La política es una carrera de fondo. Iñigo Urkullu llegó a la presidencia del PNV hace dos años, cuando el partido clamaba por la unidad y por cerrar las heridas del pasado. Su labor fue la de cohesionar la formación. Y la de mantener su papel referencial en el escenario político. Los obstáculos que ha tenido que sortear desde entonces han pasado por el bipartidismo promovido por el PP y el PSOE durante las elecciones generales de 2008 y por la actual situación de los jeltzales, en la oposición en el Parlamento vasco por primera vez en la historia de la democracia en virtud de un pacto con los populares que el PSE se encargó de negar en campaña electoral.
Ambas circunstancias, entre otras, han sido la lluvia y el viento que han azotado al burukide. Su amenaza. Y su oportunidad. Donde otros hubieran pedido el cambio para resguardarse en la seguridad del banquillo, el jeltzale no ha soltado las riendas y ha pugnado por su objetivo: que el PNV sea un partido referencial. Y lo sigue siendo. Esa es su victoria.
Así lo acredita la transferencia en I+D+i, la primera efectuada por el Gobierno de Zapatero, y que llegó en virtud del desbloqueo de las negociaciones por parte de Urkullu el pasado año. La defensa del Concierto Económico, pese a ubicarse los jeltzales en la oposición, también la ha llevado a cabo el partido del burukide. Lo dejó claro. El PNV no tiene que responder por los intereses de Madrid. Sólo por los de los vascos. Por su bienestar. El saldo de la dirección de Urkullu, en el ecuador de su mandato, no ha conocido los números rojos.
La tercera vía
El bienestar es el objetivo con el que el jeltzale llegó al liderazgo del EBB el 2 de diciembre de 2007. Unos tiempos marcados por la renuncia del ex presidente del partido Josu Jon Imaz a la reelección, a la que se suma el presidente del GBB, Joseba Egibar. El acto de generosidad de ambos bebía de la necesidad de consenso, de aunar las corrientes que cohabitaban en el seno del partido en los momentos anteriores a su cohesión. Una tercera vía encarnada por Urkullu. Y la Asamblea General celebrada en Euskalduna Jauregia a comienzos de diciembre dejó claro el respaldo con el que contaba el candidato: el texto de la ponencia política resultó aprobado por los 447 miembros con derecho a voto en el órgano. La unidad pasó entonces de representar un deseo a convertirse en un hecho.
El logro de la paz y la normalización, la tradición pactista del PNV promoviendo el acuerdo entre las fuerzas políticas y entre la CAV y Madrid, el derecho a decidir -saldado con la prohibición de la consulta por parte del Tribunal Constitucional, aunque siguen apostando por una reforma estatutaria en profundidad de la mano del proyecto del nuevo Estatuto- y el progreso de la CAV formaron parte del ADN de esa ponencia, que no hizo sino reafirmar los principios del partido. Y el encargado de imprimir a las políticas ese espíritu durante los últimos dos años ha sido Iñigo Urkullu, con los avales de su gestión al frente del BBB -llegó a su presidencia en el año 2000, tras haber formado parte de él desde 1984-.
El jeltzale comenzó su andadura en el EBB con la adversidad bajo el brazo, teniendo en cuenta que el 1 de diciembre de 2007, un día antes de su elección, ETA acababa con la vida de dos guardias civiles en Capbreton. Y la pugna del burukide por evitar la injerencia de la organización armada en la política ha sido una constante. Su rechazo a la violencia es frontal. Lo ha dicho por activa y por pasiva. El PNV no comparte ni medios ni objetivos con la organización armada. Por ello, precisamente, las declaraciones vertidas por el nuevo Gobierno de López tras la muerte del inspector de Policía Eduardo Puelles en junio -y tras transmitir la imagen de que la lucha contra la banda empezaba con el socialista, al tiempo que el lehendakari hacía referencia a la confusa expresión "asesino vasco" en su discurso de condena- tocaron su fibra sensible.
Enemigo de las estridencias, Urkullu no mermó un ápice su templanza al referirse a la polémica. Tampoco lo hizo durante la pasada gestión del secuestro del Alakrana. Siguiendo la tradición humanista del partido, antepuso la vida de los arrantzales secuestrados a la pugna política. No retomó las críticas hasta la liberación.
De hecho, han sido más de uno los bocados amargos que ha tenido que digerir. Uno de ellos llegaba tras las elecciones generales del 9 de marzo de 2008. La cita con las urnas se saldaba con la victoria del socialismo en los tres territorios de la CAV, superando a los jeltzales en 122.000 sufragios. El efecto Zapatero, la bipolarización y el deseo de condenar el atentado de ETA contra el socialista Isaías Carrasco activando el voto al PSE fueron algunas de las claves de ese desenlace. Una historia que no volvió a repetirse. En los pasados comicios vascos del 1 de marzo, una vez desinflado el efecto Zapatero por su gestión de la crisis, y situado López solo ante el electorado, el PNV superó por 80.000 votos a los socialistas -pese a no acudir en coalición con EA-, si bien el PSE recurría al pacto con el PP para erigir a su candidato en lehendakari.
Una realidad que, no obstante, no diluyó el papel de los jeltzales o, incluso, le dotó de mayor contenido, ante un lehendakari ausente en las grandes negociaciones. Un nuevo reto, el del liderazgo desde la oposición, en el que Urkullu focaliza sus esfuerzos. Si López desaparecía de los acuerdos al objeto de blindar el Concierto Económico, el PNV negociaba cara a cara con Madrid el refuerzo de la fiscalidad en el marco de las negociaciones presupuestarias, en las que también tuvo cabida la petición de devolución a Araba de los 456 millones de IVA por los vehículos importados, o el compromiso de transferir las políticas activas de empleo en los términos estipulados en el Estatuto.
Un liderazgo reafirmado más si cabe por la propuesta de estabilidad institucional y presupuestaria extendida por Urkullu a los partidos -especialmente al PSE, por encontrarse en el Gobierno-, y que se saldó finalmente con la adhesión del socialismo y Hamaikabat, lo cual supuso la firma de la paz presupuestaria en la CAV: los rubricantes se comprometieron a facilitar la aprobación de las cuentas de las instituciones. Una iniciativa que perseguía suplir la "inacción" del lehendakari ante la crisis, y cuya firma fue perfilada en la cita del Gobierno vasco y las Diputaciones.
El bienestar de los vascos
De las instituciones forales, precisamente, depende que el Ejecutivo vasco pueda contar con los medios necesarios para poner en funcionamiento sus políticas, puesto que a ellas concierne la recogida de impuestos. Tres pilares para esa oposición responsable por la que aboga el burukide. Un papel que también desempeña el PNV en el Congreso, donde sus votos resultan claves para Zapatero a la hora de sacar adelante sus presupuestos. Circunstancia que no ha perdido de vista el partido abertzale para avanzar en las medidas que deparen bienestar para la CAV.
Una idea que tuvo en mente desde que se situó en la cúspide de la Ejecutiva de la formación, y que dejó clara en una entrevista a este medio tras su nombramiento. "En el Congreso y en el Senado también se juegan las cuestiones que afectan a los vascos. Y quien mejor defiende esos intereses es el PNV. Nosotros no tenemos el problema de los partidos sucursalistas. Hay diputados vascos que votan en contra de los intereses de Euskadi porque no pueden trascender la disciplina de partido. Ha habido casos muy sangrantes, con el Concierto Económico, por ejemplo. Eso no pasa ni pasará en el PNV", aseguraba, en unas declaraciones que podrían considerarse proféticas.
Su apuesta por la calidad de vida también ha sido escrita en las páginas de la propuesta de futuro para los vascos -Think Gaur Euskadi 2020-, que ha recabado ideas y políticas punteras aplicables a la CAV -y recogidas mediante visitas internacionales- en pro del bienestar. El mismo objetivo que respiraba su propuesta de concierto político extendida al Gobierno español al objeto de ahondar en el autogobierno. Una iniciativa ignorada por Madrid.
Es el primer líder del partido que afronta el reto de andar el camino en unicefalia -sin candidato a lehendakari, tras el agur de Ibarretxe a la política-, lo cual se escenificó en el pasado Alderdi Eguna, pero esa circunstancia no hace flaquear sus apuestas. Ni le deja solo ante el peligro. No sólo porque su figura ya no se cuestione, sino porque el propio Ibarretxe contactó por teléfono con el jeltzale en vísperas del día del partido para mantenerse al corriente de las novedades. Pero no le permitió revelar datos del discurso. Porque iba a verle en directo por internet.
Mientras los partidos constitucionalistas acumulan fuerzas, los jeltzales lamentan la atomización de las fuerzas abertzales, pero desconfían del llamado polo soberanista, una iniciativa que, a oídos del PNV, suena a cantos de sirena y no será posible mientras persista la injerencia de ETA. Urkullu aboga por su propia vía: que la formación sea, como ha sido a lo largo de toda su historia, un partido abierto que congregue sensibilidades más y menos progresistas.
En el gobierno o en la oposición, el burukide no aparca sus reivindicaciones. Ya lo ha dejado claro en más de una ocasión: "El PNV no se va a detener. Ni ante la crisis económica ni ante las puertas cerradas. Seguiremos buscando caminos para avanzar, para seguir creciendo como país, para seguir mejorando la calidad de vida".