¿La inmigración es el problema?
La mayoría de las personas llegan a Europa por motivos laborales o familiares. La búsqueda de asilo es otro motivo para venir, con más de un millón de solicitudes en la UE, cada año. Y solo una pequeña parte de los migrantes que vienen lo hacen de forma irregular.
Ante la escalada del voto xenófobo y excluyente, yo me pregunto sobre nuestra arquitectura de convivencia, legal y ética. La petición de asilo es un derecho legal, de momento: personas provenientes de los abusos de África, de las guerras en Oriente Medio, de las dictaduras americanas, ucranianos, afganos, turcos… ellos copan las solicitudes de asilo. Si abrimos el foco, más del 70% de los refugiados en el mundo se encuentra en países de ingresos bajos y medios, y los niños representan el 40% de refugiados a nivel mundial.
La ínfima proporción de los que vienen a delinquir (mafias de todo tipo) es la imagen que está quedando del colectivo inmigrante, aunque estén en proceso de regularización legal. El problema es de fondo; en mi opinión, dos causas que lo ensucian todo. Por un lado, la xenofobia alimentada con el miedo al diferente, da igual sus circunstancias y los datos. Por el otro, las conductas de quienes vienen a delinquir “profesionalmente” o han demostrado su incapacidad social reiterada para la convivencia pacífica, que no puede salir gratis. Porque si la ley garantista no funciona en ambas direcciones, las sensaciones que Vox trata de imponernos fluyen mejor y facilitan la tendencia del voto hacia ellos con un PP sumiso, a pesar de la necesidad innegable de inmigrantes para sostener el tejido productivo.
Sí, las sensaciones. La postura de Vox es calcada a la de Estados Unidos sobre inmigración: fomento de la xenofobia inmigratoria, endurecimiento del control fronterizo sin distinciones, incluso de manera violenta, ilegal. Aquí exigen también medidas para la asimilación cultural y la “prioridad nacional” tan peligrosa, ilegal, que atenta contra derechos constitucionales básicos. A lo que se añade la consideración de la inmigración irregular como un delito, especialmente si son musulmanes, que son vistos como una amenaza para la seguridad… ¡sin mayor concreción!
El avance de la extrema derecha se alimenta de la irritación de los ciudadanos, aprovechando el trato tolerante que le dispensan las democracias europeas mientras finge acomodarse a la democracia, pero sin renunciar a su ambición de destruirla una vez tenga los votos para ello. La ley penal no le alcanza, no se cambian las leyes para que la extrema derecha no se sirva del sistema democrático mientras lo socava desde dentro. Está cerca de lograrlo en varios países, divulgando impunemente ideas violentas excluyentes poniendo en solfa el sistema de convivencia del que forman parte, incluso disponiendo de financiación estatal. Sus líderes saben alimentar las sensaciones de rechazo canalizando el malestar social por causas que nada tienen que ver con la inmigración.
Para colmo, la derecha extrema y la extrema derecha capitalizan la frustración del electorado de clase media, preocupado por el coste económico y energético. Y lo hacen provocando emociones excluyentes contra quienes menos responsabilidad tienen de nuestros males: los inmigrantes. La sana identidad la utilizan como arma arrojadiza miserable contra otras identidades. Preguntados en febrero de 2024, casi una tercera parte (31%) de los europeos mencionaba el coste de la vida entre sus problemas más importantes; ahora habría que añadir la vivienda.
Mal asunto cuando la culpa “de todo” es de la inmigración –y de Sánchez– como comodín que oculta el frenazo del bienestar social de las clases medias, cuando la realidad es que las políticas neoliberales de recortes y el capitalismo financiero tienen su cuota de responsabilidad en el decrecimiento de las rentas del trabajo en términos reales, en favor de las rentas de capital. Y además promueven recortes en ayudas sociales y servicios públicos. Se protege el sistema financiero, pero no es justo que se logre provocando una injusticia económica y fiscal que no da respuesta a los problemas y las expectativas de la ciudadanía (valoremos pues nuestro Concierto CAV y Convenio navarro).
Este rechazo al inmigrante es el mantra ideológico de la extrema derecha, y no tan extrema. Es la clave de su movilización populista en forma de amenaza cultural, social y económica. Y funciona. Mentir nunca ha sido tan rentable explotando todas las formas de resentimiento y enfado para esquivar las razones reales utilizando las sensaciones desde el extremismo político más excluyente.
Analista
