Por todas y cada una de ellas

Tantas décadas de violencia nos han dejado un país asolado, con centenas de asesinados y heridos, miles de personas afectadas, y una sociedad muy tocada e incluso rota. Y ahora nos toca recoger los pedacitos y rehacernos, y cada cual debería asumir su responsabilidad

09.11.2021 | 00:15
Por todas y cada una de ellas

A día de hoy, cuando para hacer un mural a veces se abren procesos de reflexión y participación vecinal, me viene a la memoria mi niñez y mi juventud, mi pueblo: nadie me pidió entonces mi opinión sobre lo que iban a poner en un espacio público que, siendo teóricamente de todos, algunos secuestraron durante décadas y lo infestaron de carteles y pintadas pidiendo la amnistía para unos presos que habían atentado o habían colaborado para atentar contra seres humanos, llenaron de imágenes de vecinos y vecinas en el centro de una diana, de exigencias de que los familiares de los secuestrados pagaran para que ETA les devolviera su libertad, de sentencias de muerte expresadas en las palabras "chivato" o "traidor", o de expresiones como "jódete" dedicadas a alguien a quien ETA acababa de asesinar.

Nos socializamos en aquel paisaje sin darnos cuenta del efecto devastador que tenía para la ética pública la presencia de todo aquello. Esas paredes nos fueron "formando" como seres hipersensibles hacia cualquier conculcación o posible conculcación de derechos que se pudiera cometer contra los presos y militantes de ETA, al tiempo que nos modelaban como personas insensibles hacia sus víctimas, cuyas vidas y derechos no se reivindicaban en ninguna pared.

Y a pesar de que hacían una defensa sectaria y exclusiva de los derechos de las personas que les eran afines, está probado que tal y como denunciaban, hubo torturas y conculcación de derechos, y que el terrorismo de estado hizo de las suyas con todo lo que eso supuso: un sufrimiento terrible e injusto para esas víctimas y sus familias y un perjuicio grave al estado de derecho.

Y tantas décadas de violencia nos han dejado un país asolado, con centenas de asesinados y heridos, miles de personas afectadas, y una sociedad muy tocada e incluso rota. Y ahora nos toca recoger los pedacitos y rehacernos, y cada cual debería asumir su responsabilidad.

En lo concerniente al Estado y a los poderes públicos no hay más que echar un vistazo a la Constitución española y a los artículos que se encuentran en su núcleo más protegido para ver que en muchas ocasiones se han sobrepasado límites infranqueables. Y me baso en sentencias de tribunales españoles que han condenado a las fuerzas de seguridad y a altos cargos de la administración por graves delitos contra la vida y la integridad de las personas, y a sentencias de tribunales internacionales en relación a la falta de investigación de torturas y malos tratos, por poner un ejemplo. Los que ostentaron y ostentan el poder deberían hacer autocrítica y adquirir un compromiso firme de regeneración democrática y de no repetición.

Y por otro lado observo con tristeza que los tentáculos de ETA y su entorno político y social han contaminado lo mejor de nuestra sociedad: los movimientos sociales, la cultura, la política... Si nos fijamos por ejemplo en el movimiento ecologista, la voz de los militantes que se manifestaban en contra de que ETA se inmiscuyera en su ámbito de actuación quedaba totalmente silenciada y diluida en la pasividad generalizada hacia las acciones de ETA o en su justificación. En lo que respecta al movimiento feminista nunca ha trascendido que se haya realizado ningún análisis de cómo ha afectado el terrorismo a las mujeres –por ejemplo, la cantidad de viudas que tuvieron que abandonar Euskadi acompañando los féretros de sus maridos, muchas con sus hijos pequeños–, o sobre el papel que jugaron las mujeres víctimas de ETA en contener y no transmitir el odio a sus hijos e hijas. Los sindicatos, a menudo dispuestos a adherirse a las convocatorias de la izquierda abertzale, tan críticos y contundentes –como debe ser– con los accidentes laborales, no recuerdo haber percibido dicha contundencia cuando ETA asesinaba, incluso a sus propios afiliados. Y qué tibios se mostraban cuando ETA extorsionaba o asesinaba a empresarios. Siempre he echado en falta que se impusieran las voces de los que tenían claro que en la lucha sindical no cabían estas prácticas. Qué decir del mundo de la cultura y del euskera; cuando en determinados ambientes suena extraño e incluso mal deslegitimar la violencia de raíz política en esta lengua, aunque afortunadamente somos cada vez más los que vamos adquiriendo este compromiso.

Animo a las personas que se mueven en estos ámbitos a que hagan una reflexión profunda sobre su militancia; estaría bien que probaran a hacerla a la luz de los testimonios de víctimas diversas. Porque después de décadas en las que se ha impuesto una cultura favorable o acrítica con la violencia, necesitaremos unos cuantos años para reparar todo eso y las víctimas, aunque han sido acalladas y despreciadas, pueden ser vacuna y antídoto, y deberían por justicia y por el bien común ocupar un lugar central y transversal en nuestra sociedad, influyendo en todas las iniciativas sociales y políticas que se lleven a cabo. Para conseguir un futuro mejor víctimas y sociedad deberían caminar de la mano, hasta que las primeras sean plenamente reconocidas y hasta que esta sociedad recupere la normalidad.

Y por último quiero detenerme en la idea que recojo en el título de este escrito: se habla mucho de reconocer a todas las víctimas, pero como apuntaba una compañera de la ya disuelta Gesto por la Paz: "Más que decir que estamos con todas las víctimas deberíamos decir que estamos con cada una de ellas", y ese matiz no es una cuestión baladí y deberíamos analizar si lo sentimos así, porque solamente si concluimos que estamos con todas y cada una de las víctimas podremos asegurar que estamos a favor de los derechos humanos y seremos capaces de deslegitimar la violencia.

Voy a acabar recordando a cuatro víctimas concretas y con ellas a todas las demás, porque todas se merecen una placa, una flor, un recuerdo.

Sebastián Aizpiri Lejaristi, porque su asesinato en Eibar a manos de ETA el 25 de mayo de 1988 y todas las circunstancias que rodearon aquel hecho marcaron un punto de inflexión para mí, y me reafirmaron en mi decisión de unirme a Gesto por la Paz.

Juan Carlos García Goena, asesinado en Hendaia por los GAL el 24 de julio de 1987, y un recuerdo también para su viuda, hijas y para todas las víctimas del terrorismo de estado y de las torturas.

Patxi Elola Azpeitia, concejal socialista en Zarautz y con él todos los vecinos y vecinas que sufrieron la amenaza y la violencia de persecución junto con sus familias.

Y Jose Manuel Piñuel Villalón, asesinado por ETA el 14 de mayo de 2008 con un coche bomba en el cuartel de la guardia civil de Legutio. Acudí a su capilla ardiente, y cada vez que paso por Legutio y veo su fotografía fijada en la valla metálica que acota el espacio en el que se encontraba el cuartel, me acuerdo de su viuda, de su hijo y de sus compañeros, y pienso en el sinsentido y en la injusticia de la violencia, y siento pena.

Y concluyo agradeciendo a Covite su invitación para participar en sus jornadas que este año tendrán lugar en Iruñea el 11 de noviembre; ese día no podré acudir, pero les dedico este escrito, que es en parte el resultado de todo lo que las propias víctimas me han regalado con sus testimonios y su afecto.

* Miembro de Gogoan – Por una memoria digna

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