Mesa de Redacción

Llámame por mi nombre

18.05.2021 | 00:59
Llámame por mi nombre

AHORA que la recuperación va como un cohete, que vamos a tener vacunas para regalar y turismo para importar, la OMS ha decidido que nombrar un virus con su denominación de origen es estigmatizante, así que un año y medio después de pandemia, las variantes serán rebautizadas. Aquí los expertos también tienen sus debates sobre la nomenclatura de las cepas y, de hecho, existe un Comité de Taxonomía dedicado a este tipo de bautizos decantándose por darles nombre de persona, al estilo de las tormentas tropicales, que siempre ha sido una forma de restar fealdad a las tragedias y que, viendo el calendario de 2021, nos asaltan algunos como Ignacia, Olaf y Dolores con su equivalencia en cepas, lo mismo escandinava que azpeitiarra. Otra manera es hacerlo a la forma de las farmacéuticas, tan desacreditadas, que juntan sílabas al tuntún para bautizar un medicamento y que lo mismo nos sale un vetirazetam o una hidroclorotiazida de cepa, un despropósito con muy poco brand, que neutralizan los nombres prodigiosos como Viagra, Lexatin o Valium. Está claro que todo tiene que tener un nombre y las cepas también los merecen lejos de zonas geógraficas, pero con lo fácil que sería numerarlas hasta llegar a 2025 y poder decir, "¡Estamos ya en la cepa 39! ¡vamos para bingo!" Y si la cosa va a más siempre puede crearse un comité de astrónomos y empezar a nombrar cepas como estrellas. Un festín.

susana.martin@deia.eus

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