Madrilgo Gortetik

Sánchez, prestidigitador

El líder socialista fía su investidura tan solo a su especial dosis de perseverancia y al desgaste de Unidas Podemos

09.02.2020 | 12:01
Columnista Juan Mari Gastaca.

PEDRO Sánchez juega sin carta. Va de farol en esta delicada partida hacia su pretendida investidura que parece haber convertido en un paripé. Cuatro meses después de la campaña electoral del 28-A, como si hubiera estado ausente de la realidad de su propio país, ha decidido tomar la temperatura a una clamorosa situación que le retrata la parálisis institucional, la exigencia de un gobierno inminente, un frentismo galopante entre dos bloques políticos cada vez más enconados y el progresivo hastío ciudadano que empieza a temerse con elevadas dosis de certidumbre la repetición de elecciones. Mientras, las autonomías claman por su asfixia presupuestaria, continúan prorrogados los mandatos de los principales estamentos del Estado, los cimientos económicos se resienten ante el constipado del Brexit y las principales reformas se apolillan en los ministerios, ahora mano sobre mano hasta nueva orden. ¿Y quién clama por ello? Nadie. El interés mediático, el que marca los ritmos, está en el último tuit de Pablo Echenique, las altas temperaturas de un tórrido verano y en el desgraciado encadenamiento de indignantes muertes por violencia de género. Así, que pasen los días. El líder socialista continúa de presidente, aunque sea en funciones, y con él todo un aparato de gobierno.

Nadie discute que 2019 es un año perdido para España, como tampoco nadie se tira de los pelos en público. La elaboración de unos nuevos Presupuestos comprometidos provoca una sonora carcajada. El irresponsable dispendio millonario de unas nuevas elecciones no indigna al personal. La respuesta decidida contra el cambio climático se diluye entre la decepción rebelde de mucha gente comprometida. Pero los partidos no están atentos al interés general. Lo suyo es el cortoplacismo y el interés del titular viral aunque sea falso. Por eso algunos se entretienen negándose el pan y la sal por egoísmos vanidosos, otros arrancan la bandera constitucional y hacen vudú a María Chivite y, desde luego, todos ponen su irresponsable granito de arena para que la segunda investidura fracase. Tampoco sería tan inverosímil que la ausencia de un candidato con mínimas garantías de evitar el ridículo a finales de septiembre permitiera al rey disolver las Cortes. Quedan varias semanas para evitar el esperpento.

Sánchez avanza en el calendario sin triunfo alguno en la manga. Lo hace seguro de sí mismo, como siempre, alentado por su reconocida perseverancia frente al desmayo y esas inevitables gotas de buena suerte ante el mal fario. Acostumbrado a la leyenda de sus victorias entre la afiliación de las Casas del Pueblo por medio de una táctica demoledora basada en la consistencia de su relato, ahora quiere cercar de la misma manera a Unidas Podemos para arrastrarlos hacia el precipicio de una decisión fatídica en el último segundo.

Hasta entonces, solo desde el poder oculto de un prestidigitador podrá entenderse la táctica del sanchismo en favor de una supuesta investidura. Desde luego, asistir cada mañana y cada noche a un cruce interminable de mamporros entre el PSOE y su teórico socio preferente parece más propio de desbaratar toda apuesta lógica por un presumible entendimiento. Como si, en realidad, en el fondo hubiera muchas ganas de cargarse de razones para tirar la toalla en favor de unas elecciones por las que presumiblemente casi siempre se suspiró en La Moncloa desde que Ciudadanos mantuvo invariable su cordón sanitario de interés general, que no autonómico.

Esta sucesión de improvisaciones, cargadas de la consiguiente irresponsabilidad, resta protagonismo al desaguisado que asoma por la Comunidad de Madrid. De nuevo el poder institucional de la autonomía con mayor proyección se va a asentar sobre los pies de barro del olor a corrupción. Isabel Díaz Ayuso, la candidata con menos capacidad de gestión que se haya conocido para asumir el peso de esta púrpura, se dispone a sufrir una tortura muy similar a la de Cristina Cifuentes, con quien acaba de romper amarras después de su exhibida amistad. Prisionera de su pasado en el proceso más oscuro del PP madrileño no ha tenido peor ocurrencia que renegar de su relación con Esperanza Aguirre. Las balas de su propio partido se empezaron a escuchar al día siguiente a modo de revelaciones de sus corruptelas. Solo la cobardía de Ciudadanos en la lucha contra la corrupción puede permitir que esta intrépida periodista, de verbo más hiriente que sólido, pueda tomar posesión de un cargo que le supera.