En la gran pantalla Fast & Furious habla de carreras de coches ilegales broncas, muy broncas, y Grease suaviza el asunto, caramelizándolo. Con todo, Bizkaia vive este fenómeno sin que se trate de un viaje al infierno o de un paseo por Disney, en el punto intermedio.

En ciertas noches húmedas de Bizkaia, cuando la niebla baja desde el monte como un telón de teatro y la ría respira con ese vaho industrial que aún guarda memoria del hierro, hay jóvenes que confunden la épica con el estruendo. No es la sinfonía del Cantábrico ni el silbido del viento en los andamios del puerto, sino el rugido bronco de motores que buscan en la ilegalidad una forma de existir.

Las carreras clandestinas en Bizkaia no son un fenómeno nuevo; son, más bien, una vieja tentación con carrocería recién pulida. Cambian los modelos de coche, se tunean los alerones, se iluminan los bajos con luces de neón como si el asfalto fuera una discoteca horizontal, pero la pulsión es antigua: medir la propia sombra a 200 kilómetros por hora. En polígonos industriales vacíos o en carreteras secundarias que serpentean hacia la costa, estos pilotos buscan una gloria efímera que dura un santiamén.

Hay algo de rito iniciático en ese acelerón colectivo. El coche, que fue símbolo de prosperidad doméstica y excursión familiar, se transforma en tótem de una tribu nocturna. Donde antes viajaba la abuela con la tartera camino de la playa, ahora se juega a la ruleta rusa con el guardarraíl. La gasolina sustituye al vino barato de otras generaciones; la adrenalina, al viejo romanticismo del riesgo.

Uno podría despachar el asunto con el dedo moral levantado, pero la moralina es un combustible que arde mal en estas carreteras. Conviene, quizá, preguntarse qué vacío intenta llenar ese rugido. En una sociedad que promete éxito inmediato y escaparates brillantes, el asfalto ofrece una recompensa instantánea: aplausos de WhatsApp, vídeos virales, la sensación de dominar por unos segundos la física y el destino. El problema es que el destino, como la gravedad, no admite recursos de apelación.

Las consecuencias no son abstractas. No son estadísticas en un informe de la Ertzaintza ni notas breves en la página de sucesos. Son farolas arrancadas, vecinos insomnes, familias que reciben una llamada de madrugada que parte la vida en dos. Cada carrera ilegal es una moneda lanzada al aire cuyo canto afilado puede caer sobre cualquiera.