La extraña sensación mediática creada en torno a la denuncia presentada contra el cantante Julio Iglesias nos confirma la contaminación que la política ejerce en todos los ámbitos de la vida. La derecha y la extrema derecha editorial defienden, con algún matiz, al exportero mientras que los medios afines a la izquierda lo atacan sin mucha compasión. En este punto conviene recordar que una vez iniciado el largo, complejo y entiendo que carísimo proceso judicial, la primera reflexión lleva a afirmar que todos somos inocentes hasta que se demuestre la contrario. Otra cosa es la pena del Telediario, pero esa es incontrolable y solo muestra la graduación de la enfermedad que nos asola. Sin sentirme nada afín a la música que defiende Iglesias, debo confesar que lo que más me gustó de toda su carrera fue la parodia de Tricicle con una de sus canciones; los argumentos prejudiciales para destrozarle o defenderle me son indiferentes. La Justicia dará en su momento el veredicto y a él nos aferraremos para defender las posturas de cada cual. Mientras tanto sí que interesa el derribo del mito. El adiós del latin lover. El fin de la impunidad para los que se crean que con éxito y dinero tienen todo el derecho a apabullar, a amedrentar, a abusar o a maltratar en la fe de que todo les saldrá gratis. Iglesias es dueño de sus actos y lleva años paseándose por los medios vendiendo su imagen de conquistador… Pero también ofreciendo una retahíla de actuaciones machistas dignas de aceradas críticas. En esta hora, alegrarse de que por fin alguien diga al mito que la fiesta va por otro lado.