Llevo varias noches negociando con los mosquitos. Si cierro la ventana, el calor convierte mi habitación en un horno. Si la abro, ellos entienden que les he enviado una invitación formal para cenar y me atacan sin compasión. A estas alturas de junio, dormir se ha convertido en una cuestión de estrategia más que de descanso. Reconozco que nunca pensé que escribiría algo así en Bizkaia. Durante años hemos construido buena parte de nuestra identidad alrededor de la lluvia. Nos hemos quejado del sirimiri, de los paraguas olvidados en el metro, de las tardes grises y de esos veranos que parecían quedarse siempre a medio gas. El calor era cosa de otros. De Sevilla, de Córdoba o de esas ciudades que aparecían cada agosto en los informativos con imágenes de termómetros gigantes y calles vacías. Todavía recuerdo aquel mes de julio de hace dos años que hice parada en Mérida y no había ni un solo bar abierto para tomar una caña. Resulta que ahora hay locales que también empiezan a cerrar a la hora de más calor. Mientras escribo estas líneas, sigo sin saber quién ganará la batalla de esta noche: el bochorno o los mosquitos. Lo que sí parece claro es que Bizkaia deberá aprender a convivir con una realidad que hasta hace poco consideraba ajena. Y quizá ese sea el verdadero cambio que nos dejan estos días. No el que marcan los termómetros, sino el que nos obliga a replantearnos cómo vivimos, si contamos con las infraestructuras de ciudades y pueblos adaptadas a temperaturas que superan los 40 grados.