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Tribuna abierta

El uso y el abuso: la manipulación de las palabras

Desde hace ya un tiempo, y no sabría decir cuándo, muchas palabras que definen conceptos en sectores particulares y muy específicos se han comenzado a utilizar en otros contextos, con buenas intenciones en algunos casos y perversas en otros, con clara intencionalidad de dominar el discurso y la narrativa pública e histórica. Veamos algunos ejemplos que son muy comunes.

Pandemia es una palabra que, si no era conocida antes de la covid-19, ahora hasta los niños recién nacidos han oído hablar de ella. En salud pública el concepto de epidemia proviene sobre todo de la propagación de una enfermedad durante un tiempo determinado y que afecta a muchas personas; es sobre todo usado en las enfermedades de origen infeccioso. Pandemia se define cuando una enfermedad está propagada en varios continentes a la vez. Ahora “pandemia” se utiliza en todos los medios de comunicación, y se dice que existe una pandemia de obesidad, la epidemia del fentanilo, de enfermedades vasculares, de alcoholismo, de descontento, de emigrantes, de soledad, de la pobreza o en muchos otros ámbitos de la sociedad. Por ahora, la riqueza no parece ser epidémica y mucho menos pandémica.

Con el uso de este término se quiere transmitir la idea de que es un gran problema público, de grandes dimensiones y que es importante, por lo que la sociedad o los poderes públicos tienen que actuar y hacer algo, tomar medidas ante ese problema que se extiende y expande muy rápidamente, por lo que, como en las epidemias en salud pública, hay que actuar. La sociedad o el poder político tiene que tomar conciencia de ese problema y poner medidas en marcha, bien para mitigar o eliminar ese gran problema, ya que mayormente el concepto de epidemia está siempre asociado con situaciones negativas.

Otro ejemplo ha sido el uso del término “guerra”. La guerra, según la RAE, es la lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación. En los tiempos más recientes, el uso de esta palabra podemos situarlo después del atentado de las Torres Gemelas en Nueva York, en el 2001. La influencia política y cultural de los países anglosajones va más allá del uso de anglicismos. Desde entonces en muchos medios de comunicación, y no solo en España sino también en Francia (desconozco otros países europeos), parece que cada intervención, programa de prevención o control se ha convertido en una guerra. Así, con “the war on terror” iniciada por el antiguo presidente G. W. Bush contra los presuntos autores de los atentados, tenemos la guerra contra el terrorismo, que se ha extendido a otras esferas de las sociedades occidentales. La guerra contra la inflación, contra la violencia machista, contra la desigualdad, contra la pobreza, contra el hambre, contra el cambio climático, contra la corrupción, contra la contaminación, contra la obesidad, contra el alcoholismo, contra las drogas y un largo etcétera, son otros ejemplos.

La guerra es la paz. Los enfermos o pacientes que acuden a los centros de salud o a los hospitales ahora son clientes a los que hay que atender como en los centros comerciales. Los enfermos de cáncer tienen que ser guerreros. Como bien analiza Bárbara Marqueta Gracia en su estudio sobre el uso del léxico en la prensa escrita online durante la pandemia de la covid-19, el uso del lenguaje bélico para hablar de la pandemia hace que los elementos pandémicos asuman un rol más o menos activo. Y concluye diciendo que la conceptualización se proyecta en diferentes dominios textuales (bélico, policíaco, económico, deportivo, científico-tecnológico), ámbitos que, pese a su naturaleza diversa, acaban adoptando soluciones léxicas comunes. Hay un trasvase de conceptos e ideas entre los diferentes sectores de la sociedad.

El uso de estos términos como guerra o pandemia son con frecuencia hiperbólicos y no dan lugar a una discusión, sino que son más bien afirmaciones taxativas que tratan de imponer una agenda, que puede ser tanto política como comercial. Por ejemplo, se ha dicho recientemente que hay una pandemia de hipertensión arterial y hay propuestas para rebajar los valores críticos de hipertensión a límites más bajos; por lo tanto, el número de personas que necesitaría tomar medicación antihipertensiva aumentaría de una manera significativa y, como resultado, serían elegibles para tomar la medicación. Algo similar ocurre con los niveles de colesterol, donde parece que a veces prima más el negocio que la evidencia médica. Medicinas que suelen ser diarias y de por vida. Un buen negocio para algunas empresas. Hay otras maneras de mejorar estos problemas de salud pública sin tener que recurrir a la medicación.

Otro ejemplo muy reciente era la aparición de la siguiente noticia: Vuelve la ‘polipíldora’: ¿Se podría dar una pastilla a todos los mayores de 50 años para prevenir las enfermedades cardiovasculares? (El País, 18.03.2025).

El hecho de que estemos ante situaciones de guerra, críticas o con enormes problemas sociales permite y da pie a que, con frecuencia, las autoridades se justifiquen con intervenciones que pueden limitar los derechos fundamentales, restringir libertades o proponer soluciones que pueden favorecer más el mercantilismo y los negocios. Siempre parecemos estar a la espera de la píldora mágica que resuelva los problemas sociales, los cuales requieren con frecuencia una mayor reflexión y soluciones alternativas. ¿Cuántas décadas llevamos en guerra contra las drogas o la obesidad infantil?

Lo que estamos padeciendo ahora con la nueva administración de los EE.UU. viene de lejos. Los políticos y los teóricos de la comunicación como N. Gingrich y S. Bannon comenzaron a utilizar de manera sistemática en el lenguaje público, en los años 90, metáforas militares y de conflicto con términos como “guerra cultural”, “batalla por la civilización”, “destruir el establishment” o “la guerra de las civilizaciones”. Las matanzas de civiles son llamadas “daños colaterales”; los “reajustes económicos” se usan para los recortes sociales y despidos. La guerra es la paz, como se decía en el libro 1984 de G. Orwell. Los oponentes políticos son enemigos.

Usando un lenguaje hiperbólico y apocalíptico nos han ido transmitiendo la idea de que estamos en crisis, abanderados de las ideas de los ciclos generacionales. Todos estos mensajes están a menudo basados en mentiras, pero llegan a crear en el colectivo la sensación de que son verdades. Este uso de los medios de comunicación para manipular la opinión pública es constante, logra atravesar las mentes más reluctantes y crea verdaderas crisis que, sin existir anteriormente, pasan al dominio de la discusión pública y dominan la agenda social y política.

Un claro ejemplo ha sido y es la criminalización de los emigrantes. Ahora son llamados aliens (alienígenas), como si viniesen de otro planeta. El 47º presidente de los EE.UU. es un especialista en esta estrategia. En su regular fact checking, el periódico NY Times proporciona algunas estadísticas interesantes sobre su incontinencia verbal con palabras como estas: best, biggest, largest, tariffs, deals, investments. Y las pocas veces que menciona democracia, justicia o salarios. En total, casi 2 millones de palabras en su primer año en 2025 contra 800.000 en su primer año en 2017. Sus simpatizantes europeos han aprendido rápido su estrategia verbal. El Ministerio de Defensa se llama ahora de la Guerra y la ocurrencia más reciente es cambiar el nombre del departamento de inmigración de ICE (hielo) a NICE (agradable).

El uso, abuso y la manipulación de las palabras es constante en las informaciones –que a veces son llamadas “mensajes”–, de tal forma que padecemos una anestesia cerebral que nos impide reflexionar, limita el pensamiento y la reflexión crítica, invocando los instintos más básicos con cortas frases repetidas tantas veces que las mentiras parecen verdades. La simplificación extrema del lenguaje llega a deshumanizar a las personas.

Sin que muchas veces nos demos cuenta, este nuevo lenguaje creado y machacado por los líderes políticos o sociales y los medios de comunicación nos va calando, quedando en el subconsciente colectivo y actuando de una manera subliminal hasta llegar a la autocensura. Nunca se había escrito tanto ni publicado tantas infamias. Lo que está sucediendo ahora en la política internacional es el caldo de cultivo para las generaciones futuras.

Como Enric Juliana informaba hace unas semanas en su columna de La Vanguardia, hasta el Papa, consciente del poder de la palabra, ha pedido en su mensaje de la Cuaresma 2026 desarmar el lenguaje con estas palabras: “Me gustaría invitarle a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias”.

Probablemente esté predicando en el desierto, como a Simón del desierto lo representaba Luis Buñuel, siempre tentado por el demonio en sus más diversas formas.