Enredarse
Propensión a perder los nervios. Le ocurre al PSOE con el patético vodevil de las amigas del depravado Ábalos y los sobres de dinero en Ferraz. A la izquierda glamourosa con la pretendida unidad. Al PP persiguiendo un desquiciante pacto con Vox. Riesgo generalizado de enredarse. Algunos, en sus fatalidades; otros, en sus contradicciones. Todos, en sus debilidades. Demasiado fuego cruzado en vísperas de unas elecciones andaluzas que las puede cargar el diablo sobre todo en algunas listas impuestas.
El bipartidismo suena a corrupción. Las dos fuerzas mayoritarias llevan inoculada la perversión. Acometen, además, cualquier tipo de degeneración. Como si fuera algo intrínseco al ejercicio inmoral del poder. Abundan los botones de muestra. En esta semana han venido a coincidir populares y socialistas con dos modelos antagónicos de podredumbre que retratan la bajeza de muchos deplorables cargos públicos. Así ponen en bandeja el trabajo sucio para las diatribas populistas.
Abochornan los relatos escuchados en sede judicial sobre el pasmoso libertinaje alimentado tanto tiempo en Fomento por los bajos instintos del ministro ahora encarcelado. Al Gobierno Sánchez, también le escandalizan y contiene el aliento por la sangría que encierran. Suponen una losa que silencia los mejores datos del empleo en años, mitiga la proyección de intachable solvencia del nuevo vicepresidente primero, Carlos Cuerpo, o eclipsa la aplicación del cuestionado pero significativo paquete de ayudas por la obscena guerra de Irán. Incluso, para mayor desatino, hasta recorta el interés informativo que encierra la descarada complicidad de las sucias cañerías del Ministerio del Interior en los tiempos de M. Rajoy para desbaratar el reparto de fondos indebidos acreditado en las libretas del crápula Bárcenas.
Aquel trío de incondicionales a la causa sanchista en la toma de Ferraz son, lamentablemente, el fiel retrato de una deplorable putrefacción personal y política. Solo una inconfesable inmoralidad puede justificar las dos caras de aquel Ábalos implacable con la corrupción del PP y el otro Ábalos pendenciero pagando con cargos diversos a la Administración sus distracciones sexuales. Una cadena de trapacerías que deshonran al clan Koldo y también a quienes tantos días miraron impunemente hacia otro lado.
Los testimonios sonrojantes de Miss Asturias o de la encargada de entregar dinero negro de Víctor de Aldama en Ferraz han aliviado el arranque del enésimo viacrucis del PP en la Audiencia Nacional. Bien es cierto que las terminales de Génova se han esforzado para sacudirse esta indigesta presión, desviando los focos de la supuesta responsabilidad hacia equipos anteriores y así quedarse con las manos libres para señalar el deshonor de los socialistas. Mientras lo consiguen, tratan de amortiguar el desgaste que les supone la incapacidad de formar gobiernos allá donde alcanzaron victorias sin mayoría después de haber forzado un adelanto electoral. Vox se les resiste. Quizá sea el entremés del rocambolesco espectáculo al que pudiera asistirse en 2027 bajo el supuesto nada improbable de que la (ultra)derecha tuviera en su mano gobernar.
La izquierda se busca Sigue enredada la izquierda en su laberinto. La angustiosa coalición andaluza para el 17-M lleva incorporado el gusano de una miedosa insolvencia. Solo así se entiende el postrero entreguismo de Podemos, quizá consciente cada día más de su insignificancia, excepción hecha de Pablo Iglesias y su acotada cohorte de leales, todos ellos decepcionados por el ninguneo al que les ha sometido sin compasión el líder de IU, en un ejercicio de vendetta inmisericorde. Una cuota parlamentaria similar o inferior a sus cinco escaños actuales dinamitaría su propósito de levantar la moral de la tropa al encarar el intrincado proceso de recomposición abierto tras el hundimiento de Sumar.
Gabriel Rufián emerge ahí como la esperanza blanca de este variopinto espectro ideológico que sigue buscando su razón de ser bajo la fundada disculpa de impedir la llegada de Abascal a la vicepresidencia de Feijóo. Nadie le discute la razón de sus miedos reales ni la consistencia de su mensaje reivindicativo. Más aún, difícilmente dispone la izquierda progresista de un líder más carismático y aglutinador entre tantas ansias cainitas y revanchas pendientes. Y él lo sabe y por eso deja que corra la bola para disgusto de ERC. Pero también existen flagrantes incongruencias en la eclosión que plantea con acusado protagonismo. En tan sugerente por inédito intento puede haber más ruido que nueces. Más escenografía que trama. Una madeja difícil de desenredar.
