Tribuna abierta

Día de reflexión

Sánchez se equivocó en el diagnóstico, en las formas y en el contenido. Y pese al aplauso de acólitos palmeros, la improvisación, la unilateralidad o la tentación de centralizar todo el poder puede pasarle factura en la confianza y el apoyo que va a seguir necesitando para continuar gobernando

04.04.2020 | 00:14
Videoconferencia con los presidentes autonómicos

AFORTUNADAMENTE, todas las formaciones políticas con representación parlamentaria respaldaron la propuesta del lehendakari de dejar en suspenso la convocatoria electoral. A pesar de que algunos, siempre en el ámbito privado, eran partidarios de mantener la fecha de la consulta. Pero el consenso benefactor fue posible ante la insospechada amenaza que se cernía sobre todos. No era tiempo de pelea política. Aunque el comportamiento de algunos parezca desmentir tal premisa.

Con centenares de personas muertas por el camino, con miles de infectados de toda índole y gravedad, con un país recluido en los domicilios, con el temor a lo desconocido y con la incertidumbre de un panorama sombrío y empobrecido cuando la enfermedad pase, nadie con dos dedos de frente o un mínimo de responsabilidad incidiría en la batalla electoral partidaria. Sería una temeridad. De ahí que las diferencias entre administraciones, las decisiones no compartidas, la falta de lealtad, la unilateralidad en las acciones... hayan sido atemperadas para no convertir la controversia política en un problema más.

Lo fundamental sigue siendo prioritario; combatir la epidemia, dotar a la ciudadanía de un servicio de protección sanitaria que le certifique cuidados profesionales y evitar que la pandemia continúe su avance construyendo diques de contención que permitan que las infraestructuras hospitalarias sean eficaces y que los cuadros humanos que atienden a la enfermedad puedan hacerlo con garantías.

Como lego en la materia debo hacer caso a quienes saben. Los datos que nos ofrecen los especialistas médicos y epidemiólogos indican que nos encontramos en una nueva fase de la enfermedad. Una fase en la que los niveles de mortandad siguen siendo elevados debido a agravamientos de casos infectados hace semanas y en la que, en paralelo, se está observando una disminución paulatina de los casos de contagio. Eso quiere decir que las medidas de aislamiento, básicamente, están siendo efectivas y que la propagación del covid-19 comienza a desacelerarse. Eso nos debe inducir al optimismo, un sentimiento que desde el aislamiento se valora mucho, pero que debe ser practicado con mucha cautela.

Parece, según nos indican, que la crisis comienza a dar síntomas de remisión. No que se haya acabado, sino que la parte más acentuada ha pasado. Eso no significará que el estado de alerta desaparezca de la noche a la mañana. Por el contrario, creo que las decisiones de protección global se prolongarán. Así lo espero salvo que Sánchez vuelva sorprendernos a todos con otro giro inesperado en sus decisiones. Además, aunque las restricciones cautelares se flexibilizaran, no volveremos, al menos de manera inmediata, a disfrutar del nivel de libertad de movimientos previo al estado de alarma. Y de las concentraciones multitudinarias olvidémonos en una temporadita. Eso quizá no vuelva en tiempo.

Es difícil encontrar algo positivo en las actuales circunstancias y con las perspectivas objetivas que tenemos ante nuestros ojos. Porque al drama de la salud se le va a incorporar seguidamente otra pandemia, la económica.

Se venía advirtiendo desde hace tiempo del freno abrupto que la economía había registrado y de las consecuencias que tendrían el aislamiento y la limitación de movimientos de personas y mercancías. Lo primero en llegar fue una crisis de oferta: faltaban suministros en el mercado. Después llegó el cerrojazo de los pequeños negocios y su afección a los autónomos. Y para rematar el cuadro y en un sistema de crisis globalizada, llegó la inesperada decisión de Pedro Sánchez de decretar un cierre total de actividades. Digo inesperada porque así fue.

El miércoles anterior, en sesión extraordinaria y con votación mayoritariamente telemática, el Congreso de los Diputados español había ratificado varios decretos gubernamentales y procedido a validar la prórroga del estado de alarma en quince días. En dicha sesión, sus señorías votaron, entre otras propuestas, una avalada por EH Bildu o el BNG que solicitaba el cese total de la actividad industrial. Los socialistas, con Sánchez a la cabeza, votaron en contra y la prórroga en el "estado de alarma" fue ratificado en las mismas condiciones que el ya existente.

A partir de ese momento, diversos medios de comunicación, en especial los correspondientes al grupo Prisa, comenzaron a presentar una información según la que el Ejecutivo español valoraba decretar el parón total de la industria y la construcción. Ante la filtración de un borrador de decreto, fueron varias las gestiones llevadas a cabo desde el Gobierno vasco, y también desde el PNV, para conocer la verosimilitud de aquel rumor publicado. La ministra de Industria desmintió el fundamento de la noticia a la consejera Arantxa Tapia. Y el propio Pedro Sánchez tuvo que negarlo directamente a representantes nacionalistas. El mentís presidencial y el compromiso de cooperación cayeron en saco roto tres días después de la votación, el sábado a la tarde-noche, cuando, aparentemente por indicación de los expertos científicos, La Moncloa anunciaba el cierre total de la actividad. Sin consulta previa y sin haber informado de su criterio a las organizaciones sociales, a los partidos políticos o al resto de instituciones (Sánchez estaba citado con los presidentes autonómicos al día siguiente).

La unilateralidad, y la soberbia de antaño, que confiábamos superada, volvía a la presidencia del Gobierno español. Y con ella, llegaba la chapuza de un decreto pensado más en clave propagandística que en visión sanitaria o de actividad económica. A pesar de la gravedad de la medida –criticada por todos menos por los seguidores del doctor Otegi–, la respuesta no concitó una reacción política extemporánea en Euskadi. El Gobierno vasco, lejos del enfrentamiento, legítimo pero baldío, expresó su voluntad de colaboración, aportando una clarificación de la medida para desenmarañar las inconsistencias del decreto. La cuestión era buscar algo de luz a la oscuridad legal aprobada en La Moncloa que, finalmente, se vio obligada a rectificar. La aportación de Lakua lo agradeció todo el sistema productivo. De aquí y de allí. Bueno, todo no, casi todo: quienes desde un primer momento criticaron a Urkullu por posicionarse del lado del capital en contraposición, según ellos, a la defensa de la salud pública, volvieron a cargar las tintas contra el Ejecutivo vasco; como si salud y economía fueran términos contradictorios. Pronto veremos a los mismos que hoy se rasgan las vestiduras acusando a los nacionalistas vascos de fomentar el contagio de la enfermedad, pedir, exigir, a los poderes públicos medidas extraordinarias y fondos públicos supletorios para paliar el desempleo generado por la inactividad. El portavoz sindical del Foro de Porto Alegre ya ha reclamado la aprobación de una "renta universal". Más pólvora ajena.

El primer impacto no sanitario de la crisis se conoció el pasado jueves. La ola inicial de la inactividad generada por la pandemia destruyó en el Estado 834.000 empleos, aumentando el paro en más de 300.000 personas (11.000 de ellas en Euskadi). Se trata, sin lugar a dudas, del primer golpe del temporal en ciernes. La sacudida de un maretón, de una crisis profunda e intensa. Más dura incluso que la que padecimos hace apenas doce años y de la que aún nos estábamos recuperando.

Sánchez se equivocó en el diagnóstico, en la formas y en el contenido. Y pese al aplauso de acólitos palmeros, la improvisación, la unilateralidad o la tentación de centralizar todo el poder puede pasarle factura en la confianza y el apoyo que va a seguir necesitando para continuar gobernando en el Estado. Insistir en el error invadiendo nuevas competencias y laminando el autogobierno no ayuda a recuperar el crédito perdido.

Pero eso será otro día. Cuando el episodio de emergencia sanitaria pase, que pasará, y tengamos que seguir remangados para salir del agujero económico al que la situación nos ha conducido. Entonces merecerá la pena recordar a cada cual lo que hizo en este episodio tan complicado y doloroso del que debemos afanarnos por salir cuanto antes. Hoy es día de reflexión. De reflexión pero no para votar, sino para seguir trabajando sin fisuras, para superar la calamidad que nos envuelve.

* Miembro del EBB de EAJ-PNV

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