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Miedo en Tel Aviv

09.02.2020 | 03:37
Columnista José Ramón Blázquez.

CADA 20 Eurovisión viaja a Israel a dar la serenata. Lo hizo en 1979, después en 1999 y ahora, en 2019. Es un ciclo propagandístico -eso es el Festival, una campaña de prestigio- que el Estado judío necesita para homologarse como país pacífico y ocultar entre el bullicio y las luces sus fechorías contra su invadida Palestina. Había miedo y las cuatro horas del evento pasaron con la respiración contenida. Y no pasó nada, ni siquiera saltó el clásico espontáneo en busca de segundos de gloria. La seguridad era lo más importante. Más allá de las canciones, lo que ocurrió en la gala el sábado fue apabullante. Ha sido la puesta en escena más espectacular de la historia, una producción artística jamás vista, plena de magia, color y sentidos. La televisión israelí ha puesto el listón de la calidad en lo más alto. La música fue otra cosa, con tonadillas vulgares e intérpretes que no daban la nota y lo dejaban todo a la envoltura. Impresionó Australia con su figuración mozartiana de La Flauta Mágica. Y Francia, con su divina bailarina obesa. Sí, ganó el envase. Es como si lo mejor de un restaurante fueran la vajilla y los manteles y la comida resultase vomitiva. España cantó la última y quedó última en la votación de los jurados. Con una tonadilla chabacana y de cuarto de socorro, La venda no pasaría el corte de exigencia en una verbena de barrio. ¿Quién eligió esa birria y quién seleccionó a Miki para el esperpento? ¿Porque es catatán y había que humillar a Catalunya en pleno juicio del procés? Y por si no fuera poco el desastre musical, apareció Madonna, parche en el ojo, sin voz ni gusto ni pasión e hizo el mayor ridículo de su carrera. Debería multarla el ayuntamiento por fraude. Mereció una lluvia de huevos como Marta Sánchez. Holanda se salió del guión y fascinó por su ternura. Era tiempo de tulipanes.