Tribuna abierta

De la ambición en política

27.06.2021 | 01:14
De la ambición en política

Hoy en día, nadie quiere sugerir que tenga la más mínima ambición. Los 'triunfitos' políticos en ascenso lo mismo que los políticos profesionales consagrados asegurarán asumir sus cargos sin ningún interés personal, casi como un sacrificio y solo por su deseo de servir a la ciudadanía

CONTABA anteanoche mi amigo Cicerón, con cuyo fantasma me gusta charlar, que en sus tiempos el Senado romano fue ampliado sucesivamente por intereses diversos, pasando de trescientos a novecientos miembros.

"¡Menuda tropa!", comentaba Marco Tulio. "A los ojos de cualquier embajador extranjero que accediera a una reunión en la Curia, los miembros del Senado mostraban orgullosamente su dignidad, moviéndose gravemente y con regios ademanes entre las gradas como un mar de blancas togas orladas de púrpura. Pero la mayoría eran solo simples comparsas, pendientes de las órdenes de quienes hubieran auspiciado su elección."

"Solo unos pocos tenían un peso real en el gobierno de Roma, no tanto por sus cargos como por sus inmensas fortunas y clientelas. Conocer quienes tiraban en realidad de los hilos y controlaban el juego, llegar a acuerdos con ellos que permitieran salvar a nuestra República, ese fue siempre el objetivo al que dediqué mi arte político." Tras decir esto, el fantasma de Cicerón calló y quedó pensativo unos instantes, como recordando sus días de gloria.

"Como sabes," continuó Marco Tulio, "yo fui un homo novus, el primero de mi familia en completar el cursus honorum, la carrera de cargos sucesivos necesaria para optar a las más altas magistraturas. Pero el llegar a la cima solo puede lograrse con aliados, ya que los enemigos aparecen de manera natural. Son casi siempre gentes próximas a ti, que quieren lo mismo que tu y se convierten en tus rivales, o gentes de tu propio entorno a las que, por lo que sea, no les conviene tu éxito. Siempre son muchos, y usan cualquier medio para destruirte."

"En cambio, los aliados son escasos. Hay que buscarlos con cuidado, pues muchos que dirán apoyarte son enemigos disfrazados. Y es fundamental que los aliados verdaderos que logres sean poderosos."

Lo que contaba mi amigo espectral no me parece muy distinto a nuestro presente. Los compañeros de partido con quienes uno disputa ascensos y cargos siempre son los peores enemigos, mucho más que las gentes de otros grupos, que solo son adversarios pero no te apuñalan por la espalda. Respecto al sistema de ascensos entre la militancia de los partidos, el "cursus ambitionum" si se me permite un latinajo inventado, es una versión moderna del cursus honorum para cachorros de las juventudes y afiliados con ansias de trepar a puestos directivos y cargos de relieve.

Una cosa sí ha cambiado en nuestra política: en los tiempos de Cicerón ser ambicioso y reconocerlo era un orgullo. Se proclamaba abiertamente, pues la gloria y el éxito de Roma se presuponía ligada a la ambición de sus ciudadanos. ¡Qué mejor gobierno para la República que aquel que estuviera en manos de ciudadanos rebosantes de energía y arrojo!

Hoy en cambio nadie quiere sugerir que tenga la más mínima ambición. Los triunfitos políticos en ascenso lo mismo que los políticos profesionales consagrados asegurarán asumir sus cargos sin ningún interés personal, casi como un sacrificio y solo por su deseo de servir a la ciudadanía. Sacrificarse por nosotros les debe gustar mucho, porque hacen lo posible y lo imposible por repetir en los cargos, pero de ambición nada de nada. O eso pretenderán que creamos.

Comenté anoche el asunto con Cicerón, tras invocar de nuevo a su fantasma, y me pareció que se sonreía maliciosamente al escucharme. "Amigo mío," me dijo, "sin la ambición no existe la propia política. No comprendo por qué os engañáis con algo tan elemental. Mis tiempos estuvieron llenos de políticos ambiciosos. Yo fui uno. Catilina otro. Lo mismo Pompeyo y César. A Catilina lo logré expulsar de Roma antes de que me asesinara, y acabó muerto él. A César no, y nos derrotó a todos los demás y se convirtió en el amo de Roma. Pompeyo podía haber triunfado, pero era demasiado voluble y eso le perdió. En política, la Fortuna ayuda a los audaces, pero no a los indecisos."

Me sonaba esta frase de Virgilio, seguramente era un proverbio común en la época. Tras escuchar a Marco Tulio, le respondí lo siguiente:

"Amigo Cicerón, en nuestros tiempos casi ningún dirigente reconoce ser ambicioso, y digo casi por no decir todos. Se oculta la ambición como si fuera un pecado político. Esta manía es quizás herencia de la época de la Reforma, que luego lentamente se ha extendido por todo Occidente. Llevando al extremo el concepto de pecado, se condenó una serie de hechos culturales como si fueran faltas contra la divinidad."

"Hay muchos ejemplos de sus efectos. Sobre la cocina, por considerarla vehículo de la gula, esta manía consiguió que se privara durante siglos del arte de la gastronomía a muchos países del norte de Europa. O sobre la pintura y escultura, por considerarlas vehículos del lujo, llevó a la destrucción de un inmenso patrimonio artístico religioso. Por su causa las catedrales nórdicas son frías y desnudas como garajes."

"Aplicada a la ambición, por considerarla vehículo de la soberbia, esta manía ha logrado que los políticos nos mientan por costumbre al asegurar no ser ambiciosos. Para convencernos de ello, simulan desinterés, humildad, mansedumbre y una serie de virtudes que, además de que no las tienen, en política no aportan nada."

"Yo creo que la ambición en sí misma no es mala, y si está moderada por la sensatez es muy positiva y no tiene por qué ocultarse. Si un político ambicioso es eficaz, se rodea de gente competente y gobierna bien, respetando a los ciudadanos, ¿a quién le importa que sea ambicioso? ¿Qué mal hay en ello? Y si es un desastre, se rodea de gente poco preparada y gobierna mal, el problema no es que sea ambicioso, sino que es un inútil. Lo que deberíamos preguntarnos es cómo elegimos a alguien así."

El fantasma de Cicerón escuchó mis reflexiones asintiendo a veces. Cuando acabé, tomó la palabra y me dijo lo siguiente: "En Roma nunca admitiríamos en las magistraturas a quien no demostrara ambición. Pues si un ciudadano renunciara a buscar la gloria para sí mismo, ¿cómo podríamos creer que iba en cambio a buscarla para la República?"

"De vuestros dioses, religiones y pecados modernos poco te puedo decir. Los primeros no sé si existen o si se preocupan por nosotros, al igual que me pasa con los míos, pues ni siendo yo un fantasma que vaga entre el cielo y la tierra he podido encontrarlos.

Por otro lado, vuestras religiones me resultan extrañas pues aseguráis adorar un solo dios, pero resulta que este es diferente para cada pueblo y cada secta, y que ordena o prohíbe cosas distintas y a veces opuestas. Mis dioses eran más sencillos, solo exigían demostrar piedad y cumplir los ritos."

"Respecto a vuestros extraños pecados, no tienen sentido para mí porque condenáis la propia naturaleza humana. Si dejarais de mentiros y aceptarais la ambición como uno de los motivos por el que los ciudadanos participan en política, os libraríais de una pesada máscara que ofusca vuestro entendimiento, nubla vuestra razón y lastra vuestros gobiernos."

"Mas si insistís en exigir a vuestros magistrados y dirigentes que simulen virtudes que no tienen y que nieguen aquellas que si poseen, acabaréis gobernados por actores, pendientes de vuestro aplauso y siempre dispuestos a repetir sus escenas. Pero vuestra República será un mero teatro, y algún día, más pronto que tarde, acta est fabula y caerá el telón..."

* Apoderado en las Juntas Generales de Bizkaia 1999-2019

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