Sentadas juntas, Patricia, su hija Nagore y su nieta Izaro repasan cómo ha cambiado la vida de las mujeres en las últimas décadas. Tres generaciones de una misma familia que, desde experiencias muy distintas, ponen voz a una misma historia de cambios, renuncias y conquistas.

Patricia nació en 1954 y creció en una sociedad marcada por el peso del clero y los roles tradicionales. En su colegio, niños y niñas estudiaban separados y la disciplina era férrea. “Si no hacías lo que decía el cura, te castigaba. Era todo muy rígido”, recuerda.

La educación, explica, estaba muy condicionada por las normas religiosas y sociales del momento. Aquella separación entre chicos y chicas en las aulas era algo habitual, aunque a ella nunca le pareció justo. “En clase nos separaban, pero luego en el recreo jugábamos todos juntos. No tenía ningún sentido”, señala.

Con el paso de los años logró cumplir su sueño de trabajar en un hospital de Bizkaia como enfermera. Sin embargo, el matrimonio suponía entonces el final de la carrera profesional para muchas mujeres. Existía una norma no escrita que obligaba a dejar el empleo al casarse, bajo la idea de que la mujer debía dedicarse exclusivamente al hogar.

“Cuando te casabas te mandaban una carta para que dejaras el trabajo. Yo fui la primera que dijo que no”, explica. Aquella decisión no fue sencilla, pero marcó un pequeño punto de inflexión en su entorno laboral. “Les dije que me iría si me echaban por una falta, pero no por casarme”, recuerda.

Reconoce que en otros aspectos la vida de las mujeres estaba mucho más controlada. Los horarios para salir eran estrictos y las expectativas sociales muy claras. “Si llegabas cinco minutos tarde a casa ya era un problema”, recuerda.