Hace unos días escuché a un renombrado periodista el concepto de que somos una “sociedad enferma de bronca”. Me encantaría haberlo acuñado yo misma porque es una síntesis perfecta de la realidad actual. De bronca y de queja, añadiría también. Euskadi ha sido siempre ejemplo a seguir, con una ciudadanía que ha permitido el progreso del país gracias a no perder de vista la necesidad del bien común. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la individualidad va arrinconando ese espíritu colaborativo y corremos el riesgo de pasar de ser ejemplarizantes a convertirnos en el ejemplo a no seguir. Es cierto que la incidencia fue menor de lo previsto, pero a las cientos de familias que el jueves les tocó ver cómo el autobús escolar no pasaba a recoger a sus hijos e hijas se sintieron tan agraviadas -con razón- como si todo colectivo se hubiera quedado en tierra. Se impuso el beneficio económico al derecho a la educación y el plante de algunas empresas de transporte se produjo incluso por encima de una orden forzosa del consejero Bildarratz de garantizar la recogida de las y los menores. Y, después, las excusas, justificaciones, bla, bla, bla. El daño ya está hecho a pesar de poder haberse evitado. Decenas de personas dejaron aparcadas el lunes en Bilbao durante más de media hora sus preocupaciones y agendas. Una persona se quedó atrapada bajo un autobús y todos colaboraron para que el accidente no se convirtiera en tragedia como así fue. De manera coordinada, unieron sus esfuerzos para poder levantar el lateral del vehículo y rescatar a la víctima hasta la llegada de la ambulancia. ¿Alguien se imagina a esas mismas personas en la acera viendo al hombre sufrir sin hacer nada y quejándose de llegar tarde al trabajo por su culpa?. En la respuesta está saber si estamos a tiempo de continuar siendo un ejemplo a seguir o vivimos ya, lamentablemente, en otra pantalla.
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