Aquel supervisor de nubes acostado en una hamaca
Conocemos a Rodríguez Zapatero desde 1986. Y le combatimos desde que nombró a Raúl Morodo embajador en Caracas, embajador que fue juzgado, condenado a cárcel y multa junto a su hijo por corrupto, y sobre todo porque se dedicó a blanquear la dictadura de Maduro.
Tras su elección, Rodríguez Zapatero trabajó en las comisiones parlamentarias a las que había sido adscrito. Era un diputado educado, tranquilo, que cuando subía al bar trasero del hemiciclo se detenía a hablar con nosotros para comentar alguna cuestión o sobre ETA, o sobre la dureza de Aznar, o sobre el tren de La Robla, que unía León con Bilbao, o sobre temas de actualidad. La relación siempre fue buena. Cuando fue elegido secretario general del PSOE y hubo de firmar la Ley de Partidos y asumir muchas de las impresentables políticas de Aznar, siempre se justificaba diciéndonos que entonces le tocaba cerrar puertas para luego abrirlas cuando fuera presidente del Gobierno. Tenía muy asumido que lo sería.
Sin columna vertebral
Sin completar su segunda legislatura, el viernes 3 de febrero de 2012 José Luis Rodríguez Zapatero se despidió ante los suyos como secretario general del PSOE. Yo me despedí de él, parlamentariamente hablando, con una pregunta sobre aquella ocurrencia que nos presentó como la panacea para la resolución de la paz en Oriente Próximo y con el mundo árabe: el encuentro o diálogo de civilizaciones. Un encuentro que no se enteró de la primavera árabe y que en la práctica solo sirvió para darle cierta cobertura a Turquía y un trabajo al expresidente portugués Sampaio.
Xabier Arzalluz tenía una expresión para calificar a personas como Zapatero: “Gentes sin columna vertebral”. Un día dicen una cosa, la semana siguiente otra, andan con un sombrero de moda y cada cierto tiempo sacan un conejo de esa chistera, sonríen mucho, hacen las grandes faenas a los cercanos, se encaprichan con la gente, tienen buena voluntad pero ningún proyecto coherente sobre casi nada... y tira millas. Bien es verdad que eso suele funcionar parcialmente, pero solo en tiempos de bonanza.
Es verdad que también ganó dos elecciones y que tuvo al PSOE en un puño, tras cargarse la generación anterior a la suya, por lo que no le tenían la menor simpatía... Ni González ni Solana ni Almunia ni Serra, ni Solchaga ni Benegas ni nadie que él creyera que le podía hacer sombra quedó vivo para contarlo, salvo Pérez Rubalcaba, que hizo lo mejor que sabía hacer: rubalcabismo.
Ante esta descripción se nos puede preguntar a nosotros, ¿por qué ustedes le apoyaron al final de su mandato aprobando los presupuestos? Zapatero se había quedado sin el apoyo de CiU y ERC, por el incumplimiento y “cepillado” de su estatuto, y lo hicimos por dos razones. Porque no queríamos una intervención del estado español como había ocurrido en Grecia o Portugal y porque vimos que era la única manera de desbloquear el Estatuto de Gernika, algo que se consiguió de forma raquítica.
Anunciada su despedida nos dijo lo que iba a hacer: “El mejor destino es el de supervisor de nubes acostado en una hamaca”. Pero no lo hizo, desgraciadamente. Se dedicó a enriquecerse en Venezuela con la pátina de mediador y la de atender a los presos del chavismo. Todo un montaje mentiroso, que denunciamos reiteradamente.
España es un concepto discutido y discutible
El problema de Zapatero como jefe del Gobierno fue que no tuvo nunca una idea acabada sobre casi nada y podía decir una cosa un día y la contraria al siguiente sin inmutarse y a conveniencia. Una de ellas era su idea de España y del Estado autonómico. Las dos piedras en el zapato que le tocó lidiar las abordó con simpleza, sin modelo, en función de la coyuntura, unas veces tratando de agradar a unos y otra a otros. Y así le fue. Y así nos fue. Si para él, como dijo en el Senado en noviembre de 2004, “la nación española es un concepto discutido y discutible”, debería haber llevado esa reflexión a sus últimas consecuencias, pero no fue así, porque unas veces se envolvía en la ikurriña, otras en la senyera y las más en la bandera rojigualda. Nunca supo a qué atenerse. La prueba está en que el 20 de octubre de 2011, un mes antes de las elecciones generales que ganó Rajoy, ETA anunciaba su cese definitivo de la lucha armada.
Zapatero no recogió ni un solo voto, vía PSOE, de aquella histórica decisión esperada durante cincuenta años y cuya medalla quería ponerse, como dijo Eguiguren. Con el camino trazado por Aznar en la Ley de Partidos, siguiendo y estrechando la cooperación internacional, con continuos éxitos policiales gracias a una constante infiltración, con las seguidas caídas de los pocos comandos que quedaban, controlando la kale borroka y dejándole hacer a un mesiánico Jesús Eguiguren, que se consideraba uno de los apóstoles de la integración del mundo de Herri Batasuna en la vida política institucional, las conversaciones de Loiola terminaron por quedar bloqueadas en 2010 porque el sector duro de ETA se impuso al no haber una hoja de ruta clara y porque Zapatero llegó a asustarse de los acuerdos previos alcanzados en Loiola. Pregúntenle a Josu Jon Imaz y a Iñigo Urkullu.
En un pleno me llamó a un aparte y me preguntó cómo lo veía: “Mal le contesté. Están muy chulos y van a romper. Son como Arafat, incapaces de llegar a acuerdos porque han interiorizado en su dogmatismo que negociar es que les des toda la razón y actúan como adolescentes sanguinarios”. “Te equivocas -me contestó-. Esto va bien. Lo verás en breve”. ¡Vaya que si lo vimos!
El 29 de diciembre de 2006, en su mensaje de fin de año, Zapatero dijo que “hoy estamos mejor que hace unos años. Pero dentro de un año estaremos aún mejor.” El presidente, y los servicios de inteligencia, demostraron una supina ignorancia y dieron la imagen de estar en las nubes, pues al día siguiente, el 30 de diciembre de ese año 2006, un sábado, ETA ponía una furgoneta bomba en la terminal T-4 de Barajas y mataba a dos ecuatorianos y hería a otras veinte personas, destrozaba parte del estacionamiento e interrumpía la vida normal del aeropuerto. Su consecuencia, además de la pérdida de las vidas humanas y del elenco de heridos, fue dinamitar el proceso de paz entre el gobierno y ETA, que había declarado un alto al fuego permanente. La cara de Zapatero tragándose sus palabras de la víspera fue todo un poema. No se había enterado de nada.
Ni con Ibarretxe ni con Catalunya
En lo político tuvo que hacer frente a lo que se denominó el “Plan Ibarretxe”. Esta iniciativa era una reforma en profundidad del Estatuto de Gernika que Ibarretxe había logrado aprobar en el Parlamento vasco y que había promovido ante el bloqueo de aquella ley orgánica vasca, refrendada en 1979, que era el Estatuto de Gernika y que seguía clavada en competencias importantes. La apuesta de Ibarretxe enviaba un mensaje a la izquierda abertzale para que luchara políticamente y dejara de apoyar un grupo armado (ETA) que hablando en nombre del pueblo vasco mataba a quien se le oponía y lo llevaba haciendo desde los remotos tiempos del franquismo.
Pero Zapatero pactó con Mariano Rajoy, y el 2 de febrero de 2005, con una expectación como no ha habido otra igual en el Congreso, Ibarretxe desgranó en la tribuna del Congreso las bases de su iniciativa, siendo contestado por Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy y los portavoces de todos los grupos parlamentarios. El proyecto fue rechazado con los votos del PSOE, PP, Izquierda Unida, Coalición Canaria y Chunta Aragonesista. Votaron a favor de su tramitación parlamentaria los diputados de PNV, CiU, ERC, Eusko Alkartasuna, Nafarroa Bai y el BNG, mientras que los dos representantes de Iniciativa per Catalunya (IC) se abstuvieron. La votación se produjo tras un intenso debate que comenzó a las cuatro de la tarde y terminó casi ocho horas más tarde, a las doce menos cuarto, pisando el día siguiente.
Ibarretxe, en su primera intervención, destacó que existía un camino, una solución y un punto de encuentro que era el derecho a decidir y la obligación de pactar, y aseguró que la iniciativa que defendía era legal, legítima y democrática y una propuesta para convivir, no para romper.
Con mucha claridad, el lehendakari, haciendo uso del turno de réplica concedido por la cámara, acusó a Zapatero y Rajoy de pactar en La Moncloa el resultado de la votación de la sesión de aquel martes. Ese día Zapatero cometió la torpeza política de no admitir a trámite una iniciativa que habría podido, después, enmendar en comisión. Prefirió pactar con el PP. A Ibarretxe no le dio ni agua.
Tampoco demostró mucho juego de muñeca en relación a la reforma del estatuto catalán. José Luis Rodríguez Zapatero prometió solemnemente en noviembre de 2003 apoyar la reforma del estatuto que aprobara el Parlamento catalán. Lo hizo en el Palau Sant Jordi de Barcelona ante cerca de veinte mil personas que asistieron al mitin central de aquella campaña. Zapatero dijo aquel día que solo Pasqual Maragall aseguraba el cambio, y asumió las principales reivindicaciones del PSC.
Rodríguez Zapatero, que recitó un verso en catalán de Miquel Marti i Pol, fue tajante: “Apoyaré la reforma del estatuto que apruebe el Parlamento catalán”, afirmó, solemne, entre aplausos. Adoptó como propias otras tres demandas de Maragall: el impulso del Eje Pirenaico de infraestructuras, la reforma del Senado para que fuera una auténtica cámara de representación territorial, y que los organismos del Estado tuvieran presencia en todo el territorio estatal, incluida Catalunya.
No cumplió absolutamente nada de lo prometido y el cabreo catalán fue monumental. Esta situación de enfado con CiU y ERC hizo que los votos del PNV fueran los necesarios y suficientes para sacar adelante los presupuestos que había presentado Zapatero, que ya no contaba con ninguna fuerza catalana de apoyo, junto al ataque continuo de un PP que ya se veía en La Moncloa. Gracias a esta coyuntura el PNV logró desatascar el Estatuto de Gernika clavado como estaba y tan fijo y seco como la momia de Tutankamon.
En resumen, Zapatero fue un contumaz maestro del golpe de improvisación, de apoyos coyunturales y de interpretar el baile de la yenka. Conviene recordarlo. Un político sin columna vertebral.
