El bombín roto

Con la miel en los labios

18.03.2021 | 00:48
Rubén Uría y Marcelino, en la sesión del miércoles.

LOS viajes a la final se cuentan, de tarde en tarde, como se contaban los viajes de Gulliver y, si me apuran, con unas gotas de fantasía que todo lo perfuma. Se viven con desenfreno, como si fuesen la antítesis de una plácida travesía en el Orient Express, vestido de gala para la cena en el vagón restaurante y con los viejos y elegantes baúles de viaje de, qué se yo, Louis Vuitton, cargados de un exquisto guardarropas. Los viajes a la final de Copa son una suerte de procesión al santuario del fútbol del pueblo, el estadio elegido cada año para que midan sus fuerzas los dos más valientes, los dos más afrotunados, los dos más audaces, los dos mejores equipos de la competición. Al fin y al cabo, una final es un partido para la gente, un partido al que se va en familia, en cuadrilla, que se disfruta y se comenta de generación en generación. Los viajes a la final de Copa conllevan una sana rivalidad que se prolonga más allá de un siglo, cuando las aficiones se encuentran en el camino, se lanzan puyas y se recuerdan gestas pasadas. El arma más usada son los cánticos y no hay amante del fútbol que olvide días así.

Tan extraordinaria es la fuerza de esta travesía que en no pocas ocasiones el paso del tiempo borra el resultado final –ni qué decir tiene cuando es contrario al interés de la persona que se desplaza...– que aún perdura la leyenda de aficionados que vendía el colchón de su cama para acompañar al equipo de sus amores en la gesta. Es quizás el grado máximo (aunque conozco un caso, de oídas, de un aficionado del Athletic que pulió una cama familiar heredada del siglo XVIII para viajar a todo tren junto al equipo, tiempo ha...) pero hay gente que invirtió sus ahorros para vacaciones en la ilusión de ese par de días inolvidables, gente que gastó días laborales o que pilló una repentina gripe. Los viajes de la final son una de las aventuras de nuestro tiempo, donde las pantallas secan el manantial de las emociones.

Ayer se barajó que la próxima final del 3 de abril en la que van a verse las caras Athletic y Real Sociedad fuera el partido elegido para romper el hielo de los encuentros desangelados. El rompehielos. La idea de la Federación es que haya afición en un encuentro que, por definicion, está considerado la fiesta del fútbol. En la dosis justa, ya lo sé. Como ese primer plato que le permiten comer a uno una vez superada una intervención quirúrgica: podía ser un tazón de arroz blanco o una tortilla francesa pero sabría a gloria bendita, con tanta hambre como arrastras.

La noticia llegó de repente, deprisa y corriendo, y de inmediato nos paralizó un jarro de agua fría. Que no, que no. Que no podríamos viajar de Bilbao o de Donosti a Sevilla. Que sería una final entre vascos vivida por andaluces, los únicos aptos para vivir en el campo ese remolino de emociones. Lo celebrarían, imagino, por todo lo alto las muy variopintas colonias de aficionados y aficionadas que, como siempre se dice, mantienen contra viento y marea sus colores en tierras hostiles. Para ellos la noticia sería morrocotuda. Aunque lo más seguro es que unos y otros nos quedemos con la miel en los labios ante el rechazo de la ministra a la apertura de La Cartuja.

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