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De repente todo estalla

Imaginémoslo. Uribarri amaneció con un ruido que no salía de los bares ni de los autobuses: salía del pecho. Un ruido sordo, de incredulidad. De esos que no hacen eco, pero lo llenan todo. Una mujer sudamericana había matado a cuchilladas a su pareja, el dueño del bar Fernan, en su propio piso. Celos, dicen. La palabra se queda pequeña. Siempre se queda.

Los vecinos lo cuentan con la misma frase, repetida como un rezo torpe: “Parecía normal”. Como si la normalidad fuese un salvavidas. Como si decirlo pudiera alejarnos del filo. Pero no hay nada normal en una muerte así. No hay rutina que la explique.

El bar Fernan era una extensión del barrio. Un lugar donde el café sabía a pausa, donde el vermú era excusa y donde las conversaciones no tenían prisa. Él era de esos camareros que saben tu nombre antes que tu pedido. De los que te miran a los ojos. De los que sostienen un barrio sin saberlo. Por eso duele más. Porque no ha muerto un desconocido. Ha muerto alguien que formaba parte del paisaje emocional de Uribarri.

Y ella. Ella llega envuelta en un titular que la reduce a tres palabras: mujer, sudamericana, asesina. Tres etiquetas que no explican nada, pero lo contaminan todo. Porque no hablamos solo de un crimen, hablamos también de un fracaso colectivo. De una relación que se pudrió en silencio. De una violencia que fue creciendo sin hacer ruido, como el moho detrás de un armario.

Los celos. Esa palabra que muchos confunden con amor. Ese veneno lento que empieza con un “¿dónde has estado?” y termina con un cuchillo. Porque los celos no nacen de querer mucho, sino de tener miedo. Miedo a perder, miedo a quedarse solo, miedo a no ser suficiente. Y cuando el miedo no encuentra salida, estalla.

Nadie se levanta una mañana con la intención de matar. Antes hay noches sin dormir, discusiones que se enquistan, silencios que pesan toneladas, reproches que se repiten como discos rayados. Y, de repente, todo estalla.