. Según expertas, "aunque sean cantidades pequeñas, pueden ser absorbidas mes a mes. Una mujer tiene de media unas 300 menstruaciones a lo largo de su vida.
Eso condiciona que el cuerpo acumule cantidades de tóxicos, teniendo en cuenta que vienen de muchos puntos que pueden pasar inadvertidos". Los metales pesados no son la única amenaza. Los llamados disruptores endocrinos son compuestos químicos que imitan o bloquean la acción de las hormonas del organismo y pueden alterar el sistema hormonal de manera significativa. En el Estado, como en el resto de la Unión Europea, los tampones y compresas se clasifican como productos sanitarios, pero la ley no obliga a declarar todos los ingredientes en el etiquetado ni a publicar análisis de metales pesados.
La exposición puede ser peligrosa porque estas sustancias, aunque estén en cantidades muy pequeñas, pueden absorberse a través de las mucosas y, con el tiempo, interferir en funciones clave del cuerpo. Los metales pesados se asocian a riesgos como alteraciones neurológicas, problemas renales o efectos sobre el sistema inmunológico, mientras que los disruptores endocrinos pueden alterar el equilibrio hormonal, afectando procesos como el ciclo menstrual, la fertilidad o incluso el metabolismo.
Alternativas
Cada vez más personas optan por alternativas más seguras y sostenibles a los tampones y compresas tradicionales. Entre ellas destacan las copas menstruales, fabricadas generalmente con silicona médica, que no contienen químicos añadidos y pueden reutilizarse durante años. También han ganado popularidad las bragas menstruales, las compresas de tela reutilizables y los tampones y compresas ecológicos, elaborados con algodón orgánico certificado y sin fragancias ni blanqueantes químicos.