La humanidad ya está de vuelta en la órbita lunar. La NASA lo ha vuelto a hacer con la misión Artemis II, recuperando un viaje que llevaba más de medio siglo sin repetirse. Esta vez, además, no se trata solo de ir y volver: el objetivo es claro, quedarse. El relato es difícil de cuestionar. Avance tecnológico, cooperación internacional y una tripulación que simboliza una sociedad más diversa. Diez días de misión para ensayar lo que algún día será una base permanente en la Luna. Historia en directo. Y, sin embargo, algo no me cuadra. Porque mientras celebramos este salto al espacio, aquí abajo el mundo sigue atrapado en sus viejos problemas. Conflictos que no cesan, discursos que elevan la tensión internacional –como los de Donald Trump– y un planeta que da señales cada vez más claras de agotamiento. No hace falta mirar muy lejos: el cambio climático ya forma parte de lo cotidiano. Incendios, sequías, temperaturas extremas. Y, aun así, seguimos actuando como si hubiera un plan B. Quizá por eso la imagen de la Luna vuelve a generar una sensación ambigua. Por un lado, admiración. Por otro, desconcierto. Me pregunto si estamos avanzando o simplemente escapando hacia adelante. ¿Qué sentido tiene proyectar una vida fuera de la Tierra cuando no terminamos de cuidar la que ya tenemos? No se trata de elegir entre la Tierra y la Luna. Se trata de entender qué hacemos con cada paso que damos y si es la dirección correcta. La duda es si, en el camino, hemos dejado de mirar donde realmente importa.