Hay ciudades que se preparan para las finales de rugby como quien saca las mejores copas cuando vienen invitados a casa. Bilbao, que siempre ha tenido algo de anfitriona orgullosa, se peina, limpia el salón y abre la puerta con una sonrisa que huele a marmitako y a cerveza recién tirada. El problema empieza cuando alguien mira la cuenta.

Porque sí: llegan miles de aficionados, camisetas de colores imposibles, abrazos entre desconocidos y un ruido amable que convierte las calles en un tercer tiempo permanente. La ciudad se llena de vida, los taxistas cuentan historias que luego exagerarán un poco más, y los bares trabajan a un ritmo que recuerda a los viejos tiempos en los que siempre había cola para todo. Hasta ahí, fiesta mayor.

Pero luego está el otro partido, el que no sale en las fotos: el de los precios. El aficionado que reserva una habitación meses antes descubre que la ciudad que le invitaba a volver ahora le cobra como si fuera un hotel en el centro de Londres. La familia que decide pasar el fin de semana en su propia tierra porque hay ambiente se encuentra con que una ronda de pintxos cuesta lo mismo que un menú de celebración. Y el vecino de toda la vida, el que ve el estadio desde la ventana, empieza a sentir que la fiesta también se organiza sin él.

La lógica económica es conocida: más demanda, más precio. Los hoteles llenan, los bares facturan, la ciudad ingresa y las instituciones sacan pecho porque el nombre de Bilbao aparece en titulares europeos. Nadie discute que los grandes eventos traen riqueza. La cuestión es quién la reparte y cómo se reparte.

Hay hosteleros que defienden –con razón– que estos días compensan meses flojos, que hay que aprovechar cuando el viento sopla a favor y que no todo el año es final europea. Y también hay quienes, con la misma honestidad, reconocen que el entusiasmo se convierte en tentación cuando el cartel de completo aparece demasiado pronto.

Es todo un placaje a quien llega con los bolsillos llenos y la ilusión despierta. El riesgo no es que los precios suban un fin de semana. El riesgo es que la ciudad empiece a parecerse demasiado a un parque temático de sí misma, donde el visitante paga y el vecino mira desde fuera. Porque una ciudad que vive solo para el evento termina olvidando que su verdadero éxito es que la gente quiera quedarse cuando no hay final.