El mundo se va por el desagüe mientras perdemos el tiempo viviendo la vida en redes sociales a cada cual más deshonesta. Los influencers que se fueron a vivir a los emiratos árabes para no pagar impuestos y presumir de decorados de cartón piedra vuelven mientras gritan ‘¿porqué nos habéis abandonado?’ Y exigiendo que vayan a rescatarlos tras ver caer los misiles en las cercanías de sus megahoteles de lujo con piscina infinita. Es realmente patético. Mientras, la guerra va infiltrándose en nuestro día a día. La gasolina y el diésel suben y para la derecha la culpa es de Sánchez, que a su vez utiliza el lema (potente, eso sí) del ‘no a la guerra’ para atacar a sus adversarios políticos. Lo curioso es que también es torticero el uso de la crisis en Irán como elemento definitorio de la política local española. Sánchez no ha consultado con nadie ninguna de sus decisiones en torno a este asunto pero tiene muy claro que con la que le está cayendo le ha venido al pelo para reforzar su ya muy debilitada posición política. El ‘no a la guerra’ es muy fácil de vender para el público afín ideológicamente, pero hay que dar muchas más explicaciones. Dentro y fuera. El cada vez más recurrente uso de la fuerza está dibujando un nuevo orden mundial donde los Estados Unidos llevan la delantera. Tenemos que exigir de Europa posturas comunes capaces de enfrentar. Ahora mismo, la Unión Europea es el único órgano político que transmite cierto sentido común. Y no nos engañemos, a veces parece un gallinero...
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