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Rojo sobre blanco

Hola, Iñaki Williams

Da gusto poder decir que por fin se parece al jugador que conocemos

Hola, Iñaki WilliamsBorja Guerrero

La victoria sobre el Levante le sirve al Athletic para establecer uno de sus mejores registros de la temporada y no por los cuatro goles. Sucede que, al cabo de 35 encuentros oficiales, vuelve a enlazar tres partidos consecutivos con resultado favorable. Lo consiguió en agosto, ganando a Sevilla, Rayo y Betis, un celebrado pleno que pasó a convertirse en un espejismo, pues según discurrían las semanas fue imposible acompasarlo con el juego y los marcadores. Hasta que el equipo dio un pequeño respingo en octubre y fue capaz de derrotar al Mallorca, empatar en Elche e imponerse en San Mamés al Qarabag. Ahora, metidos en febrero, acaba de lograr algo similar con el empate ante la Real y las victorias sobre Valencia y Levante. Por lo demás, la invariable dinámica del equipo ha consistido en que a cada triunfo o empate antecedía o sucedía una derrota. Algo así como el paradigma de la regularidad en una pésima versión.

Del partido reciente se ha de resaltar sobre todas las cosas el premio de los tres puntos. Los tiempos aconsejan no profundizar demasiado en los pormenores del trabajo realizado por el equipo de Valverde y, si se entra ahí, porque tampoco se trata de hacerse trampas al solitario, pasar página rápido y centrarse en aquellos aspectos que se prestan a una valoración de corte amable, a tono con la alegría que produce el pasito dado en la clasificación. Que no será la repanocha, pero ver a diez rivales en el retrovisor estimula.

Siguiendo con una lectura en clave generosa de lo del domingo, da gusto poder decir que por fin Iñaki Williams se pareció al Iñaki Williams que conocemos. Y dan ganas de escribir ese “por fin” en mayúsculas, no por la larga espera de la que todos hemos sido partícipes, sino por el calvario que ha tenido que padecer él.

Es delicado ponerse a comparar con etapas poco gratificantes por las que atravesó Williams, por ejemplo, cuando anduvo peleado con el gol y no metía una en los partidos de casa ni a tiros, o no podía disimular determinadas carencias de índole técnico o táctico, hoy en día superadas, pero que entonces incluso dibujaron un interrogante en torno a su porvenir en la élite. Seguro que nadie recuerda mejor que el interesado estas vivencias que se percibieron con nitidez desde fuera y quedaron enterradas por una serie de campañas, las más próximas, donde irrumpió el Iñaki Williams capaz de marcar diferencias y arrastrar a los compañeros.

Sin ir más lejos, el año pasado se ganó a pulso figurar entre los mejores de la plantilla. Dentro del notable nivel general, la suya fue una aportación sostenida: si se repara en las diversas facetas que intervienen en el rendimiento de un jugador, Iñaki sobresalió en casi todas. Fue quien más minutos de competición tuvo, el que más titularidades, influyó en numerosos resultados y no solo por firmar once goles, también con asistencias o acciones que rompieron pulsos equilibrados o adversos. En síntesis, estuvo brillante.

Precisamente porque alcanzó un comportamiento tan loable, lo que venía dando desde el verano resultaba, además de muy chocante, descorazonador. Como para empezar a pensar en un declive acelerado e irreversible, que se ha dado algún caso. No en vano han sido meses enteros sin demostrar nada al margen de impotencia, dudas y, lo más increíble, un estado físico tan frágil que le hacía del todo irreconocible.

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El capitán empezó mal y no levantó cabeza. Su decepcionante estado de forma contrastaba con la terquedad del entrenador, que le mantuvo como titular contra viento y marea. Sumaba minutos al mismo ritmo que acumulaba méritos para pasar al banquillo o a la grada. Cómo sería que el día que abrió su cuenta, en octubre contra el Mallorca y de penalti, chutó tan mal que fue increíble que el portero no detuviese el balón. No volvió a ver puerta hasta la semana pasada en Mestalla, pero en medio tuvo que parar a causa de una lesión muscular, un hito en la carrera del hombre de goma, de quien la leyenda urbana decía que jamás pisó la enfermería.

Bueno, pues necesitó siete semanas para reaparecer y faltó a diez partidos. En su vuelta, Iñaki no dio síntomas que invitasen al optimismo, estaba igual de espeso y en enero acusó otra molestia muscular. Tras un anodino regresó ante la Real, en Mestalla anotó el gol que valía el acceso a semifinales y al de cuatro días exhibió ante la afición una soltura olvidada. ¿Será la confirmación de que ha enterrado un período nefasto? Ojalá, significaría que el Athletic dispone de un argumento de peso más, y falta hacen, para rubricar un cierre de curso siquiera llevadero.