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Milenio

Violencias

La pantalla ha dejado de ser una ventana hacia el mundo para convertirse en un laboratorio de conductas. No es una sospecha moralista; es un hecho clínico. Investigaciones recientes muestran que el consumo de pornografía en las redes (habitualmente machista y con violencia física) actúa como un catalizador de comportamientos de riesgo y agresiones sexuales contra las mujeres. Esto no se queda en el mundo digital: se traslada a la calle y moldea el deseo desde la dominación. Lo digital no es un simulacro, sino el ensayo general de una nueva y cruda realidad. En España y en el resto de Europa, la cartografía de la ciberviolencia coincide ya con el mapa de las agresiones físicas y el acoso en la red es la herramienta predilecta para quebrar a las más vulnerables bajo el escudo de la impunidad que da el anonimato y inmediatez de lo digital. Hannah Arendt (hay que volver al siglo pasado para entender la actualidad) advertía que la violencia surge allí donde el espacio común desaparece y el otro deja de ser un semejante para convertirse en un objeto. Hoy, la mediación tecnológica ha perfeccionado esa deshumanización, eliminando la resistencia moral o al menos la vergüenza.

El círculo vicioso no se romperá con parches técnicos ni con una vigilancia algorítmica que, a menudo, solo perpetúa el control. La respuesta debe ser política, educativa pero sobre todo personal. Necesitamos una pedagogía de la mirada que nos devuelva la capacidad de reconocer el dolor ajeno tras el cristal; romper la inercia exige admitir que lo que sucede fuera es real, duele y agita nuestras calles. La violencia es una sola, y solo la ética del contacto podrá detener este motor que hoy se alimenta de nuestra ceguera. Solo la compasión nos permitirá romper la tiranía que imponen con impunidad las empresas tecnológicas.