bilbao - Lo tuvo a escasos centímetros en más de una ocasión, pero el billete olímpico se le escapó a Carlos Tobalina. “Ya me lo tomaba a risa”, afirma. Él sabía que era capaz de hacerlo y solo necesitaba un buen lanzamiento. Entonces, en el Estatal de Pista Cubierta la bola cayó justo sobre la raya que marcaba la mínima. Suspense. Otra frustración más o la alegría. Finalmente, el marcador reflejó el ansiado 20,50 y por fin Toba pudo respirar.
¿Cómo se encuentra ahora que han pasado unos días desde que logró la mínima olímpica?
-Estoy muy ilusionado. El otro día mi madre subió a las redes sociales una entrevista que me hicieron de niño, en la que decía que mi sueño era estar en unos Juegos Olímpicos y parece que vamos por el camino de cumplirlo. Aunque con el paso de los días lo voy asimilando y tengo la sensación de que esto es un trabajo bien hecho.
Fue una marca que se resistió mucho.
-En la primera competición lancé dos veces en 20,42 y acabé con ganas de llorar de impotencia al quedarme dos veces a las puertas. La semana siguiente tiré 20,43 y ahí ya me lo tomaba a risa. Luego, al de dos días, 20,42?
Entonces decidió mandar un mensaje de tranquilidad. ¿Era para la afición o para usted?
-Para los dos. Con esa regularidad sabía que algún día se me iba a escapar un buen lanzamiento.
¿Qué es lo que siente el atleta en esos momentos, cuando busca casi desesperadamente una marca?
-Es un poco duro y te puede llegar a obsesionar. Como no tengas buena cabeza y sin gente cerca que te ayude te puede perjudicar, haciéndote entrar en un bucle que puede hacerte ir hacia abajo aunque estés entrenando bien. Tener a los tuyos al lado es importante y en mi caso tengo a Carlos Burón, mi entrenador. Es lo mejor que me ha podido pasar porque además de ser, para mi gusto, el mejor técnico que hay, en el tema psicológico me ayuda muchísimo.
Una vez llegado al Campeonato de España de Pista Cubierta, ¿sentía que era su día?
-La semana anterior fue de llorar mucho, en el sentido de quejarme. Fui al fisio unas mil veces y me decía: “Toba, quieres parar, que no tienes nada”. Una vez en el calentamiento, vi que la bola estaba llegando lejos y pensé que podía ser el día.
Aunque al lanzar su cara volvió a reflejar la decepción.
-Mi sensación en el círculo era que lo enganché, pero al ver caer la bola sobre la línea, pensé que me iba a quedar otra vez a las puertas. Quería que la tierra me tragara. Salí frustrado, enfadado incluso y cuando iba para la grada, todo el mundo se puso a gritar. Miré el marcador, 20,50. Eso fue increíble.
¿Qué le pasó por la cabeza en ese momento?
-Me emocioné bastante y me tuve que morder el labio. Recordé todo, cuando había empezado, los malos momentos, lo que me ha costado llegar hasta aquí? y aunque quedaban dos lanzamientos, me fui de la prueba.
¿Y la gente que le acompañó en este viaje?
-Por supuesto. Tengo mucho que agradecer a mi grupo de entrenamiento, a mi entrenador, a las instituciones, al F.C. Barcelona y al BAT Basque Team. Sin ellos no estaría aquí.
En ese momento también se vio el espíritu del atletismo, con toda la competición prácticamente parada para felicitarte.
-Aunque sea un deporte individual, la alegría la compartimos todos porque sabemos lo que cuesta llegar hasta ahí. Hay muchos días de sufrimiento detrás y cuando un compañero hace una buena marca, como sabemos lo que cuesta, nos alegramos todos.
Mirando al futuro, ¿cómo cambia su temporada este logro?
-La afronto de la misma manera. Está claro que será más sencilla ahora que tengo la mínima y puedo entrenar más relajado. Tengo los Juegos en agosto, me los voy a preparar y a por ellos.
¿Quién le diría que estaría hablando de esto hace unos años?
-Ya le digo. Eso sí que es increíble. Me pongo a pensarlo y me acuerdo que en 2011 iba a dejar el atletismo e ir a estudiar a la UPV. Ahora voy a ir a unos Juegos Olímpicos. Las vueltas que da la vida.
Además de la mínina, también se ha hablado mucho de su aspecto.
-No sé lo que tiene esta barba, pero se ha hablado casi más de ella que de la mínima (risas). Nunca he sido de afeitarme mucho y siempre que me dejaba un poco mi madre me decía que me la cortara. Hasta que un día le dije: “Te quiero mucho, pero no te voy a hacer caso”. Y así llevo un año y tres meses. Ahora, la barba se tiene que quedar hasta Río por lo menos.