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La agenda feminista global: entre género, raza y desigualdad estructural

Desde aquellas protestas obreras en las fábricas textiles de Nueva York, pasando por la conferencia internacional de mujeres en Dinamarca impulsada por Clara Zetkin, hasta las huelgas de las mujeres en Rusia bajo el lema Pan y Paz, hito fundamental para que ayer las mujeres de todo el mundo celebraran el 8 de marzo como un día para reflexionar, manifestarnos y avanzar en los derechos de las mujeres, han ocurrido muchísimas transformaciones.

A nivel mundial, hoy es incuestionable que las mujeres ejercen el derecho al sufragio, es decir, al voto en igualdad de condiciones que los hombres. Sin embargo, las mujeres en todo el mundo todavía no ejercen el resto de sus derechos en igualdad real. En Occidente, la lucha feminista ha tomado en muchas ocasiones una forma hegemónica, defendiendo derechos y deberes para las mujeres desde la idea de que las preocupaciones de las mujeres occidentales son las mismas que las de sus congéneres del Sur Global. Pero esto no es así.

Todas estamos luchando por la igualdad entre mujeres y hombres: combatiendo el sexismo, la misoginia, el machismo recalcitrante, la discriminación, el acoso sexual y laboral, la ruptura del techo de cristal y muchas otras barreras a nivel global. Sin embargo, las mujeres del Sur Global, además de enfrentar estos desafíos, también luchan por ser reconocidas como iguales por sus hermanas occidentales. Luchan contra el racismo, el clasismo, la xenofobia y por el acceso equitativo a los recursos económicos, sociales y laborales.

Asimismo, en sus propias sociedades, muchas mujeres del Sur Global luchan contra prácticas como la mutilación genital femenina, el aplastamiento de los senos, las prácticas de engorde, los matrimonios forzados, la poligamia impuesta y por el acceso a la educación y a la salud sexual y reproductiva.

Es fundamental que todas las mujeres del mundo tengamos presentes las reivindicaciones globales, para que la lucha por la igualdad no sea polarizada ni egoísta, sino verdaderamente universal. Las mujeres en Afganistán, por ejemplo, luchan por el reconocimiento de su existencia en una sociedad donde su presencia se reduce al ámbito doméstico y reproductivo. En este contexto, las dicotomías doméstico-público señaladas por Michelle Rosaldo, o naturaleza-cultura de Sherry Ortner, siguen teniendo un peso determinante, lejos de los planteamientos de feministas como Judith Butler, quien entiende el género como una performatividad: es decir, algo que se construye a lo largo de la vida mediante la interacción social.

De hecho, Simone de Beauvoir afirmó de forma contundente: “No se nace mujer, se llega a serlo”, defendiendo que la condición de mujer no puede reducirse a su dimensión biológica ni a la función reproductiva, sino que es una construcción social, histórica y cultural. Sin embargo, en muchas sociedades la mujer continúa siendo reducida a su dimensión biológica y reproductiva, mientras que en otros ámbitos –políticos, económicos y simbólicos– su presencia resulta invisibilizada o limitada.

En estas celebraciones del 8M también es importante reconocer que, en varios países africanos, pese a que aún queda muchísimo por hacer en materia de igualdad, se están registrando avances significativos, especialmente en la participación política. Países como Namibia y Liberia han dado pasos históricos con el liderazgo femenino en sus estructuras políticas. En particular, el liderazgo de Netumbo Nandi-Ndaitwah y sus políticas públicas orientadas a la igualdad representan ejemplos inspiradores y esperanzadores para el continente y el mundo.

La lucha feminista debe ser verdaderamente universal: debe situar en la agenda las demandas de todas las mujeres, tanto las del Norte como las del Sur, desde el respeto, la interseccionalidad y la sororidad. Solo así podremos construir una lucha real por los derechos universales de todas las mujeres, sin jerarquías ni exclusiones.