Este fin de semana, Bilbao se engalana para acoger las finales de rugby, un evento que trasciende lo meramente deportivo para convertirse en una celebración de la convivencia. A diferencia de lo que tristemente nos tienen acostumbrados otros espectáculos multitudinarios, aquí no se esperan incidentes, ni calles destrozadas, ni los habituales disturbios, heridos, ni suciedad.

El rugby trae consigo una cultura intrínseca de confraternización y respeto absoluto hacia la afición contraria. Es la magia de un deporte donde los rivales comparten cánticos y brindis. Así, sinceramente, da gusto, porque se traslada al mundo una imagen de ciudad admirable, cívica y acogedora. Sin embargo, para que el debate sea honesto, también debemos incluir en él una reflexión crítica ineludible: lo desorbitado de los precios de los alojamientos.

Resulta frustrante ver cómo la especulación se dispara cada vez que la villa acoge una gran cita. Esta avaricia desmedida también traslada una pésima imagen de la ciudad, alejándonos radicalmente de ese espíritu hospitalario del que tanto nos gusta presumir.

Si de verdad queremos consolidarnos como sede de grandes eventos internacionales, debemos cuidar nuestro prestigio de forma integral.

El rugby nos enseña cada fin de semana que el respeto es un valor innegociable; apliquemos urgentemente esa misma lección al trato que brindamos a quienes nos visitan.