ALGUNOS humanos viven centrifugados en una inmensa rueda de hámster sin que ninguna protectora de personas reivindique por ley su bienestar. Afanados en correr no se sabe muy bien hacia dónde, ni siquiera reparan en que si todos se detienen, podrían bajarse y caminar solos, por parejas o grupos hacia el mismo destino o en sentidos opuestos, que en algo parecido debe consistir la libertad. De cuando en cuando uno saca la cabeza por un lateral para ver qué hay e incluso se tira en marcha a la cuneta. Si los demás no tienen la mirada fija en el móvil, no están debatiendo sobre las dos expulsiones disciplinarias de Gran Hermano ni lamentando la muerte del actor de Friends –la masacre de Gaza, si eso, para otro rato–, lo miran extrañados. Eso si no se convierte en la comidilla a la hora del café. Es lo que tiene ser un friki o un rarito, que son los dos niveles en los que clasifican a quienes se salen de la norma en el Diccionario de la Real Academia del Preadolescente. “Friki es que tengas hasta los calzoncillos de Star Wars; rarito, que dobles los calcetines”, aclara un académico. En fin, que el salto a la cuneta puede ser celebrar el cumple de tu hijo con una merendola en casa y cinco amigos sin tener que invitar a los diez que te exigen, los tenga o no, en cualquier local, no comprar lotería navideña o negarte a pintarte más ojeras sobre las propias en Halloween. “10 cosas sobre Matthew Perry que quizás no sabías”, leo. Pues si no las sabía, será por algo.

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