Se cataloga como diógenes digital a todo el que sin control se dedica a poblar su móvil de imágenes e interacciones que le sirven para almacenar los recuerdos de su periplo vital. Decía estos días el escritor Luis García Montero que se sentía incapaz de borrar del suyo los números y mensajes de amigos que ya habían desaparecido, “frases robadas a la muerte”, lo que le hacía ir sobrecargado de vida, personas a las que ahora buscaba en su WhatsApp para rescatar un amor y amistad imperecederos. Coincidió su reflexión con horas en las que uno vio expirar su teléfono y cuyo tránsito de contenido a uno nuevo estuvo en un tris de irse por el sumidero de esa nube que, de tanto absorber, un día nos va a explotar en la cara. Un sudor frío al caer en la cuenta de que en ese traslado podía marchar todo lo que uno fue y es, y que de vez en cuando ayuda a evocar todo lo maravilloso y menos bueno que ha experimentado, que de haberse evaporado no podría recuperar siquiera para lanzar un suspiro al aire. Algo así como un tercer tiempo entre las batallas. El azar y una mano más ducha que la mía en la tecnología impidió el agujero negro en el disco duro de nuestras añoranzas. Habrá quien piense que gran parte de todos esos gigas no es más que basura digital que deberíamos clasificar para desprendernos (o no) llegado su momento. Qué tiempos aquellos en los que nuestras fotografías cabían en un librito y nuestras conversaciones en hojas ya amarillentas.