Cada vez que la tierra tiembla, no solo se derrumban edificios. También se desmoronan vidas, familias enteras y proyectos que jamás volverán a levantarse. Venezuela vuelve a enfrentarse a una tragedia inmensa que ha dejado miles de muertos, heridos y desaparecidos. Entre ellos, también dos vascos. En medio del desastre, cuando todo parece perdido, aparecen quienes representan la mejor versión del ser humano. Bomberos, sanitarios, voluntarios y equipos de rescate trabajan sin descanso entre montañas de hormigón, guiados muchas veces por el olfato y la entrega de perros especializados capaces de localizar vida donde nadie más puede hacerlo. Son carreras contrarreloj en las que cada minuto cuenta. Por eso resulta tan difícil de entender que, mientras unos luchan desesperadamente por salvar vidas, otros tropiecen con un muro de papeles, permisos y trámites. Saber que un equipo de Bomberos Sin Fronteras tenía previsto viajar desde Madrid a Caracas con tres perros de rescate y que no pudo hacerlo por problemas burocráticos produce una mezcla de indignación e impotencia. Para esas situaciones extraordinarias deberían existir mecanismos extraordinarios. Las leyes están para ordenar la convivencia, no para convertirse en un obstáculo cuando la urgencia es absoluta. En una catástrofe, la administración debería correr al mismo ritmo que quienes se juegan la vida entre los escombros. Ojalá algún día entendamos que, frente a una tragedia, la rapidez también salva vidas.
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