Demasiado show
Cantaba Freddie Mercury “the show must go on” (el espectáculo debe continuar). Concebido en 1991 como un epitafio musical para despedir al gran músico, más de tres décadas después bien puede aplicarse a cualquier ámbito de la vida, incluida la de cierta clase política. Esta semana he seguido con expectación el minuto y resultado de la guerra fratricida de audiencias entre Pablo Motos y David Broncano. Confieso que ninguno de los dos presentadores ni programas que dirigen despiertan en mí especial interés pero, con la bronca que montó el PP por el fichaje de Broncano en televisión española, la curiosidad por ‘descubrir’ (en mi caso) a este nuevo showman era inevitable. La cosa es que día sí y día también durante esta semana no se ha hablado de otra cosa. Curiosamente lo interesante ya no parece ser qué personaje aparece o monada se inventan en su hora larga de espacio televisivo, sino cuanta gente lo ve y quien sale victorioso o perdedor. Dos shows, al que se suma un tercero, el del Congreso de los Diputados (y Diputadas). Políticos abonados, en este caso, a otro tipo de espectáculo, más chusco y bronco, confiados en que sus mensajes llegan de esta manera a la sociedad que les ha votado. Bochorno dialéctico en muchas ocasiones que choca con una realidad inapelable: para entretenerse el público ya tiene la oferta de quien se dedica a ello y, con su actitud, solo consiguen su propio deterioro. Para el espectáculo, el de verdad, el que entretiene, la oferta no pasa solamente por Motos o Broncano, solo faltaría. Pero de lo que no necesita es de Tellado, Feijóo, Pons, Sánchez, Montero, Abascal, Nogueras, Puigdemont, etc. Ellos no hacen espectáculo, sino que lo montan. Demasiado show para cosa buena.
