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Jugar con las víctimas

Los nervios esconden temores. Le pasa a María Jesús Montero cuando rebaja a accidente laboral la muerte de guardias civiles en acto de servicio. Sencillamente porque le tiemblan las piernas pensando en la debacle de mañana. Le ocurre al presidente de Canarias, ridiculizado al imaginarse ratones infectados saltando de un crucero. Únicamente explicable por su contumaz propensión al victimismo. Hasta le ocurre al dios hecho hombre, Florentino Pérez, reducido a una patética caricatura por su soberbia delirante. Posiblemente porque el gen dictatorial acabó desnudando sus miserias mundanas.

Llega el 17-M andaluz incandescente. Una propensión elocuente a quemaduras hirientes. Por lo tanto, tensión desmesurada hasta el último recuento. Es por ahí donde podría encontrarse una deplorable justificación al juego irresponsable con el dolor de las víctimas en los últimos días. Se ha hecho con la tragedia de Adamuz, con los afectados por el desastre del cribado de cáncer de mama o hasta con las muertes en la lucha en el mar contra los narcotraficantes. Un recurso indecoroso, sin duda, para zaherir sin compasión al rival como si estuviera demostrado que así se ayuda al trasvase del voto.

A tal punto ha intensificado la oposición los clamorosos errores en la atención a enfermas de cáncer de mama en Andalucía que el presidente de la Junta y ganador indiscutible de las elecciones de mañana no pudo reprimirse en su defensa. Para sorpresa del respetable, el afable candidato popular tiró del argumento lacrimógeno aludiendo al fallecimiento de su padre por una deficiente sanidad en la época socialista de la consejera Montero. Empate en negligencias.

También los afectados del hantavirus han servido de munición política sin desearlo. El presidente Clavijo ha puesto especial empeño a costa, sin embargo, de dejar demasiados jirones en la maniobra. El PP también se sintió tentado durante demasiadas horas en sumarse a la cruzada, hasta que comprendió que iba a salir malparado en la fotografía y rebajó los decibelios de la protesta. Nada más sangrante para un partido que oponerse a la causa humanitaria. Bien es cierto que Sánchez se lo había puesto fácil despreciando una vez más, de saque, la cogobernanza, pero, luego, la reconocida solvencia demostrada en la diligente repatriación de los contagiados deja huérfana de argumentos reivindicativos a Coalición Canaria.

La otra cara

La cruz para la suerte del presidente socialista llega a modo del incomprensible resbalón de su candidata en Andalucía y de la ceguera del cuartel operativo de La Moncloa al no dispensar una representación cualificada en las honras fúnebres por el siniestro de las costas de Huelva. Los sonoros silbidos contra Marlaska sobrevolarán sobre varias urnas electorales este domingo. Será el epílogo a un desastre anunciado, que solo se vería mitigado en el caso de que Moreno Bonilla quedara en las puertas de la mayoría absoluta. Tan triste consolación a modo de entreguismo estremece hasta los tuétanos especialmente a esos viejos militantes en una tierra donde jamás imaginaron que un día la derecha gobernaría en solitario y, de paso, los condenaría a una sangrante travesía en el desierto sin fecha todavía de caducidad.

Ni siquiera Zapatero podrá encapsular el anunciado nuevo fracaso electoral del PSOE apelando a su condición de agraviado por la conjura derechista. El reguero de sospechas sobre sus actividades lucrativas con amistades propensas a negocios truculentos desluce el perfil al que el sanchismo se aferra para atraer con garantías el voto de decenas de miles de abstencionistas. La cuenta corriente familiar ha engordado con demasiada facilidad. La UCO cada vez tiene menos dudas y de ahí que se asista al goteo de algunas informaciones poco edificantes para la figura ética del expresidente.

Begoña Gómez clama indignada por ser la víctima propiciatoria del afán incriminatorio del juez Peinado. Consciente de que puede verse atrapada en una incierta suerte procesal con un jurado popular de por medio, la mujer de Sánchez busca un amparo que no está fácil en una causa plagada de incidencias y sujeta al debate permanente sobre la politización de la justicia. Hasta Isabel Díaz Ayuso se proclama víctima. Una estéril vía de escape para enmascarar su ridículo en México, a donde acudió guiada por ese indisociable afán frentista que tiñe su acotado credo político y no le impidió acabar estrellándose. Un extravagante esperpento solo comparable con el alegato del desquiciado Florentino Pérez.