Carlos Garaikoetxea inoculó definitiva y mayoritariamente el sentimiento y el arraigo del autogobierno cuando más se necesitaba como apuesta crucial para el futuro de un país. Lo hizo, además, en un escenario donde en aquel entonces convivían, posiblemente a parte iguales, los recelos, el escepticismo y la lógica esperanza sobre la conquista de una autonomía real. Además, un navarro y abertzale lo empezaba a construir desde un territorio, el alavés, pertrechado en un foralismo ancestral que goteaba siquiera para hacerse discretamente presente por las cuatro esquinas institucionales y algunas entidades públicas y privadas.

Acechado así por semejantes dificultades, adecuó sin flaquezas y con una convicción irresistible, propia de su personalidad y carácter, una rebelde estrategia a ojos de aquel Madrid asustadizo con los brotes nacionalistas y la pistola de ETA. Fue ahí donde encontró la conjunción precisa entre su resuelta apuesta ideológica, cargada de pragmatismo permanente y proyecto de futuro, y el altavoz imprescindible para la propagación de sus ideales. Aquel lehendakari, en medio de sedes provisionales, se encontró con un batallón mediático heterodoxo, ávido de encarar un período histórico pero ignoto en sus aristas venideras, aunque influyente en la ciudadanía. Suponía, desde luego, la principal plataforma para penetrar en la conciencia social con sus mensajes e interpretaciones varias, no siempre coincidentes, reflejando el punto de partida de un largo camino entreverado de fundadas ilusiones y lógicas incertidumbres.

En su cuaderno de bitácora, Garaikoetxea supo armar un primer gobierno de tecnócratas jamás igualado después en su docto perfil, acrisolados también por una infinita capacidad pedagógica para imbuir, incluso para convencer, cuando más se necesitaba, el evangelio estatutario en un terreno tantas veces pedregoso. En aquellas paredes de las Juntas Generales de Araba, los cualificados consejeros se desgañitaron, dentro y fuera de interminables comisiones y plenos, en desentrañar la ardua construcción del arquetipo administrativo y competencial en medio de cuestiones relevantes como eran la armonización entre los tres Territorios Históricos, el paro galopante, la inevitable reconversión industrial o la central de Lemoniz.

Siempre quedará para el recuerdo aquellas clases doctorales del titular de Hacienda, Pedro Luis Uriarte, explicando con infinitas dosis de paciencia y sabiduría a los periodistas la esencia del Concierto Económico y la procedencia del 6,24% siempre recurrente al hablar del Cupo. O aquellos paseos nocturnos en las aceras aún terrosas de los aledaños del Geriátrico de Lakua del responsable de Educación y Cultura, Pedro Miguel Etxenike, para compartir su desesperación personal por la intrincada conquista de sus ambiciosos proyectos.

Garaikoetxea supo amalgamar con acierto el puño de hierro de sus ideas y su sonrisa cautivadora. Profundizó con perseverancia su propósito de ensanchar ese sentimiento de pertenencia y de defensa de una causa. Lo hizo dentro y fuera de cualquier negociación. Lo sabían quienes franqueaban la puerta de Ajuria Enea. Por eso, nadie se llamó a engaño. Era la consecuencia de su personalidad, de la convicción en sus ideas, que en algunos momentos rezumaba intransigencia.

Su reconocida figura se fue cincelado con precisión en momentos amargos como las inundaciones de aquel agosto trágico, temerosos como la intentona golpista y el retroceso autonomista, pero que atemperó con un sólido liderazgo de privilegiada responsabilidad en la progresiva conquista de su ideal político y de servicio.