Tribuna abierta

Que empiece la segunda transición

En el diccionario político de una generación, transición es la historia de un inmenso fraude mediante la que la dictadura se legitimó conduciendo a la sociedad española hacia una democracia mediocre y vigilada, sin punto de ruptura y que como consecuencia dibujó un sistema de enormes carencias. Una burla absoluta

22.01.2020 | 06:23

DE hecho, la hicieron los herederos del franquismo: Juan Carlos de Borbón, designado por el tirano, y quien fuera ministro-secretario general del Movimiento, Adolfo Suárez, junto con otros falangistas, que la justificaron como la única posibilidad de evitar la continuidad del régimen, mientras que quienes la aceptaron -más o menos a regañadientes- creyeron que no quedaba más remedio que resignarse a la estafa dada la debilidad de los partidos democráticos, el miedo subyacente al poder militar y la ignorancia política a la que se había sometido a la gente durante décadas de autoritarismo y aleccionamiento sectario a través de la familia tradicional, el nacionalcatolicismo y la escuela.

Aquella miserable burla culminó con la entrada del Estado en la Unión Europea (entonces CEE) en 1986. Fue como afirmar: ya somos un país democrático, homologable a Francia, Alemania o Gran Bretaña. Y no, España dejó pendientes numerosos cambios, una basura interna que perdura y ha arrastrado hasta hoy mermas democráticas, reales y simbólicas, causantes de la persistencia durante décadas de la violencia terrorista, desigualdades sociales, privilegios de casta, mentiras históricas y profundas injusticias.

Cuarenta y cinco años después de la muerte del tirano, durante los que se han hecho indudables mejoras sobre lo que fue aquella reforma (¡ahí está, fue una reforma, no un cambio!), ha llegado la hora de acometer una segunda transición para completar lo que no se pudo o no nos dejaron hacer. Un país necesita referenciar su transformación democrática en la derrota de los enemigos de la libertad. ¿Qué tramo de libertad nos menoscabaron? Es incalculable.

Cambiar lo que no cambió La segunda transición es la enmienda a la totalidad del sistema que por coacción del franquismo residual y sus sucesores y por la cobardía de los partidos y su fragilidad democrática se moldeó en la Constitución del 78, hecha a medida de la monarquía y con trazos de las leyes del Movimiento franquista, disfrazadas con otras palabras y diferente retórica. Aquel texto fue la plasmación del "atado y bien atado" del general criminal y astuto, que tras su desaparición permitía ciertas libertades a cambio de no entrar en otras, sustanciales. Por esa razón, la Constitución, como las leyes franquistas, tiene numerosos artículos teóricos fáciles de incumplir en un permanente desiderátum.

El Estado español del siglo XXI necesita como el aire que respiramos sus habitantes una nueva Constitución, rigurosamente democrática y sin complejos. La España provincial, estructurada como en el siglo XIX, uniforme y pensada con mentalidad de cuartel, no tiene sentido. Es un viejo armatoste que no es que necesite unos arreglos o una mano de pintura, debe ser arrojada al vertedero de la historia para ser sustituida por un ordenamiento legal de altos valores democráticos y sociales. La plurinacionalidad del Estado exige una formulación explícita e inequívoca y articularse en lo que puede ser la opción más inteligente y flexible: una confederación que otorgue, además de la libertad de pertenecer a ella, el poder de cada una de sus partes a ejercer su derecho a salir de ella de acuerdo con unas reglas compartidas. Lo mejor para España es ser una confederación de naciones libres que no se sientan atadas y que, por supuesto, tengan y mantengan sus competencias de autogobierno perfectamente definidas sin la amenaza de su recorte o liquidación a capricho del poder central.

La revisión del modelo de Estado tiene que incluir el debate sobre la monarquía, cuya ilegitimidad es patente, pese a que se colara de matute en el referéndum constitucional. Y eso es precisamente lo que demanda una segunda transición: la celebración, a sí o no, de una consulta vinculante sobre la corona, previa a la redacción de un nuevo contrato social. ¿Está preparado el pueblo español para afrontar esta evolución? Lo estaría si nadie con malas artes lo siguiera tutelando. Es verdad que no estamos en el mejor momento político, crispado y dividido por la mezquindad, empeorado con la carga de odio, retroceso y nostalgia franquista que ha traído Vox, junto a una derecha envilecida por la pérdida electoral. ¿Hubo algún momento en que España quiso arreglar las carencias y engaños de su transición? Siempre llegaron excusas para no mirarse al espejo y reconocer que su modelo estaba obsoleto desde el principio. La hora de hacerlo es ahora, cuando más peligros se ciernen sobre nuestras disminuidas libertades.

Tantos oprobios quedaron intactos que se han necesitado 44 años para sacar de su mausoleo glorioso al criminal del 18 de julio, un tiempo que por sí solo explica la calidad democrática de España y las secuelas de aquella operación de maquillaje. Hay tantos signos de la permanencia de la tiranía que una segunda transición es casi un proceso heroico. Los privilegios de la Iglesia católica siguen intocables, así como la formulación del Estado aconfesional, que debería pasar a ser laico con todas las consecuencias y de acuerdo con el pensamiento insubordinado.

Los partidos políticos deben ser desposeídos de la exclusiva de la representación democrática, otro troncho constitucional. La libertad es de las personas y no de los grupos ideológicos profesionales, porque es al ciudadano a quien le pertenece la potestad de elegir entre partidarios de cualquier proyecto o líderes independientes. Hay que ensanchar los cauces democráticos y evitar que la clase política sea cada día más mediocre. No hay modo de vida que pueda realizarse desprovistos de una libertad grande y creciente.

Salto al futuro La lista de necesidades de actualización democrática es interminable. ¿Por qué seguir con un sindicalismo de barricada y una economía de escasa innovación, basada en la autoridad piramidal y no en el trabajo colaborativo? No, el poder sindical no es un contrapoder, como afirma ELA. Es el espacio de diálogo y equilibrio entre las personas contratantes y las contratadas. Todos esos cambios no pueden prosperar porque hay un modelo social y productivo basado en leyes rancias y en normas rígidas donde no cabe el pensamiento crítico ni el canon creativo. España no cree en sí misma y por ese motivo su autoestima es tan reducida. España sufre complejos históricos. Siempre colgó a los rebeldes y todavía hoy margina a sus mejores intelectuales, que no son los que merodean el poder en busca de alpiste. Y, la verdad, no confío en Pedro Sánchez y su proyecto para este formidable empeño. Su meta debería ser una segunda transición que conduzca a un cambio de régimen de radicalidad democrática.

Necesitamos una revolución administrativa en la organización de los poderes institucionales. Padecemos un sistema cargado de profesionales públicos que ocupan puestos obsoletos, mientras se necesita gente cualificada, de mentalidad abierta, en organismos nuevos y en otros que ni siquiera hemos imaginado. ¡Qué administración tan ineficiente soportamos! ¿Y qué decir del sistema educativo, que pide a gritos una reforma integral sin sesgos partidistas? Su fracaso se cuenta en las decenas de jóvenes que buscan empleo y futuro en otros países, un derroche de talento y energía humana prácticamente irrecuperable. Si España es incapaz de alumbrar un modelo educacional avanzado, déjele a Euskadi que lo haga por sí y para sí.

Nos lo jugamos todo en una segunda transición. Necesitamos vaciar las cárceles de los activistas que protagonizaron una revolución delirante de consecuencias trágicas. Mientras haya presos no habremos cerrado la historia. Allá cada cual con su relato oportunista y sus lamentos. El pasado ha prescrito y no es lo que mueve a las naciones: es el futuro y ya vamos con mucha demora.
* Consultor de comunición