Soy abertzale (II)
Diálogos sobre el ayer, hoy y mañana, del nacionalismo vasco, texto a exponer en unos cursos de reflexión en tierras hispanas no muy cercanas por cierto
Soy abertzale, nacionalista vasco, de EAJ-PNV. Continuaré trasladando el por qué. Reflexiono sobre una identidad abierta para los que nos vienen de fuera, una identidad movilizadora para los retos económicos de innovación y conocimiento, y una identidad solidaria para dar oportunidades a los que la vida ha golpeado. Parafraseo al lehendakari Urkullu cuando siendo presidente del PNV bien afirmó: “Desde la responsabilidad, el PNV ofrece un acuerdo de futuro en una cuestión de Estado, de largo aliento y alcance, al menos para dar cobijo a la Euskadi de la próxima generación, un acuerdo que persigue profundizar en el autogobierno y en la democracia, es decir en la ampliación del poder político vasco y en la recuperación para nuestra ciudadanía de su capacidad para decidir en cada momento su futuro y el status jurídico-político de su Nación. Un autogobierno del siglo XXI entendido desde la bilateralidad. Ofrecemos y reivindicamos este acuerdo en un momento de vital trascendencia para nuestra sociedad. La premisa es que el ideal del autogobierno se encuentra en la concordia y convivencia entre identidades diferentes, desde el respeto y reconocimiento mutuo”.
Este ideal supone asumir el reconocimiento de las realidades nacionales catalana y/o vasca, además de la española. Es una visión constructiva y pactada de la redistribución de soberanía. Es más, el objetivo de convivencia entre identidades diferentes se puede alcanzar asumiendo el concepto europeo de cosoberanía o soberanía compartida. Es habilitar cauces legales para que las Comunidades políticas que, mediante decisión expresa de sus instituciones parlamentarias de autogobierno quieran consultar a la ciudadanía sobre su futuro, puedan hacerlo”.
Es compartir con Josu Jon Imaz, expresidente del PNV, cuando afirmaba: “Quiero demasiado a mi país como para pretender que lo construyamos los unos frente a los otros en un ejercicio aparentemente democrático que conlleva en su seno una fricción tal que puede dar lugar a que los vascos nos enfrasquemos en un empate infinito que anule nuestra ilusión, desgaste nuestras energías y deje a la siguiente generación la herencia de la frustración. Solo por eso merecería la pena un supremo esfuerzo por compartir un proyecto para el futuro entre las principales sensibilidades e identidades políticas del país. Las sociedades modernas se construyen a través de un acuerdo o consenso mínimo entre sus principales corrientes constitutivas. Y yo quiero para mi país la misma solidez a la que aspiran los demás, construyendo para ello mayorías amplias y cualificadas sobre el proyecto de futuro”.
Es coincidir con Manuel de Irujo, histórico del PNV, cuando afirmaba hace ya docenas de años: “No quiero aduanas en Hendaya, ni en el Ebro. Quiero seguir comerciando con el otro lado del Ebro. Pero tampoco quiero aduanas en el Bidasoa. Aspiro a tener relación con los del otro lado del Bidasoa, a encontrarme con los del otro lado del río, en la relación que me encuentro hoy con los del otro lado del Ebro, en un régimen de interdependencia”.
Mi nacionalismo vasco pues, mi proyecto político no va en contra de nadie, lo voy a decir de otra manera para que me entienda bien, no soy ni antifrancés, ni antiespañol.
Lo repito no lo soy. Pero sí, soy vasco, sí. Defiendo con firmeza el reconocimiento nacional de Euskadi en una España y en una Constitución que no es la que los nacionalistas vascos quisiéramos, pero que no nos es ajena, Constitución que en su Disposición Adicional Primera “ampara y respeta los DDHH de los Territorios Forales. La actualización general de dicho régimen foral se llevará a cabo, en su caso, en el marco de la Constitución y de los Estatutos de Autonomía. Exactamente lo mismo que contempla el Estatuto de Autonomía de Gernika en su Disposición Adicional cuando afirma que “La aceptación del régimen de Autonomía que se establece en el presente Estatuto no implica renuncia del Pueblo Vasco a los Derechos que como tal le hubieran podido corresponder en virtud de su historia, que podrá ser actualizado de acuerdo con lo que establece el ordenamiento jurídico”. Llegado a este punto quisiera reflexionar acerca de algunas de las ideas de uno de los llamados Padres de la Constitución española, Miguel Herrero Rodríguez de Miñon, que en un ya lejano ya Simposium celebrado en Bilbao afirmaba que:
1–El pricipio “pactivo”, lo llamaba él, exige primero negociar y acordar lo que haya que decidir.
2–Hablaba de la lealtad a lo pactado de acuerdo al principio de buena fe.
3–Y afirmaba que la interpretación y más aún de las modificaciones de lo pactado no pueda quedar directamente o indirectamente al arbitrio de una de las partes.
4–Afirmaba que la actualización de los Derechos Históricos supondría:
a–El reconocimiento en el bloque Constitucional del Estado de la identidad del Pueblo Vasco, una singularidad singular, diferenciada, constituida, determinada y configurada por la titularidad de tales DDHH.
b–Los DDHH así, servirían de engranaje entre el sustrato foral y el Constitucionalismo del Estado Moderno.
c–Bilateralidad de la relación con el Estado, se trata de un pacto con el Estadi de Estado que inserta a las parte sen un nuevo orden.
d–Y así. El Estado y el Pueblo Vasco, institucionalizado en Euskadi partícipe en las instituciones del Estado pero nunca disuelto en el mismo”.
Estimo que proclamar unos objetivos y unas metas políticas para el futuro alejadas de la realidad de lo que somos, y de nuestro contexto, es llamar a la frustración colectiva como Pueblo. Desconfío de idílicos espejismos que contribuyen a generar fantasías imposibles de alcanzar. Creo como Otto Von Bismarck, que el juicio en política es como la capacidad de oír, antes que nadie, el distante sonido de los cascos del caballo de la historia.
En ese sentido Michael Ignatiel, profesor de Cambridge y miembro del Partido Liberal de Canadá, suele reflexionar sobre el político, sus metas y responsabilidades y afirma que éstos no pueden permitirse el lujo de tener en cuenta ideas que sean meramente interesantes, al contrario, deberían de trabajar con el escaso número de ideas que son objetivamente ciertas y con el todavía más escaso de las que sirvan para la vida real, porque en política una cosa es lo que es y nada más. Ignatiel habla de políticos con el coraje de intuir la diferencia entre un buen acuerdo y uno malo, y sabedores de que esta capacidad de percibir la realidad es más importante que aferrarse como sea a los principios.
Apuesto así pues por una política que nos haga más nación vasca, más Euskadi, más ciudadanía, más sociedad cohesionada, y alejada de estériles debates conceptuales. Y hablando de debates, Manuel de Irujo, en 1961 se refería así a Fueros, Soberanías e Independencias: “Los Fueros Vascos (Los DDHH antes mencionados) son el producto legítimo elaborado por la soberanía del País Vasco, ofrecen el trasunto de un régimen paccionado con la Corona, mantienen el carácter de instrumento de defensa de las libertades vascas y ponen de manifiesto la extraordinaria capacidad de adaptación del País a las diversas situaciones que plantea el curso de la historia. Si hubiéramos de fijar en cinco vocablos su propia esencia diríamos que son: Soberanía, Pacto, Defensa, Adaptación y Legitimidad”.
Conceptos adaptables y no petrificados en la historia, expresión de la voluntad vasca aplicada a la realidad. Es que ciertamente nuestra torre de marfil no existió jamás, es más el Pueblo Vasco, enclavado en el cruce de los caminos –cómputo histórico de voluntades e imposiciones– nunca fue un grupo humano aislado”. Así y en parecida honda de evolución, cambio y transformación política hablaba Landaburu, hace ya más de 55 años: “Hoy ningún Estado es ya dueño absoluto del valor de su moneda, de su ejército y de su política exterior. En estas y en otras materias, se advierte cada día con más fuerza que van escapando al campo de la competencia estatal. Ese Estado, a pesar suyo, se vacía, se desfonda y desaparecerá. Tiempo vendrá en que no queden vivos estados tan intensos. A muchos se les figurarán elucubraciones, y otros muchos pensarán que nuestras trompetas son débiles para derribar las defensas de tan potentes fortalezas”.
Creo en Euskadi y en la existencia del Pueblo Vasco, en su espíritu emprendedor y en nuestra identidad, en la valía de nuestras gentes, en el derecho que tenemos a decidir nuestro futuro, en nuestra astucia y capacidad política, en nuestra necesaria inteligencia a la hora de negociar y de pactar. Creo en una sociedad vasca, abierta, solidaria, cohesionada, inclusiva, integradora e integrada. Rechazo tanto la claudicación como el sometimiento. Pretendo no confundir el mundo real con el que nos gustaría y evitarme lo estéril de refugiarme en el mundo interior de mis propias suposiciones. Continuará.
