Todos los pueblos tienen sus grupos. Algunas son oficiales y otros, en cambio, no. En Igorre tenemos una de esos grupos que no necesita placas ni reconocimientos: ellas se hacen llamar Las chicas de oro. Casi cada día, ocupan una de las mesas de una terraza que ellas la comparan con Benidorm. El resto la conocemos como la terraza del Eguzki. Allí se reúnen Araceli, Kari, Belén y alguna más que se van sumando según la agenda familiar se lo permite. Son expertas en algo que cada vez escasea más: conversar y escuchar. Hablan de los hijos, nietos, de las noticias, de los precios, de los médicos y de la vida. Yo tengo la suerte de cruzarme de vez en cuando con ellas. Me preguntan por la columna, me dicen si les ha gustado, o si no les ha convencido. Son lectoras fieles de DEIA, por eso hoy quería escribir sobre ellas. Porque en un tiempo en el que parece que todo va deprisa, ellas siguen defendiendo el placer de sentarse, escuchar y de compartir. Y permítanme terminar con una dedicatoria especial para Kari. Porque a veces todos necesitamos que alguien nos recuerde lo especiales que somos. Y porque estoy convencida de que, cuando una tiene amigas como las que se sientan cada día en la terraza de Benidorm, las vitaminas más importantes no vienen en una caja de la farmacia, sino en forma de conversación, de risas y de compañía. Así que esta columna es para vosotras, las chicas de oro. Eskerrik asko por leerme cada semana y, sobre todo, por seguir demostrando que la amistad también puede convertirse en patrimonio de un pueblo.